La cartelería desmesurada

15 Noviembre 2005
Como es conocido, las ciudades modernas deben soportar, cada vez con mayor intensidad, los efectos de la contaminación. Pero con el término (que significa "la alteración nociva de algo", y entre cuyos seudónimos están "corromper y "viciar") no solamente debe entenderse el daño al aire que se respira, o a la higiene, en sus diversos aspectos.
Existe también una "contaminación visual", que tiene el mismo rango de gravedad que las otras. Ella se produce por medio de la introducción, en los centros urbanos, de elementos que desnaturalizan su exterior, al deformar el paisaje de la ciudad y de su entorno, o impedir su correcta y libre apreciación.
Entre estos elementos nocivos, ocupa un espacio de considerable incidencia la cartelería comercial desmesurada. Por cierto que la existencia del cartel es necesaria: obvio es decir que la actividad de referencia requiere una señalización de los lugares donde se efectúa, y también aspira a ser lo suficientemente notoria como para atraer clientela. Así, puede recordarse que desde siempre han existido carteles indicadores de la localización de los comercios y de propaganda de los productos que ofrecen. Y resulta innegable que ellos también forman parte del paisaje de las áreas céntricas de las ciudades. Pero lo que no puede admitirse es que la cartelería crezca hasta representar un perjuicio cabal y concreto para el paisaje urbano.
Pueden arrimarse un par de ejemplos al respecto, en San Miguel de Tucumán. Sin duda, uno de los atractivos de las calles de nuestra capital es que, hacia el oeste, la mirada puede apreciar, como fondo, el magnífico cordón de la montaña. Pero ocurre que, en muchas arterias, tal visión hacia el poniente se convierte en imposible, porque la bloquean sucesivas paredes de carteles perpendiculares, que a veces casi tocan los edificios de la vereda de enfrente.
En otro orden, el turista que desea fotografiar nuestras construcciones significativas, tiene que buscar con empeño -y a veces no encuentra- el ángulo desde el cual pueda enfocar lo que busca. En efecto, es difícil que la lente de su cámara pueda sortear el constante obstáculo constituido por letreros y por marañas de cables. Asimismo, los carteles han contribuido a la tala del arbolado: así lo demuestra el hecho evidente de que, en las arterias con árboles -la avenida Mitre, por ejemplo-, los ejemplares han desaparecido de la vereda de los negocios que exhiben un cartel. Y a esto aún habría que agregar el riesgo que crean los letreros vetustos, con soportes flojos y herrumbrados.
Los ejemplos, que podrían aumentarse considerablemente, demuestran lo justificado de la ordenanza municipal vigente. Esta reglamenta el tamaño de aquellos elementos y limita el espacio que pueden utilizar los colocados en forma perpendicular a la fachada.
Resulta positivo que, como lo informa nuestra edición de ayer, la Municipalidad haya empezado a retirar los carteles en infracción, luego de haber notificado a los responsables, acerca de las modificaciones que deben efectuar. Desde abril, ya se han removido 25 carteles, y se tiene previsto sacar 30 más en los próximos 15 días, si no se adaptan a la ordenanza, con los gastos por cuenta de los infractores. La norma rige para toda la ciudad, aunque el control se ha focalizado, por ahora, en la zona céntrica.
La aplicación de las mentadas disposiciones habrá de librar a nuestra capital de buena parte de la "contaminación visual" que la afecta. Con ello saldrá ganando nuestro patrimonio arquitectónico, que constituye un más que significativo valor a preservar. Si medidas como la que elogiamos se mantienen, pronto se creará, entre el comercio, una conciencia de respeto hacia la ordenanza.

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