El sentido de la vida

Diez autores reunidos en LA GACETA Literaria 1949-2026 se aproximan, desde la filosofía, la literatura, la poesía y las experiencias personales, a una de las preguntas más antiguas de la humanidad. La muerte, el amor, la libertad, la rebeldía, la alegría y la capacidad de distinguir lo esencial de lo accesorio atraviesan sus respuestas.

REFLEXIONES. Amelia Biagioni, Arturo Pérez Reverte, Jorge Estrella, María Eugenia Valentié, Martín Caparrós, Michel Onfray, Roberto Canessa, Rosa Montero, Samuel Schkolnik y Santiago Kovadloff.
REFLEXIONES. Amelia Biagioni, Arturo Pérez Reverte, Jorge Estrella, María Eugenia Valentié, Martín Caparrós, Michel Onfray, Roberto Canessa, Rosa Montero, Samuel Schkolnik y Santiago Kovadloff.
Daniel Dessein
Por Daniel Dessein Hace 6 Hs

LA GACETA Literaria 1949-2026 reúne muchas notas primerizas de colaboradores que desarrollarían destacadas carreras intelectuales. Pero también contiene textos escritos sobre el final de las vidas, o en el contacto con sus fronteras, de escritores que reflexionan sobre el sentido de la experiencia. ¿Por qué y para qué estamos aquí? ¿Qué deberíamos hacer con el tiempo que nos ha sido concedido? Preguntas que atraviesan la historia de la filosofía, las religiones y la literatura que fueron reformuladas y respondidas, desde perspectivas diferentes, por algunos de los autores presentes en la antología.

“El sentido de la vida” es el título que eligió María Eugenia Valentié, una de las figuras centrales de estas páginas a lo largo de seis décadas, para uno de sus últimos artículos. En 2007 se interrogaba sobre los valores capaces de orientarnos, repasando sistemas religiosos, filosóficos y políticos y la extraordinaria capacidad humana para contradecirlos.

Jorge Estrella, pilar fundamental de esta publicación y otro de los grandes pensadores que ha tenido Tucumán, me hizo llegar un texto titulado “Adioses”, escrito cuando le quedaban pocas horas de vida. En su examen final reforzaba la idea de que la existencia adquiría sentido no por la acumulación de logros, sino por aquello que habíamos entregado a los demás. ”No creo en el más allá, sólo espero el más aquí del gran silencio. ¿Pero qué importancia tiene lo que cree cada cual sobre este asunto? Lo haya o no lo haya, el país del irás y no volverás (como lo llamaban los sumerios) no será afectado por lo que creamos ni por las habladurías que lancemos sobre él con esa seguridad inoportuna que nos caracteriza”, decía Estrella en su despedida.

“¿Quién no ha sentido, durante dominicales tarde de retreta, ahondarse en la boca del estómago la desventura de existir?”, se preguntaba González, memorable personaje del brillante Samuel Schkolnik. La pregunta aparece en una de sus primeras “Notas”, titulada “El sentido de la vida”, dentro de la saga que se extendería a lo largo de siete años. Lo que deseamos cuando nos preguntamos por su sentido, concluía González, es que la alegría sea posible.

Lo esencial y lo accesorio

“Ni vos ni yo deberíamos estar acá”, me dijo Roberto Canessa, el sobreviviente de la hazaña de los Andes, cuando le conté que su padre le había salvado la vida al mío. Una de las lecciones que nos deja la historia de los Andes es que la vida vale la pena, cualquier pena. “Entendimos qué era lo esencial y qué lo accesorio, y que antes del accidente habíamos estado concentrados en adquirir lo segundo”, me dijo Canessa.

Amelia Biagioni subraya un verbo: resistir. En su Manifiesto declara: “Yo me resisto, / entre las muelas del fracaso / a cumplir la ley de casarme, / de resignarme, / de sentarme en la foto del mundo”.

El filósofo Michel Onfray, entrevistado por Fabián Soberón, reivindica la risa como resistencia. Propone no tomar en serio lo que la mayoría toma seriamente: los honores, la familia, el trabajo, la patria, el dinero, la reputación. No sacrificar la vida a ningún ídolo, no efectuar ninguna genuflexión. Dejar de lado lo que es vano para dedicarse a lo esencial: vivir derecho, sin aumentar la negatividad del mundo, disfrutar del puro placer de existir.

Hay otra apelación a la libertad en el libro, en boca de Rosa Montero. La conocí en 2013, recién llegada a Buenos Aires para la presentación de un libro con un título conmovedor -La ridícula idea de no volver a verte- en el que contaba la historia de Marie Curie a partir de la muerte de su marido y en paralelo su propia historia en relación a la desaparición del suyo. El tema de fondo que recorre el libro es la lucha por la libertad. “Debemos librarnos de la mirada exterior, de las expectativas absurdas, del brillo del mercado”, dice Montero.

Arturo Pérez-Reverte encuentra otra clave en las relaciones humanas. En una conversación de 2013, sostenía que las grandes transformaciones de su vida habían estado asociadas a mujeres: su madre, sus hermanas, sus amores, sus amigas y su hija. La identidad individual no como construcción, sino como resultado de los encuentros que nos transformaron.

Quietudes

Martín Caparrós, después de recibir el diagnóstico de una enfermedad terminal, rechaza la idea de arreglar cuentas con el mundo. En general uno se engaña pensando que habrá cierto momento para hacer ciertas cosas pero un día nos damos cuenta de que no las vamos a hacer. “Y no pasa nada”, concluye. ¿Qué hizo Caparrós cuando le comunicaron su diagnóstico? Se puso a contar su vida, convencido de que era lo mejor que podía hacer con lo que le quedaba de ella, en Antes que nada, un libro duro y magnífico que nos lleva a repensar qué es lo mejor que podemos hacer nosotros con la nuestra.

Santiago Kovadloff introduce una dimensión extraña en nuestra época. En un ensayo publicado este año, distingue la quietud de la inmovilidad. No se trata de detener la vida, sino de recuperar la capacidad de contemplarla. Lo dice así: “Quienes nos aproximamos a la muerte porque ya es mucha nuestra edad y el cuerpo suavemente la insinúa, conocemos, junto con la nostalgia anticipada por todo lo bueno que dejaremos al partir, la serenidad que nos infunde una vida cumplida… Si la alegría fue posible, si alguna vez conocimos la emoción de un gran encuentro, si el estremecimiento del amor nos brindó alguna vez un nombre inolvidable, si nos bendijo el don de la amistad y si lo real, todo lo real, en lo que tiene de palpable y simultáneamente inverosímil, de finito e infinito, nos colmó de asombro un día, esa despedida, en suma, será un signo de paz y de quietud”.

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