La educación del peatón

Un uso coherente de la vía pública evitaría mucho de los males actuales

22 Agosto 2005
En estas últimas semanas, la Municipalidad de Tucumán ha pegado grandes afiches en la zona céntrica. Estos contienen la indicación, dirigida al transeúnte, de que debe cruzar la calzada por la senda marcada en las esquinas. La medida nos parece acertada. Sabemos que el tránsito es uno de los objetos más frecuentes de comentario, por parte de la prensa y del ciudadano. Pero es de hacer notar que la mayoría de las puntualizaciones relativas a ese tema se encaran poniendo el acento en el gran protagonista, que es el conductor con su vehículo. Y sucede que hay otro protagonista de no menor significación (ya que constituye una notoria mayoría), que es el peatón.
Dos aspectos merecen tocarse cuando se habla de los peatones de San Miguel de Tucumán. Uno de ellos atañe a la falta de condiciones de seguridad y confortabilidad que, a su respecto, crea el flujo de vehículos. Varios ejemplos pueden darse al respecto. En el fondo de todos ellos yace algo así como un cierto desdén de quien guía un auto por los que circulan a pie. Y la consiguiente tendencia a menospreciar el derecho que tiene, quien camina, de utilizar la vía pública en toda su amplitud, sin verse sometido a situaciones de apuro o de peligro de ninguna especie.
En segundo término -pero en igual nivel de importancia- está la cuestión de las actitudes que utiliza el peatón, con mucha frecuencia, y que no sólo colocan en riesgo cierto su integridad física, sino que también contribuyen a complicar aún más la circulación en nuestra capital. El cruce de la calzada es acaso una de las de mayor significación e impacto. Bien sabemos que -como quiere corregirlo el afiche actual- el transeúnte, demasiado a menudo, prefiere atravesar la calzada donde le resulte cómodo y no en las esquinas, como corresponde. O que en lugar de esperar la señal roja del semáforo para cruzar, lo hace mientras la verde está dando paso a los autos. Para peor, muchas veces ejecuta esa travesía distraído y mirando hacia cualquier parte, en lugar de guardar la atención que parece obvia en una ciudad poblada por tantos vehículos.
Estos y otros ejemplos, que ahorramos al lector por lo conocidos, evidencian una mentalidad de escasa adecuación a las realidades que su actor debería considerar. Esto es, que si bien cabe exigir al automovilista que acate una serie de normas que garanticen la segura y franca circulación del ciudadano que se moviliza a pie, también corresponde que este último, por su parte, observe la conducta adecuada, para no ponerse en peligro y para no obstaculizar a los conductores.
La clave sería lograr, como parece obvio, junto a automovilistas responsables y respetuosos de las normas vigentes, peatones que también lo sean. Es la única manera de que la utilización de la vía pública no se transforme en una suerte de pugna entre dos tipos de usuarios, de la cual no puede salir nada positivo, sino todo lo contrario.
Las campañas educativas del transeúnte son, por eso mismo, muy necesarias. Es conveniente que la autoridad las emprenda y que insista hasta el cansancio en ellas, a fin de que pueda crearse una nueva cultura entre sus destinatarios. Hablamos de terminar con esa actitud rebelde a los marcos de la ley, y que a cada momento genera accidentes y perturbaciones en la urbe que habitamos. Contar con una ciudad ordenada debe constituir una aspiración de todos. La hacen imperativa las indiscutibles realidades de nuestra alta densidad demográfica y de nuestro enorme parque automotor. Así, es imprescindible que quienes caminan por las calles corrijan lo que, hasta hoy, puede decirse que es su más frecuente comportamiento.

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