Comercios vandalizados, bloqueos, incendios en edificios públicos y enfrentamientos entre policías y manifestantes. La crisis social sacude a las principales ciudades de Francia y sus imágenes llegan por la televisión o red social que tengamos enfrente. Sin embargo, en estas semanas, el registro del caos podría ocurrir en cualquier parte del planeta.
Las protestas y disturbios en el viejo continente se concentran actualmente en Francia, donde los reclamos estudiantiles escalaron a manifestaciones violentas por el costo de vida y recortes públicos. En Bélgica e Italia hubo movilizaciones juveniles y enfrentamientos policiales generados por la desigualdad y el encarecimiento económico. En Albania las marchas evolucionaron hacia un amplio movimiento exigiendo la renuncia del gobierno por corrupción. En Portugal miles de personas acampan en las plazas públicas para reclamar mejoras salariales y soluciones urgentes a la crisis habitacional. La semana pasada España fue el epicentro del reclamo por el costo de la vivienda embanderado por la causa de Maricarmen. El primer mundo parece convulsionado y según los principales analistas, aún no hay respuestas efectivas de los gobiernos que puedan frenar la ola de descontento. Mientras tanto, Macron ordena toques de queda y admite una “pérdida de control” en algunas ciudades. Desde lejos, Trump relaciona a los inmigrantes con los violentos disturbios.
Los movimientos extremos que oscilan entre la izquierda y la derecha están apoyados por discursos que denuncian la falta de acción de los estados y la fractura institucional que recorre Europa hace años. Gobiernos desconectados de las necesidades locales que se limitan a reaccionar ante la explosión social con violencia o en la búsqueda de causas ajenas como la inmigración o supuestas acciones coordinadas que llegan desde China o Rusia.
Son esas lecturas las que desconocen que las nuevas generaciones reclaman las condiciones de vida que supieron vivir sus antecesores. Vivienda y trabajo digno, educación y acceso al crédito, servicios acordes con el costo de vida cada vez más inaccesible. La violencia, claramente, es una reacción injustificada, pero demuestra la incapacidad de estos sectores para procesar, en términos democráticos, la frustración colectiva.
Para cualquier argentino promedio, las imágenes de Europa no son tan distantes. El océano Atlántico parece un charco cuando vemos las escenas de descontento que cada cierto periodo protagonizan nuestras calles. Sin ir más lejos, la semana pasada la ciudad de Buenos Aires fue el escenario de un violento enfrentamiento entre manifestantes y la policía, en el marco de la quinta marcha universitaria.
En las calles de Argentina o Francia hay condiciones para que el malestar se manifieste públicamente, con demandas que evidencian muchas veces la tensión entre representados y representantes. Las imágenes del caos deben ser interpretadas no sólo en su dimensión brutal, sino más bien en aquellas demandas que hace tiempo subyacen en la esfera pública, desatendida desde las instituciones y al parecer, cada vez más conflictiva. Será tarea urgente de los gobiernos agilizar la respuesta ante estos reclamos antes de que el caos adquiera dimensiones que solo encuentren a la violencia como respuesta.







