1926. Memorias del futuro
Hace un siglo la literatura argentina vivió una explosión creativa que dejó obras fundamentales de Borges, Arlt, Güiraldes, Quiroga y Alfonsina Storni. El auge de las editoriales nacionales, la expansión del público lector y las disputas entre tradición y vanguardia transformaron el panorama cultural. Una muestra de la Biblioteca Nacional recupera aquel año extraordinario, cuyas novedades terminaron convirtiéndose en clásicos.
Por María Eugenia Villalonga para LA GACETA
1926 pareciera ser el año en que la literatura argentina entró definitivamente en la modernidad, de la mano de la expansión de un público lector que encontró en los medios masivos, los suplementos culturales y las nuevas editoriales nacionales, el lugar donde leer a sus contemporáneos; y la Biblioteca Nacional Mariano Moreno se propuso homenajearlo con una muestra nutrida y muy elaborada que se puede visitar hasta el 31 de diciembre.
127 fueron los libros de autores argentinos publicados ese año, y si ese número era impensable una década antes, lo que más sorprende es ver cuántos de aquellos pasaron a integrar el canon de la literatura nacional: El juguete rabioso, Don Segundo Sombra (que fue el mayor éxito de ventas de ese año), El tamaño de mi esperanza, El violín del diablo, Poemas de amor o Los desterrados, llevaron a sus autores, Arlt, Güiraldes, Borges, González Tuñón, Alfonsina Storni, Horacio Quiroga, a convertirse en clásicos y a muchos otros, a desplegar su carrera literaria, en un campo cultural donde las disputas entre tradición y vanguardia, entre noveles y consagrados (entre ellos, Enrique Larreta, cuyo libro Zogoibi fue elegido entonces el peor libro del año), entre realismo social y experimentación formal produjeron uno de los momentos más vitales de la cultura argentina.
Algunos de los títulos que vieron la luz ese año dan cuenta de este fenómeno: Barcos de papel, de Álvaro Yunque; Cuentos para una inglesa desesperada, de Eduardo Mallea; La musa de la mala pata, de Nicolás Olivari; Versos de una…, de Clara Beter/César Tiempo; Días como flechas, de Leopoldo Marechal; Molino rojo, de Jacobo Fijman; Tangos, de Enrique González Tuñón; Tierra amanecida, de Carlos Mastronardi; Entre los muertos, de Elías Castelnuovo; La Pampa y su pasión, de Manuel Gálvez; El ángel de la sombra, de Leopoldo Lugones. Pero también las escritoras, algunas de las cuales tuvieron que esperar varias décadas para ser revalorizadas, entre las que se encontraban la contestataria esposa de Natalio Botana, Salvadora Medina Onrubia, con El vaso intacto y otros cuentos; en la vereda contraria, Delfina Bunge de Gálvez con Los malos tiempos; Victoria Ocampo con La laguna de los nenúfares y Norah Lange con Los días y las noches.
Avances, Florida y Boedo
Era la década en la que los avances tecnológicos, la fascinación por el automóvil y la velocidad y la aparición de los rascacielos (entre ellos, el edificio art-déco de 46 metros de altura que Natalio Botana hizo construir para el diario Crítica) le dieron forma al imaginario de la modernidad, mientras el hidroavión Plus Ultra hacía su primer vuelo intercontinental y el padre del futurismo italiano, Filippo Marinetti, visitaba la ciudad de Buenos Aires generando tanto entusiasmos como rechazos.
La prensa escrita, y en especial, el diario de Botana, les daba lugar a los nuevos escritores (Borges y Arlt, entre ellos) y sus suplementos literarios registraban ese año el boom editorial de autores argentinos. Las revistas El Hogar, Mundo Argentino, Claridad, La Campana de Palo y Martín Fierro reproducían las disputas más encendidas entre vanguardia y realismo social (quizás la única disputa literaria verdaderamente encendida), que encuentra sus voceros en los emblemáticos grupos de Florida (con Borges, Girondo, Güiraldes y Marechal nucleados en la revista Martín Fierro) y Boedo, con Elías Castelnuovo, Leónidas Barletta, César Tiempo y Roberto Mariani, desde la revista y editorial Claridad.
A comienzos del siglo XX la mayor parte de los libros en castellano que se vendían en el país provenían del extranjero. El panorama cambió abruptamente con el estallido de la Primera Guerra Mundial, cuando la retirada transitoria de las editoriales de las naciones involucradas ofreció una excelente oportunidad para el desarrollo de la industria local. Así surgieron las editoriales Manuel Gleizer, Babel, Claridad y Tor, las principales responsables de una producción literaria que en esa década fue única en este continente.
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María Eugenia Villalonga – Licenciada en Letras, magíster en estudios literarios, colaboradora de “Perfil”, “Página/122 y “Le Monde Diplomatique”.







