Tal vez como nunca en el largo aunque intermitente historial de nuestra democracia representativa haya habido tanta indiferencia en unas elecciones legislativas como las que se realizarán hoy. Entre otras razones menos importantes, seguramente se debe a la ineficiencia tanto laboral como ética de los políticos que ejercen funciones.
Muchos miles de ciudadanos, demasiado quizás, ni siquiera consideran ir a cumplir con lo que aún sigue siendo un deber cívico, y otros lo harán para cumplir, pero poniendo votos que no serán válidos.
En medio de este panorama, emerge la cuestión económica, y nos interesa dar la visión desde la perspectiva que practica el humanismo económico. Hay varios rubros a considerar. En torno de los salarios, la principal preocupación no sólo es el bajo nivel que perciben las grandes mayorías sino su distribución personal.
La Argentina presencia una perversa distribución de la renta que ha sido agravada por la administración Kirchner: se privilegia el pago de los servicios de la deuda externa, y se ignora el gasto social en educación, salud y vivienda que podrían ayudar a achicar la brecha.
En relación a las tarifas, se está cautivo de las decisiones de las empresas extranjeras concesionarias de los servicios como los del agua y la electricidad. Toda vez que las circunstancias lo permiten se amenaza con el abandono de la actividad, se piden más aumentos, y las elecciones postergan decisiones gubernamentales.
El capital extranjero se ha llevado enormes ganancias, sin hacer inversiones básicas necesarias. El hombre no aparece por ningún lado; domina el lucro más exagerado.
Justamente son las inversiones las que ayudan al crecimiento económico y, cuando se hacen bien, pueden contribuir a mejorar, precisamente, la injusta distribución del ingreso nacional. Este es un punto que los nuevos legisladores deben tener más que presente, claro, si les importa el "rostro del hombre".
Finalmente, en torno de la inflación, existe (aunque sea relativamente baja), y contribuye a deteriorar el ingreso de los más pobres, seres humanos que en la Argentina de casi todos los tiempos han estado a la buena de Dios.
Tal vez una renovación de los cuerpos legislativos, y de algunos funcionarios, pongan en práctica instrumentos que tomen en cuenta al protagonista excluyente de la historia, el hombre común.
En este aspecto deben contribuir no sólo el Gobierno, con distintas acciones, sino también las asociaciones de trabajadores y de empresarios.
Vivir con perfiles de ética es una cuestión ineludible en una sociedad transparente, y la tarea incumbe mucho a los políticos que ejercen funciones.
23 Octubre 2005 Seguir en 







