Gobernabilidad en peligro

Las pretensiones nacionales y las presiones provinciales agobian a Miranda.

21 Julio 2002
Por Juan Manuel Asis

Nada aliviaría más a los peronistas, especialmente a los que tienen responsabilidades institucionales como Julio Miranda, que un hipotético arreglo entre Carlos Menem y Eduardo Duhalde. Sólo que la historia de odios y desencuentros entre ambos referentes nacionales del PJ impide soñar a los justicialistas con esa alternativa. Las heridas aún sangran. Pero en cada carpa hay quienes piensan únicamente en las ventajas políticas de un eventual pacto de no agresividad entre sus respectivos mandamases, y tienden puentes. Miranda se despojaría de un peso incómodo si se produjera ese acercamiento, ya que no tendría que someterse a los dictados del duhaldismo -dueño de la ventanilla de los recursos- para definirse políticamente. Todos estarían de parabienes; con Dios y con el Diablo.
Sin embargo, hoy debe subsumirse ante las pretensiones y presiones políticas del poder central por haberse jugado por Carlos Reutemann. Al hacerlo, automáticamente se instaló en la vereda de enfrente del riojano y, por añadidura, del lado de las ambiciones duhaldistas.
Ese camino sólo se puede desandar de una sola forma: abrirse del juego de la interna aduciendo la responsabilidad institucional de tener que gobernar en medio de una crisis que exige plena dedicación. Una excusa que hasta Duhalde ensayó para justificar sus increíbles dichos sobre que era ajeno a la interna.
En esa línea, entre los gobernadores del Frente Federal, que integra Miranda, rondaría la idea de fijar una posición intermedia entre sus obligaciones políticas y las necesidades institucionales. Esta semana podrían declararse prescindentes de la interna nacional del PJ.
Un elegante paso al costado para no quedar mal con Dios, ni con el Diablo. Por lo menos hasta el 24 de noviembre. Entonces, con el candidato a presidente definido, cantarían distendidos su más famosa estrofa: "Todos unidos triunfaremos".

Entre ruegos y hongos
Por ahora, Miranda siente y sufre las presiones políticas e institucionales. Por un lado, ruega que la Nación le envíe dinero para desarmar el frente local de protesta. Por otro, entre sus huestes se multiplicaron como hongos los menemistas. Proliferan en el propio gabinete -algunos le aconsejaron ir preparando un viaje a Anillaco- y son mayoría entre los legisladores oficialistas.
Frente a este cuadro de situación, se le presenta una razón de peso para no involucrarse de lleno en el proceso interno del peronismo y atender su administración: peligra la gobernabilidad en la Provincia.
Lo cual no es menos cierto si se tienen en cuenta los hechos: la estabilidad de la economía se asienta en la inestabilidad del Bocade, el frente interno está dividido por las pasiones justicialistas, la oposición aprovecha esa circunstancia de aparente debilidad oficialista y los principales dirigentes de partidos con caudal electoral hablan maravillas de Menem (Antonio Bussi -FR- viajó a La Rioja, Raúl Topa -Movimiento Independiente- se reivindicó amigo del ex presidente y Jorge Lobo Aragón -VOS- declaró abiertamente su simpatía por el riojano).
Esta típica movida de Menem de primero juntar, después seleccionar, también suma a los contratiempos de Miranda.

Manteniéndose vivos
La estrategia de ponerse por encima de la lucha de facciones internas, como presidente del PJ, lo sacaría del campo de batalla y lo ubicaría en la cómoda y táctica posición de observador. Como gobernador se mantendría alejado del enfrentamiento político para salvaguardar su gestión de la interna partidaria, que siempre es traumática.
En el partido de Perón nadie se guarda nada. La honra ajena se mancha sin pudor con críticas fundadas e infundadas. A todos se salpica, porque todo vale cuando se está cerca del poder o cuando se pelea por más espacios en él. Aquí ya se está jugando el 2003. Y nadie se quiere ir.
No por el grito de que "se vayan todos" los hombres públicos se irán antes. La Constitución del 90 establece que todos deben abandonar sus cargos después de cuatro años de mandato, ya que no hay reelección.
Pero no se irán todos a sus casas; se reciclarán: legisladores en intendentes y concejales en legisladores; comisionados rurales en ediles y viceversa, y, por qué no, gobernadores en senadores. Los nombres de todos aparecerán en las boletas, por lo que aquella pretensión de que se vayan todos no se dará por decisión de los propios señalados. Eso dependerá exclusivamente del votante.
La responsabilidad, como siempre, será del propio ciudadano, porque nadie vota por quien no quiere -obviando la disquisición sobre la Ley de Lemas, donde resulta electo alguien que uno no eligió-. El día de la votación se develará el misterio sobre hasta dónde era una verdad mayoritaria el reclamo de que se vayan todos.
Es que a nadie se le puede prohibir elegir y ser elegido, por lo que cada uno en su rol cívico determinará quiénes se van y quiénes se quedan. Como bien lo sintetizó en una charla de café el ex montonero, hoy integrante de la Pastoral Católica Carcelaria, Ramón "Gringo" Ponce: "El único cambio, la única reforma, sólo se dará con el voto".

Capítulo abierto
Eso sucederá ya sea con reciclaje, o con reelección. Porque aún está abierto el capítulo de la reforma de la Constitución de la Provincia. Miranda tiene tiempo para pensar tranquilo en sucederse a sí mismo, por lo menos hasta marzo.
El mismo día en que se elija el nuevo presidente de los argentinos (30 de marzo), en Tucumán se podría estar eligiendo a los 40 convencionales constituyentes. La Convención no estará atada a los actuales plazos constitucionales y podría determinar nuevas fechas de elecciones provinciales (en el 99 fue el 6 de junio) y de traspaso del poder (desde el 91, cada cuatro años, ocurre los 29 de octubre).
Los ingenieros de la idea, convencidos del triunfo peronista, entienden que el efecto nacional arrastre les permitiría ganar la elección de constituyentes. Aún perdura el trauma de los comicios perdidos en manos de Fuerza Republicana el 5 de noviembre de 1989 y no quieren que se repita.
La decisión final siempre será de Miranda, él sabrá medir los tiempos según sus apetencias personales. Por ahora, está ensimismado en evitar que su gestión estalle por la falta de fondos y por las presiones gremiales, empresarias y políticas.

Especulación electoral
Para eso, sólo conoce un camino: el del acercamiento y la conversación "face to face" con propios y extraños. Así es como habla con todos, aunque más no sea telefónicamente. En ese sentido, son más seguidas sus charlas con la diputada nacional Olijela del Valle Rivas. Pero el diálogo tiene un límite. La ex senadora está jugada totalmente por Menem y Miranda hoy no está seguro de adónde dirigir sus pasos. Y José Manuel de la Sota es menos convocante que Reutemann para el electorado independiente.
Rivas habría condicionado cualquier arreglo a la superación de la interna nacional del PJ, el 24 de noviembre. Después habría acercamiento. Esta proximidad tiene mucho de especulación electoral, con o sin reforma, ya que Miranda y Rivas, juntos, reúnen la mayoría de los votos peronistas en Tucumán. Algo no despreciable a la hora de pensar en las generales, si es que se considera el piso de afiliaciones peronistas -180.000- o de la peor elección del peronismo en los últimos años (la del 97), con 150.000 sufragios.
Una certeza entre tantos cálculos es que si no hay reelección, Miranda señalará a su heredero. Allí se prenden y se cuentan suscriptos a montones: José Alperovich, Antonio Guerrero, José Alberto Cúneo Vergés, Fernando Juri y hasta el propio Sisto Terán. Uno de ellos será el bendecido.
Pero, aún mucho tiene que pasar, especialmente la interna del peronismo. Cuando se dilucide, el panorama político se les aclarará a muchos.

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