12 Noviembre 2005 Seguir en 
El caso del diputado nacional electo de Compromiso para el Cambio (PRO) por la Ciudad de Buenos Aires, Eduardo Lorenzo Borocotó, quien, a 16 días de los comicios resolvió pasarse al kirchnerismo, constituye uno de los golpes más duros para la confianza en nuestro sistema representativo y la propia institución parlamentaria. Sin el menor ocultamiento o disimulo, Borocotó hizo pública su mudanza al término de una reunión con el jefe del Gabinete, Alberto Fernández, a la que se sumó el presidente Kirchner, dando cuenta de los motivos que dieron lugar al traspaso. Su tardío pretexto sobre disconformidad con algunos integrantes de PRO, la fuerza de centroderecha, y la sorprendente seducción por las postulaciones presidenciales de centro izquierda no fueron tan llamativos como la rapidez con que mutó la militancia y compromiso con sus electores. Por ello, los anuncios del mutante diputado fueron asociados inevitablemente con la reunión señalada, lo que hace cómplices del escándalo al propio Presidente de la Nación y a su jefe de Gabinete, con quien Borocotó, según dijo, mantiene una vieja amistad. En los últimos tiempos han sido frecuentes esas mudanzas -aunque no con tan falta de prejuicio-, así como otros artilugios de recomposiciones políticas signadas por su bastardía y los atractivos financieros, antes que por la convicción honesta en mejores causas.
Paradigmática en ese orden fue la mudanza del ex gobernador radical de Tierra del Fuego, Jorge Colazo, a los intereses del oficialismo nacional, y la decisión del mandatario riojano Angel Maza, de continuar en el cargo después de que los votantes lo eligieron senador, dejando a su hermana como senadora suplente y contrariando su antigua militancia en el menemismo. Los casos de metamorfosis desde 2003 en el Parlamento fueron también muy numerosos, mientras que los pronósticos acerca de la próxima recomposición del Congreso abundan en trascendidos sobre continuidad de esa degradación de la ética política. Hace tiempo que nuestra política comenzó a desatender los fines para dedicarse a los medios, en procura de lograr y mantener el poder, sin inquietud por el largo plazo requerido por los intereses republicanos. Igualmente sin temor por parte de quienes ostentan las investiduras públicas, de aparecer ante la sociedad comprometidos por las groseras declaraciones de Borocotó.
Pero hay algo más grave y consecuente con la descomposición de nuestro sistema representativo; se trata de la escasa o nula posibilidad legal de impedir que un caso como ese se consume ocupando una banca tras despreciar a los electores. Al menos, no hay antecedentes suficientes en la Justicia y en el propio Poder Legislativo, por más que tampoco con la gravedad del presente. Saturado de irregularidades, el último proceso electoral evidenció la grave ausencia de una reforma política y partidaria, que el sistema democrático padece desde su restauración. Finalmente esa carencia ha terminado por provocar la extraordinaria crisis ética y moral simbolizada en el caso Borocotó que, no sólo indigna a la ciudadanía, sino que provoca su descreimiento en los valores democráticos. Peligrosa situación, cuando se advierte que el sistema carece de recursos para hacer frente a su corrupción, como puede ser el momento en que la Cámara de Diputados no acepte privilegiar el tratamiento de esa burla intolerable de la voluntad ciudadana. Los legisladores, que en tantas oportunidades plantean cuestiones de privilegio por asuntos de bastante menor cuantía institucional, dispondrán en el momento oportuno, antes de que ese caso se consume, de esa alternativa que permite analizar la conducta ética y la idoneidad moral.
Paradigmática en ese orden fue la mudanza del ex gobernador radical de Tierra del Fuego, Jorge Colazo, a los intereses del oficialismo nacional, y la decisión del mandatario riojano Angel Maza, de continuar en el cargo después de que los votantes lo eligieron senador, dejando a su hermana como senadora suplente y contrariando su antigua militancia en el menemismo. Los casos de metamorfosis desde 2003 en el Parlamento fueron también muy numerosos, mientras que los pronósticos acerca de la próxima recomposición del Congreso abundan en trascendidos sobre continuidad de esa degradación de la ética política. Hace tiempo que nuestra política comenzó a desatender los fines para dedicarse a los medios, en procura de lograr y mantener el poder, sin inquietud por el largo plazo requerido por los intereses republicanos. Igualmente sin temor por parte de quienes ostentan las investiduras públicas, de aparecer ante la sociedad comprometidos por las groseras declaraciones de Borocotó.
Pero hay algo más grave y consecuente con la descomposición de nuestro sistema representativo; se trata de la escasa o nula posibilidad legal de impedir que un caso como ese se consume ocupando una banca tras despreciar a los electores. Al menos, no hay antecedentes suficientes en la Justicia y en el propio Poder Legislativo, por más que tampoco con la gravedad del presente. Saturado de irregularidades, el último proceso electoral evidenció la grave ausencia de una reforma política y partidaria, que el sistema democrático padece desde su restauración. Finalmente esa carencia ha terminado por provocar la extraordinaria crisis ética y moral simbolizada en el caso Borocotó que, no sólo indigna a la ciudadanía, sino que provoca su descreimiento en los valores democráticos. Peligrosa situación, cuando se advierte que el sistema carece de recursos para hacer frente a su corrupción, como puede ser el momento en que la Cámara de Diputados no acepte privilegiar el tratamiento de esa burla intolerable de la voluntad ciudadana. Los legisladores, que en tantas oportunidades plantean cuestiones de privilegio por asuntos de bastante menor cuantía institucional, dispondrán en el momento oportuno, antes de que ese caso se consume, de esa alternativa que permite analizar la conducta ética y la idoneidad moral.







