Mientras leo sobre los desafíos ecológicos y la crisis climática global, me descubro atrapado en una contradicción doméstica: sé perfectamente que desayunar un alfajor de chocolate con dulce de leche contradice mis objetivos de salud física y bienestar. No me falta información nutricional, no sufro de hambre urgente ni carezco de alternativas más saludables. Sin embargo, me levanto del escritorio, abro el cajón de las golosinas y me como el alfajor. Esta contradicción cotidiana encierra una pregunta mucho más incómoda: ¿por qué somos plenamente conscientes de una realidad que nos perjudica y, aun así, no hacemos casi nada para modificarla? Desde la psicología y la sociología se apela con frecuencia a conceptos como la disonancia cognitiva, la impotencia aprendida o la distancia psicológica para explicar esta parálisis. No obstante, existe una raíz más profunda: la apatía rara vez proviene de la ignorancia; nace de la falta de horizontes. Cuando el conocimiento de los hechos no viene acompañado de una vía tangible para transformar el entorno, la verdad se convierte en un peso que el individuo prefiere adormecer. La información termina siendo un ruido de fondo que aprendemos a ignorar, igual que el mandato de dejar el dulce guardado. A lo largo de la historia, las sociedades se movilizaron y asumieron sacrificios monumentales cuando sus acciones estaban integradas dentro de un relato coherente con su sistema de creencias. Una persona es capaz de atravesar privaciones extremas si al final del trayecto vislumbra un sentido. Pero si le quitamos ese horizonte, el mismo esfuerzo se vuelve absurdo e insostenible. Hoy transitamos una época de profunda crisis y fragmentación de los grandes relatos que antes ordenaban el deber ser y los proyectos colectivos. La libertad contemporánea para construir propósitos individuales es un logro indiscutible, pero plantea un desafío crítico frente a problemas que demandan responsabilidad compartida. Podemos sostener visiones divergentes sobre el progreso, la felicidad o la economía, pero hay una base material ineludible: sin un planeta habitable no hay margen para seguir debatiendo ningún otro proyecto. Comparar un antojo matutino con la crisis ambiental puede parecer desmedido, pero el mecanismo psicológico es idéntico: frente a una amenaza difusa, priorizamos la gratificación inmediata, la comodidad y el deseo de no pensar en el costo futuro. El desafío urgente no es bombardear a la sociedad con más datos catastróficos, sino construir una narrativa con la suficiente fuerza ética para que el cuidado del entorno deje de ser una obligación abstracta y se integre en aquello por lo que vale la pena esforzarse. La pregunta de fondo es si seremos capaces de convertir el futuro en un propósito común o si continuaremos abriendo el cajón de los dulces mientras el mundo se desmorona.
Jerónimo Bertoni
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