No fueron todas las manos, todas, las que lo aplaudieron. El final folclórico que eligió Julio Miranda para su discurso, parafraseando a César Isella, recibió el tibio aplauso de algunos peronistas y el silencio de los demás legisladores.
No hubo sorpresas ni anuncios especiales. Las advertencias sobre una crisis que lo envuelve cada vez más y unas palabras hacia los gremialistas y hacia los empresarios desnudó que para los días subsiguientes necesita de ellos para que la gestión no se aletargue tanto como su alocución de ayer.
La efusividad se gastó aquella madrugada en que se aprobó la necesidad de la reforma de la Constitución. Tanto los legisladores, que soportaron estoicamente las 35 páginas, como el propio gobernador recibieron el mensaje apenas con formalidad.
El primer mandatario provincial quiso transmitir esperanza, sin que su discurso tuviera un tono de esperanza. Para peor auguró que los tiempos que se vienen no serán mejores.
La reforma de la Constitución con la que tanto soñó también brilló por su ausencia. Ni una palabra se refirió a ella pese a que funcionarios, dirigentes propios y extraños trabajaron a brazo partido para conseguirla, y lo consideran un logro de la gestión.
Tampoco alzó la voz para referirse a la fortísima crítica que hizo la semana pasada la Iglesia, cuyos principales representantes brillaron por su ausencia en el recinto de Rivadavia 25.
En la calle se vivía el clima de un feriado más, como si este hecho trascendental para la democracia pasara inadvertido. Ante esto el gobernador y su equipo no pueden quedarse de miranda.
02 Abril 2002 Seguir en 
Por Federico Van Mameren





