Responsabilidad de la sociedad

Existen instituciones cuya atención corresponde a la comunidad.

04 Octubre 2005
Un concepto que la comunidad debiera empezar a modificar es aquel de que todo es, prácticamente, responsabilidad última del Estado. No hay duda de que, en una inmensa mayoría de aspectos, sí lo es, y que en la atención de esos requerimientos es que el Gobierno debe invertir el dinero que percibe de la población, en materia de impuestos. Dudar de esto equivaldría a pensar que toda la estructura oficial no tiene sentido, y que debiera suprimirse. Pero sucede que existen otros rubros cuya atención corresponde a la comunidad. Puede el Estado ayudar, de alguna manera y en la medida de sus posibilidades. Pero los responsables principales son las personas. Un buen ejemplo tucumano al respecto es la Biblioteca Alberdi. Surgió en 1903, es decir hace más de un siglo. No la fundó el Estado, sino un grupo de personas que creía en los libros y en la cultura. Formó su patrimonio bibliográfico con donaciones y con compras; construyó un excelente edificio propio y desarrolló, durante décadas, una más que significativa tarea de animación cultural. Hacía todo esto con sus propios medios, reforzados, por cierto, con uno de los tantos subsidios del Estado, que beneficiaban tradicionalmente a muchas entidades de bien común. Pero, desde fines de la década de los 50, la institución ingresó en una situación de déficit. Tuvo que formalizar un convenio con el Estado (para que se hiciera cargo de los sueldos de unas pocas personas y de las facturas de algunos servicios), convenio que, tras renovaciones sucesivas, un día terminó su ciclo. Desde entonces, con gran frecuencia, las cartas de lectores, a la vez que ponderan el espíritu sacrificado de sus responsables, plantean la necesidad de que sea el Estado el que revitalice la institución.
Ni remotamente está en nuestro ánimo cuestionar que el poder público ayude a la Biblioteca Alberdi, y ojalá que lo haga con toda la intensidad necesaria, hasta devolverle su antiguo esplendor. Pero ponemos el caso como un ejemplo revelador. Es decir, el de una institución creada por particulares y sostenida durante mucho tiempo por el aporte del público, que un día se ve afectada porque este público va dejando de apoyarla, convencido de que es función del Estado sustituirlo en su colaboración.Nos parece que el Estado debe destinar parte de sus fondos a subsidiar tareas que -como en este caso- carecen de rédito económico, pero tienen gran incidencia en otros aspectos de la vida comunitaria. Y pensamos también que, establecido el monto de la ayuda, debe tomar los recaudos para que esos subsidios se mantengan siempre en el presupuesto, dado que la institución cuenta con ellos.
Pero no puede pensarse que tanto la supervivencia, como el crecimiento de las instituciones no oficiales, sea responsabilidad exclusiva del Estado. La responsable es la sociedad, a través de las personas y de sus organizaciones -comercio, industria, empresas, etcétera-. Puesto que la sociedad ha creado esos entes, se ha beneficiado con su tarea y ha sido capaz de mantenerlos durante tanto tiempo, no debe abandonar esa gestión, ni considerar que el Estado tiene deber de actuar en su reemplazo.Basta echar una mirada a la historia, para calibrar las cosas que era capaz de hacer la sociedad y que ahora parecen inalcanzables. El Hospital de Niños o la Sala Cuna, no fueron edificados ni sostenidos por el Estado, sino por una entidad privada, durante la primera mitad del siglo XX. Es decir que existía una comunidad capaz de fundar las instituciones que entendía necesarias, y de obtener los recursos para sostenerlas. Sería deseable que un espíritu similar volviera a tener espacio en nuestro medio. Para que dejemos de considerar que sin la ayuda estatal nada es posible.

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