Pensar la ciudad del futuro

La urbe que habitamos debe recibir tratamiento urgentemente.

03 Octubre 2005
Hace pocos días, con motivo del 320 cumpleaños de San Miguel de Tucumán, publicamos una serie de opiniones, de diversa procedencia , sobre la situación actual de la urbe que habitamos. Junto al reconocimiento por algunas obras públicas últimas, los consultados exponían en esa nota diversas críticas. Varias de las apreciaciones tocaron temas de tradicional presencia en nuestros comentarios críticos. Así, la cantidad de veredas rotas, o la irregularidad de la superficie de la peatonal de la calle Mendoza, así como el descuido de sus canteros. Se hizo notar que ese paseo nunca fue debidamente terminado, ni tampoco el área peatonal de calle Congreso.
Por cierto, se subrayó otra cuestión reiteradamente planteada en nuestras notas de opinión. Hablamos de ese problema grave que constituyen los vendedores ambulantes. Las promesas oficiales acerca de su reubicación nunca fueron concretadas, y no hay duda de que su presencia otorga al sector céntrico un tono propio nada satisfactorio, y en absoluto acorde con las justificadas pretensiones de modernidad y buen aspecto que aspira a presentar nuestra capital.
Un miembro del Colegio de Arquitectos fue más allá de los aspectos puntuales y sintetizó las fallas. Enumeró la inequitativa distribución de los servicios, la insuficiente dotación de espacios verdes, la profunda diferencia entre sectores más consolidados y el área en expansión, así como una gran vulnerabilidad ambiental. Cuestionó asimismo el actual servicio de transporte público de pasajeros, y subrayó la necesidad de que se ponga en marcha el plan estratégico sobre la ciudad en el cual trabajan la Municipalidad, la Provincia, la UNT y el Colegio de Arquitectos. Comentó que, aun en ese caso, llevará una década revertir el cuadro actual.
Estas apreciaciones y otras que se exponen prácticamente a diario, no hacen más que indicar la necesidad de abocarse seriamente a obtener una ciudad mejor. Como lo hemos dicho en otras ocasiones, se requiere para ello una verdadera política de Estado. Es decir, una planificación ajustada a la realidad, que se elabore comprometiendo a todas las dependencias oficiales del medio, sea cual fuere su órbita, y que contenga metas precisas a cumplir, en plazos igualmente precisos. Se trata, en última instancia, de pensar cómo queremos que sea en el futuro nuestra urbe.
De más está decir que no se trata de una tarea sencilla, ni mucho menos. Si hay un organismo problemático, por sus constantes cambios y por la multiplicidad de influencias que recibe, ese es una ciudad. Mucho más cuando se halla tan poblada y extendida como la nuestra, además de indudablemente inmersa en un febril proceso de expansión.Siempre sería posible, mirando hacia atrás, lamentar la imprevisión tradicional de que se hizo gala en el particular. Data de hace siete décadas, por ejemplo, el primer "plan regulador" que se trazó para Tucumán, por encargo oficial. Con independencia del acierto o desacierto de sus premisas, el hecho fue que en tal ocasión, ni en las que siguieron, las preocupaciones de planificación urbana se arraigaron entre nosotros. De esto no podía sino derivarse un crecimiento anárquico, donde se fueron generando problemas que el paso del tiempo hizo imposibles de resolver.
A esta altura, por cierto que corresponde mirar hacia el futuro y buscar nuevas salidas. Pero es evidente que urge operar profundamente sobre la realidad de San Miguel de Tucumán. La capital de una provincia con las características de la nuestra, no puede seguir creciendo de modo caprichoso. Ha de enmarcarse dentro de una planificación diseñada con acierto, y que se aplique con la necesaria continuidad.

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