Por Fernando Sánchez Sorondo para LA GACETA
Mi padre decía que hay familias especialmente dotadas por su inteligencia. Un ejemplo eran los Gallardo: Jorge, Sara, Marta, “Gui” y su ilustre antecesor, don Ángel Gallardo. Lo mismo pensaba de los Palacio, familia vinculada a la mía que estuvo presente, de un modo u otro, a lo largo de mi vida.
Por empezar, el gran Lino -creador de tantas y tan famosas historietas y de una agencia publicitaria pionera en nuestro país-, fue mi primer patrón. Amigo entrañable de mi viejo –le hacía las caricaturas para su periódico nacionalista Azul y Blanco-, tuvo una muerte atroz. Marcelo, mi padre, decía que nadie era merecedor de semejante final pero que, menos que nadie, Lino: ¡era un hombre tan bueno, tan querido, tan genial!
“Lino Palacio & asociados” quedaba en la calle Sarmiento. Entré como cadete a los 17 años. Después, enterados los creativos de que yo escribía, ascendí a redactor. Me acuerdo: llegué a tener a mi cargo la cuenta de los autos “Kaiser Carabela” (¡qué antigüedad!). Cerca de la agencia estaban los baños turcos “Colmegna”. Y yo a veces me escapaba a darme un sauna. Un día, cuando me cambiaba, divisé los enormes pies de Lino y me escondí, pero él me pescó y, lejos de enojarse, me invitó a almorzar… ¡y hasta me pagó el “saunazo”! Le hizo mucha gracia la rata.
Allí también conocí a Juan Manuel Palacio, mi jefe de redacción, de quien me haría muy amigo. Sobrino de Lino, personaje total y, como afirmaba mi padre, “inteligente y brillante, como todos los Palacio”. Mucho más adelante, ya yo grande y siempre bastante deprimido, solía decir: “¡reunámonos con Fernando, lo importante es pasar un momento desagradable!” Teníamos eso en común: la depre. Cuando quedamos sin trabajo, jorobaba diciendo que debíamos sacar un aviso que dijera “DESANIMAMOS FIESTAS INFANTILES”. Compartíamos una extraordinaria terapeuta, Sofía Navón -vaya un homenaje en su querida memoria-, quien, por haberme sacado de las drogas, se había ganado un prestigio enorme. Todos los alcohólicos, drogadictos y abandónicos de Buenos Aires querían atenderse con Sofía. El primero, mi amigo Juan Manuel.
Cuando lo llevé a su consultorio, me quedé detrás de la puerta, para oír un poco -Juan Manuel siempre valía la pena de ser oído-: “Dejaré el alcohol, pero no la embriaguez de la vida, ¡eso jamás!”. Recuerdo esa frase como un mantra… no abandonar la embriaguez de la vida. ¡Cómo lo extraño! (Hace un par de años, fue lindo, Juan Manuel hijo, en un gesto cariñoso que me conmovió, me contactó para tomar un café y recordarlo).
El padre de mi amigo, el célebre historiador Ernesto Palacio, aparte de escribir como los dioses, tenía detalles curiosamente paradójicos. Acérrimo nacionalista… ¡vivía en el Club de Residentes Extranjeros! Decía que le quedaba cómodo porque allí nadie lo conocía y podía evitar los saludos y otras “efusiones obligatorias” (para decirlo con Borges), debidas a la urbanidad convencional.
No hace mucho, tuve la alegría de entablar amistad con un nieto de Lino: Luis Enrique Palacio (“Quique”), gran abogado como su padre, Lino Enrique Palacio (“Linito”) y excelente narrador. Apareció en el taller de escritura que coordino en el Jockey Club y enseguida reconocí en él el talento, la originalidad y ese don de gentes que parece venir de familia. Mi padre, una vez más, tenía razón.
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Fernando Sánchez Sorondo – Escritor.







