21 Julio 2002 Seguir en 
"Se cuenta que cuando le preguntaron al juez de la Suprema Corte norteamericana Hugo Black cuál era su papel en el tribunal, ?sus ojos brillaron, su mano derecha se proyectó hacia delante y sin dudarlo dijo con fervor: ¡Hacer justicia!?
Se comparta o no que tal sea la misión que tiene un juez de Corte, demos por buena la respuesta de Black para poder plantearnos la pregunta siguiente: si el trabajo a cargo de los jueces es administrar justicia, ¿es justo que jueces merecedores de reproche sentencien a individuos a los que pueden reprocharse las mismas faltas que se reprocharía a los primeros? O, dicho de otro modo, ¿debemos indignarnos porque algunos jueces que no fueron suficientemente virtuosos, pero que son las únicas manos que pueden empuñar dentro del sistema las armas de lo que el sistema llama ?justicia, juzguen y condenen a quienes encuentren culpables de delitos contra la administración pública? El dilema no es nuevo ni local, y la sociedad no debería prestarle una atención flotante, porque no es inocente de las instituciones que se da.A Markus Wolf, durante treinta y cuatro años jefe del servicio de inteligencia exterior de Alemania oriental, y de quien se decía que sabía más secretos de la Alemania occidental que el propio canciller, lo apodaban ?el hombre sin rostro?: debieron pasar veinte años para que los sistemas de inteligencia occidentales pudieron enterarse de su fisonomía. La historia lo condenó a entrar el 4 de mayo de 1993 al tribunal supremo de Düsseldorf para ser juzgado por cinco jueces de la Alemania unificada, por espionaje contra... Alemania. Hay una reflexión de Wolf que aflige por su perplejidad: ?La palabra alemana que significa traición es Landesverrat, literalmente traición al país. El sentido común indicaba que el cargo contra mí era absurdo: ¿a qué país supuestamente había yo traicionado??.
Aunque los ministros de Corte de países evolucionados se preocupan por el respeto público hacia el tribunal, porque este protege a los jueces en conflictos con otros poderes y aumenta la predisposición de la gente a acatar sus decisiones, los topetazos entre lo judicial y lo justo no son raros. De un modo comparable, luego de la caída del nazismo quinientos jueces que consintieron el régimen aniquilado juzgaron y condenaron a compatriotas por delitos que probablemente ellos mismos habían cometido. Cuando Pétain instauró en Francia el régimen colaboracionista de Vichy, sólo un juez renunció a su silla. En nuestro país, jueces y fiscales que fueron tales durante el período de facto ?76-?83 procesaron a los responsables de haber instaurado el mismo gobierno ilegítimo en cuyo marco ellos sirvieron al Estado. Nuestra Corte Suprema acordó recibir el juramento a la Constitución reformada en 1994 con condicionamientos. Curiosas incoherencias de un ámbito tan obsesionado por parecer coherente.
El Poder Judicial, que en nuestro país tiene por delante la ardua tarea de colaborar -dentro de sus atribuciones- a definir el sentido de lo justo en la comunidad, escora por falta de credibilidad. El juez en lo penal económico Julio Cruciani acusó a la Corte del desprestigio de la Justicia, en una ?dura nota? enviada a su presidente, Julio Nazareno".
Se comparta o no que tal sea la misión que tiene un juez de Corte, demos por buena la respuesta de Black para poder plantearnos la pregunta siguiente: si el trabajo a cargo de los jueces es administrar justicia, ¿es justo que jueces merecedores de reproche sentencien a individuos a los que pueden reprocharse las mismas faltas que se reprocharía a los primeros? O, dicho de otro modo, ¿debemos indignarnos porque algunos jueces que no fueron suficientemente virtuosos, pero que son las únicas manos que pueden empuñar dentro del sistema las armas de lo que el sistema llama ?justicia, juzguen y condenen a quienes encuentren culpables de delitos contra la administración pública? El dilema no es nuevo ni local, y la sociedad no debería prestarle una atención flotante, porque no es inocente de las instituciones que se da.A Markus Wolf, durante treinta y cuatro años jefe del servicio de inteligencia exterior de Alemania oriental, y de quien se decía que sabía más secretos de la Alemania occidental que el propio canciller, lo apodaban ?el hombre sin rostro?: debieron pasar veinte años para que los sistemas de inteligencia occidentales pudieron enterarse de su fisonomía. La historia lo condenó a entrar el 4 de mayo de 1993 al tribunal supremo de Düsseldorf para ser juzgado por cinco jueces de la Alemania unificada, por espionaje contra... Alemania. Hay una reflexión de Wolf que aflige por su perplejidad: ?La palabra alemana que significa traición es Landesverrat, literalmente traición al país. El sentido común indicaba que el cargo contra mí era absurdo: ¿a qué país supuestamente había yo traicionado??.
Aunque los ministros de Corte de países evolucionados se preocupan por el respeto público hacia el tribunal, porque este protege a los jueces en conflictos con otros poderes y aumenta la predisposición de la gente a acatar sus decisiones, los topetazos entre lo judicial y lo justo no son raros. De un modo comparable, luego de la caída del nazismo quinientos jueces que consintieron el régimen aniquilado juzgaron y condenaron a compatriotas por delitos que probablemente ellos mismos habían cometido. Cuando Pétain instauró en Francia el régimen colaboracionista de Vichy, sólo un juez renunció a su silla. En nuestro país, jueces y fiscales que fueron tales durante el período de facto ?76-?83 procesaron a los responsables de haber instaurado el mismo gobierno ilegítimo en cuyo marco ellos sirvieron al Estado. Nuestra Corte Suprema acordó recibir el juramento a la Constitución reformada en 1994 con condicionamientos. Curiosas incoherencias de un ámbito tan obsesionado por parecer coherente.
El Poder Judicial, que en nuestro país tiene por delante la ardua tarea de colaborar -dentro de sus atribuciones- a definir el sentido de lo justo en la comunidad, escora por falta de credibilidad. El juez en lo penal económico Julio Cruciani acusó a la Corte del desprestigio de la Justicia, en una ?dura nota? enviada a su presidente, Julio Nazareno".







