Cuerpo, tiempo, deseo y mandato confluyen en tensión en “Falladita”, el planteo escénico que se estrenará esta noche con las actuaciones de Amelia Acosta y Dalma Abregú, sobre textos de la primera y la dramaturgia y dirección de Andrea Barbá. El diseño sonoro es de Pablo Arias y el registro visual, de Mara Villanueva.
“Todo nace de la experiencia de vida de Amelia, maestra y bailarina, en una autoficción que construye un universo donde su experiencia personal no aparece como documento, sino como materia escénica capaz de desplazarse, transformarse e inventar otras posibilidades de existencia para responderse qué ocurre cuando un cuerpo se resiste a quedar definido por un rol o una forma determinada de estar en escena o en la vida”, adelanta Barbá, en diálogo con LA GACETA.
- ¿Cómo encararon el trabajo?
- Se creó en el marco del proceso creativo de Mentoría y Acompañamiento Artístico que coordino con mi proyecto formativo Cuerpo Laboratorio desde 2015. Amelia se acercó con un material que, según sus palabras, no sabía qué hacer. Nos enfocamos en dar sentido a ese contenido germinal. Le propuse escribir a partir del cuerpo y comenzamos a producir materiales, con miles de audios grabados por Amelia a las 6 de la mañana cada día, que a lo largo de dos años, devinieron en esta pieza escénica autoficcional. Yo dramaturgicé esos audios que ahora son audiotextos. La obra está hecha de materiales como sonido, vidrio, tiempo y un sistema de luz artesanal.
- ¿Cuál es la importancia del biodrama como género?
- La creadora en la Argentina es Vivi Tellas. Como creadora escénica, mi interés es por la poética de las teorías autoficcionales, para trabajar con las memorias personales y sobre todo, con la “memoria herida”. En palabras del filósofo contemporáneo Josep Maria Esquirol, las heridas infinitas de la existencia humana son el nacimiento, el amor y la muerte. El cuerpo es un archivo vivo: no lo incorporo como temática, sino como un asunto filosófico alrededor del cual las personas -intérpretes y público- somos capaces de inventamos otros mundos, otras maneras de comprensión de la existencia humana a partir de la ficción que reinventa, recuerda, crea un simulacro que redefine la supuesta “realidad”. ¿Quién escribe en el teatro contemporáneo? A partir de la respuesta, puedo validarme como una creadora que entiende la dramaturgia hecha de diversas voces. Cuando dirijo, doy clases o escribo, soy una consteladora de gestos y acciones colectivas en escena.
- ¿La idea apunta a reflexionar sobre lo que implica fallar para reconceptualizar su referencia a un fracaso?
- Fallar es dejar de funcionar correctamente. Desde esta definición, la obra construye un universo ficcional donde nada es del todo funcional: una exbailarina que baila, una exactriz que dirige, una casa que se convierte en teatro. Siempre pienso mucho a quién va dirigido un proyecto y de qué manera podría ser afectado el público. Lo que producimos en escena tiene un sentido político, colectivo y transformador. Lo pienso actuando y lo pienso dirigiendo, y aquí en “Falladita” hemos construido una escena donde la historia personal se enhebra en el sentir y el pensar colectivo habilitando la posibilidad de poner en escena una historia de vida pequeña o no consagrada y la potencia de lo aparentemente frágil o fallado. Quizás fallar sea, justamente, dejar de funcionar como se espera. En ese gesto aparece una forma de resistencia: sostener el deseo, continuar creando, inventar otras maneras de narrar nuestras ficciones pequeñas y mantener una grupalidad humana. Encontrarnos, hacer juntos, insistir y fallar, puede ser una potencia concreta frente a aquello que intenta convencernos de que no es posible.
- ¿Cuáles son los desafíos de volver a escena a los 60 años?
- El paso del tiempo habilita la capacidad deseante, por eso es contrasistema. Una mujer próxima a cumplir 60 años y dedicada durante gran parte de su vida a la enseñanza de la danza, vuelve para preguntarse por el deseo y por aquello que aprendió. Con Amelia nos preguntamos: ¿Qué es la danza? ¿Qué es bailar? ¿Qué narrar en escena y si esto es útil a alguien o al devenir del mundo hoy? No buscamos demostrar lo que todavía puede su cuerpo, sino indagar qué sucede con el deseo cuando el tiempo transforma o -mejor dicho- actualiza las posibilidades deseantes y los mandatos establecen qué puede un cuerpo y qué lugar ocupa. ¿Por qué resulta llamativo desear si tenés 50, 60 o 70 años? ¿Por qué se considera la caducidad del deseo como una posibilidad a partir de empezar a envejecer?
- Trabajan en un espacio no convencional.
- La obra sucede en una casa que se transforma en espacio escénico en pleno Barrio Norte de San Miguel de Tucuman. Las personas están invitadas a ser espectadores en un espacio físico liminal, entre lo cotidiano de una casa y lo ficcional, con una capacidad acotada a 20 personas. Sólo es con preventa de entradas, lo cual sin dudas es una adecuación a los tiempos actuales de consumo cultural. Lo veo positivo porque es una manera de nutrir el deseo en el espectador para ser parte de una experiencia que realmente los convoca como consumidores culturales; al mismo tiempo, este pacto anticipado genera que ciertos aspectos de la producción independiente puedan solventarse. La capacidad limitada es una decisión contrasistema para compartir tiempo, intimidad y las fallas que proponemos con la obra.





