22 Julio 2002 Seguir en 
Diez palabras. Dos renglones. No se necesita más que eso para condenar a muerte a un tucumano. Nada de comas. Ni de artículos. "Este centro sólo autoriza tratamiento hormonal supresivo en estadio avanzado", contestó el PAMI. O sea, pida el medicamento después. Cuando esté grave. Y como se trata de un cáncer, debe leerse que hay que enviar la solicitud cuando se esté muriendo.
Tiene 80 años la persona a quien su médico había alentado. La detección del mal que se aloja en su próstata fue precoz. Así que inhibir el funcionamiento de la glándula haría posible contener la afección. Y preservar su salud. Pero desde uno de los organismos más corruptamente administrados en la década menemista, le dijeron que su vida no importa. Como tampoco importa que eso le corresponda legítimamente, incluso, porque trabajó y aportó toda su vida. Decentemente.
No hay explicaciones en la sentencia del PAMI. Tampoco habría lugar para ellas, porque el rechazo se envió en una angosta y barata tirilla de papel. O sea, va a tener que empeorar porque sí.
No importan las políticas preventivas. Ni la calidad de vida de la gente. Ni los millones que se invierten en investigaciones para ganarle al cáncer. Ni el juramento hipocrático de disponer para el enfermo el régimen de vida que, de acuerdo con el juicio y la capacidad del médico, repercuta en su provecho, alejándolo de aquel que lo perjudique o lo hiera. Porque, en definitiva, la tradición hace jurar por Apolo médico, por Esculapio, por Higicia y por Panacea, más no por el PAMI.
Garantizar un derecho
Aquí, la vida es ya un lujo disponible sólo para quien pueda pagarlo. Dicho de otro modo, puede que desde la década del 20 en adelante haya sobrevivido a las endemias, a las revoluciones y a las dictaduras militares. Pero el Estado siempre se las ingeniará para hacerle saber, y sentir, que (en el mejor de los casos) no puede garantizar a sus ciudadanos el derecho a la vida.
El artículo 14 bis de la Constitución nacional establece que "el Estado otorgará los beneficios de la seguridad social, que tendrá carácter de integral e irrenunciable". Para que no queden dudas sobre su alcance, el constitucionalista Helio Juan Zarini interpreta que se asumen "todas las contingencias y demandas vitales: enfermedad, accidentes, invalidez, vejez, fallecimiento, resguardo a la infancia y a la minoridad, protección contra el desempleo, jubilación, formación cultural, elevación profesional...". El inconveniente radica en que quien está dispuesto a negarle un medicamento vital a un enfermo, probablemente tampoco tenga pruritos en transgredir la Carta Magna.Para qué esperar, entonces, el respeto al artículo 3 de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre: "Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona".
Caos y vacío
En la antigua Grecia, caos y vacío eran una misma palabra. Visto desde otro ángulo, el terror al vacío nunca fue muy distinto al horror del sinsentido. Una de las ratificaciones más pavorosas de esto dio lugar a la expresión "risa sardónica".
Diferentes autores sostienen que el adjetivo sardónico podría proceder de Sardis, antigua ciudad de Lida u otra isla de Hiberia, llamada Sario o Cerdeña. Al parecer, los bárbaros sardos mataban a los ancianos, despeñándolos al vacío desde altos montes, donde los sacrificaban con fiestas y risas. Otros sostienen que en estos rituales eran los hijos de los viejos sacrificados los que intentaban tapar los alaridos de dolor con risas fingidas.
"El menosprecio de los derechos humanos ha originado hechos de barbarie ultrajantes para la conciencia de la humanidad", advirtió varios siglos después la ONU, en el preámbulo de la citada declaración. Su vigencia es una maldición de estas tierras.En el infierno de la sinrazón, una pregunta quema. A quienes impusieron que a los enfermos de cáncer sólo se les proveerá de las drogas cuando ya no las necesiten, ¿qué cosas los harán reír?
Tiene 80 años la persona a quien su médico había alentado. La detección del mal que se aloja en su próstata fue precoz. Así que inhibir el funcionamiento de la glándula haría posible contener la afección. Y preservar su salud. Pero desde uno de los organismos más corruptamente administrados en la década menemista, le dijeron que su vida no importa. Como tampoco importa que eso le corresponda legítimamente, incluso, porque trabajó y aportó toda su vida. Decentemente.
No hay explicaciones en la sentencia del PAMI. Tampoco habría lugar para ellas, porque el rechazo se envió en una angosta y barata tirilla de papel. O sea, va a tener que empeorar porque sí.
No importan las políticas preventivas. Ni la calidad de vida de la gente. Ni los millones que se invierten en investigaciones para ganarle al cáncer. Ni el juramento hipocrático de disponer para el enfermo el régimen de vida que, de acuerdo con el juicio y la capacidad del médico, repercuta en su provecho, alejándolo de aquel que lo perjudique o lo hiera. Porque, en definitiva, la tradición hace jurar por Apolo médico, por Esculapio, por Higicia y por Panacea, más no por el PAMI.
Garantizar un derecho
Aquí, la vida es ya un lujo disponible sólo para quien pueda pagarlo. Dicho de otro modo, puede que desde la década del 20 en adelante haya sobrevivido a las endemias, a las revoluciones y a las dictaduras militares. Pero el Estado siempre se las ingeniará para hacerle saber, y sentir, que (en el mejor de los casos) no puede garantizar a sus ciudadanos el derecho a la vida.
El artículo 14 bis de la Constitución nacional establece que "el Estado otorgará los beneficios de la seguridad social, que tendrá carácter de integral e irrenunciable". Para que no queden dudas sobre su alcance, el constitucionalista Helio Juan Zarini interpreta que se asumen "todas las contingencias y demandas vitales: enfermedad, accidentes, invalidez, vejez, fallecimiento, resguardo a la infancia y a la minoridad, protección contra el desempleo, jubilación, formación cultural, elevación profesional...". El inconveniente radica en que quien está dispuesto a negarle un medicamento vital a un enfermo, probablemente tampoco tenga pruritos en transgredir la Carta Magna.Para qué esperar, entonces, el respeto al artículo 3 de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre: "Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona".
Caos y vacío
En la antigua Grecia, caos y vacío eran una misma palabra. Visto desde otro ángulo, el terror al vacío nunca fue muy distinto al horror del sinsentido. Una de las ratificaciones más pavorosas de esto dio lugar a la expresión "risa sardónica".
Diferentes autores sostienen que el adjetivo sardónico podría proceder de Sardis, antigua ciudad de Lida u otra isla de Hiberia, llamada Sario o Cerdeña. Al parecer, los bárbaros sardos mataban a los ancianos, despeñándolos al vacío desde altos montes, donde los sacrificaban con fiestas y risas. Otros sostienen que en estos rituales eran los hijos de los viejos sacrificados los que intentaban tapar los alaridos de dolor con risas fingidas.
"El menosprecio de los derechos humanos ha originado hechos de barbarie ultrajantes para la conciencia de la humanidad", advirtió varios siglos después la ONU, en el preámbulo de la citada declaración. Su vigencia es una maldición de estas tierras.En el infierno de la sinrazón, una pregunta quema. A quienes impusieron que a los enfermos de cáncer sólo se les proveerá de las drogas cuando ya no las necesiten, ¿qué cosas los harán reír?







