Durante generaciones se asumió que la vida tiene etapas fijas: se estudia joven, se trabaja adulto, se descansa mayor. Esa cronología, que ordenó certezas durante décadas, empieza a resquebrajarse ante dos fenómenos que avanzan en paralelo, ambos, en el ámbito global: la expectativa de vida se extiende, mientras cae la tasa de natalidad. El resultado es una humanidad que envejece, pero que, además, lo hace con muy buena salud. Merced de los avances de la medicina, buena parte de quienes superan los 60 años -muchos, ya jubilados- atraviesan esa etapa con plena vitalidad física y mental. La paradoja es evidente: nunca hubo tantas personas mayores en condiciones de seguir desarrollándose, y sin embargo con pocos espacios para que lo hagan.
La oferta actual se limita, en general, a gimnasios y talleres de teatro, idiomas o artes. Actividades valiosas, pero que rara vez ofrecen lo que una carrera universitaria puede dar: la posibilidad de proyectarse hacia una nueva etapa, no solo hacia el entretenimiento o la sociabilización. Es momento de pensar en serio -y, quizá, de impulsar desde las políticas públicas- que las personas mayores puedan encarar aquellos estudios superiores que en su juventud, el miedo, la falta de recursos o las urgencias cotidianas les impidieron completar.
La historia de Clara Pistán, publicada ayer por LA GACETA, ilustra ese camino con crudeza, pero con esperanza. A los 53 años, con trabajo, familia y una vida ya construida, decidió empezar la carrera de Abogacía. Le llevó 11 años; entre otros, debido a una economía que muchas veces le dificultó sostener el esfuerzo. A los 64 se recibió. “Siempre podemos mejorar, siempre podemos superarnos a nosotros mismos”, dice, ahora con su título.
El caso de Clara excede el relato individual. Estudiar de grande, además de mantener activo el cerebro, amplía el conocimiento y la cultura general. Y en un contexto económico exigente, como el que casi de manera sempiterna atraviesa el país, puede traducirse en un primer o segundo título que habilite el ejercicio de una profesión y un ingreso extra, algo que siempre vendrá bien.
Por supuesto, este camino no resulta sencillo. Exige tiempo, disciplina y, muchas veces, un esfuerzo económico considerable, como el que Clara debió afrontar. Y exige también algo que no depende de quien estudia: un mercado laboral que todavía no termina de valorar la experiencia acumulada. La mayoría de las empresas sigue sin incorporar personas mayores a sus plantillas, incluso cuando llegan con formación fresca y años de trayectoria. Allí hay una deuda pendiente, tanto del sector privado como del Estado, que debería incentivar a quienes se animan a esta clase de reconversión.
Pero ese déficit no invalida el argumento central: la vejez activa necesita, además de gimnasios y talleres, aulas. Necesita tener la posibilidad de terminar lo que quedó pendiente o de empezar algo completamente nuevo. La historia de Clara Pistán no es una excepción para celebrar una vez y olvidar. Es una señal de que, en una sociedad que envejece, formarse de grande dejó de ser una rareza para convertirse en una oportunidad.






