Sabores del tango

(De "Los sabores del tango", por Víctor Ego Ducrot, Norma, Buenos Aires).

16 Julio 2002
"Por si no quedó claro, ?se viene la maroma? porque cuando el tango dice los orres -los reos- ya están hartos/ de morfar salame y pan,/ y hoy quieren morfar ostras/ con sauternes y champán, sus autores nos están prestando unos versos que se ajustan al propósito de iniciarnos en los sabores del tango, y para ilustrar lo que creemos esencial a la hora de escribir sobre el comer y el beber, esto es, entender la gastronomía como un capítulo más de la historia de la creación popular: desde la Antigüedad hasta nuestros días, todas las culturas y la civilizaciones han vivido sus respectivos hábitos culinarios como una realidad con dos caras, la del comer y beber -a veces la del no comer- de los pobres, y la cara del comer y del beber de los poderosos.
Es muy frecuente que los historiadores y los teóricos de la culinaria se olviden este capítulo del comer -al que se llega por el no comer- generalmente por estrechez de conocimientos, o por selección ideológica o simplemente por intereses que poco se relacionan con los actos de la escritura y de la reflexión. Sin embargo, es imposible obviar la siguiente paradoja: nunca antes la humanidad contó con tantas posibilidades y recursos alimentarios, pero a su vez nunca antes ha sufrido tanto hambre como a lo largo de la centuria pasada.
Quizás alguien pueda sostener que las hambrunas han sido una constante en la historia de la humanidad. La diferencia entre aquellos fenómenos del pasado lejano y el hambre del siglo XX, es que este último tiene lugar a pesar de que el desarrollo de la ciencia y de la tecnología lo desenmascaran como irracional y evitable.
Por eso es muy probable que Discépolo hubiera estado de acuerdo con nosotros por incluir el hambre en el temario de un libro sobre gastronomía y cultura. Ese gran narrador del desencanto, el hastío y la frustración de aquel país que se prolonga, escribió en 1926 "¡Qué vachaché!", y en ese tango, como en muchos otros, habla del hambre: No puedo más pasarla sin comida, le recrimina la mujer al gilito embanderado, quien, suponemos, aún se sostiene en la honradez, a pesar de que, en esas condiciones, morfás aire y no tenés colchón. Por eso le aconseja, con típico cinismo discepoliano, Lo que hace falta es empacar mucha moneda,/ vender el alma, rifar el corazón, (...)... Así es posible que morfés todos los días.
?El verdadero amor se ahogó en la sopa?, junto con las ideas y la ética, por las necesidades de la vida cotidiana y la falta de escrúpulos que el autor tan bien detecta sobre la epidermis y las entrañas de sus contemporáneos. Al final, ya harta de tanta miseria, lo intima: Dame puchero, guardate la decencia.
Los Sabores del Tango es un intento de contar la historia del comer y del beber de los porteños, conforme ese fenómeno se lee a lo largo de la historia de la poética tanguera. En ese sentido, y si se acepta que durante mucho tiempo las letras de tango supieron ser expresión de la vida cotidiana de los porteños en sus dimensiones más felices y más trágicas, el comer y el beber no pudieron quedar ausentes. Por eso es legítimo utilizar la poesía del dos por cuatro como fuente para desentrañar los hábitos gastronómicos de sus personajes principales, los hombres y mujeres que dieron y siguen dando vida a la ciudad que se recuesta sobre la orilla occidental del Río de la Plata".

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