20 Octubre 2005 Seguir en 
Sólo el aire hace presagiar la llegada de Wilma. Cancún amaneció hoy nublando y con lloviznas, nada fuera de lo normal. Excepto por el viento, cuyas primeras ráfagas anuncian la tormenta que, desde el mar, se cierne sobre la costa caribeña. “Parece un día de lluvia como cualquier otro, similar a los de Tucumán”. El que habla es Freddy Saieg, un comprovinciano de 37 años radicado en esa parte de la ribera maya.
Mientras charla con LA GACETA On Line, Freddy recorre las góndolas de un atestado supermercado. “Este súper es un caos, todo el mundo vino a comprar pan, alimentos enlatados y agua. De hecho, desde ayer ya es difícil conseguir agua porque el líquido que sale de la canilla aquí no es potable y las autoridades nos piden que almacenemos botellas para ocho días”, cuenta.
Cancún se divide en dos partes. La región hotelera, en las costas; y la zona céntrica, donde vive la mayoría de los ciudadanos que, al igual que Freddy, antes de salir a hacer las compras se encargaron de cubrir los vidrios de sus ventanas con cinta adhesiva. “A los turistas los evacuaron y a los que se hallan lejos de las costas les ordenaron no salir de sus casas. Aquí todo el mundo dice: ‘a las 15 nos guardamos’. Sucede que a esa hora cortarán el servicio de energía eléctrica y ya nadie podrá salir de su vivienda”, relata mientras escoge las verduras maduras, para que no se descompongan porque los pronósticos indican que la energía retornará cuatro días después del paso del huracán.
Aunque Freddy explica que los habitantes están tranquilos, los informativos radiales advierten sobre los riesgos de la llegada de Wilma. “Aquí la gente está acostumbrada a este tipo de tormentas tropicales, pero todos comentan que quizás, esta vez, sea la peor de todas. Ahora estamos con color de alerta naranja. Cuando informen que llegamos al rojo, tendremos que refugiarnos”, dice antes de finalizar la comunicación telefónica.
Mientras charla con LA GACETA On Line, Freddy recorre las góndolas de un atestado supermercado. “Este súper es un caos, todo el mundo vino a comprar pan, alimentos enlatados y agua. De hecho, desde ayer ya es difícil conseguir agua porque el líquido que sale de la canilla aquí no es potable y las autoridades nos piden que almacenemos botellas para ocho días”, cuenta.
Cancún se divide en dos partes. La región hotelera, en las costas; y la zona céntrica, donde vive la mayoría de los ciudadanos que, al igual que Freddy, antes de salir a hacer las compras se encargaron de cubrir los vidrios de sus ventanas con cinta adhesiva. “A los turistas los evacuaron y a los que se hallan lejos de las costas les ordenaron no salir de sus casas. Aquí todo el mundo dice: ‘a las 15 nos guardamos’. Sucede que a esa hora cortarán el servicio de energía eléctrica y ya nadie podrá salir de su vivienda”, relata mientras escoge las verduras maduras, para que no se descompongan porque los pronósticos indican que la energía retornará cuatro días después del paso del huracán.
Aunque Freddy explica que los habitantes están tranquilos, los informativos radiales advierten sobre los riesgos de la llegada de Wilma. “Aquí la gente está acostumbrada a este tipo de tormentas tropicales, pero todos comentan que quizás, esta vez, sea la peor de todas. Ahora estamos con color de alerta naranja. Cuando informen que llegamos al rojo, tendremos que refugiarnos”, dice antes de finalizar la comunicación telefónica.








