Selección Argentina en Córdoba: una abuela, una flauta y el canto que contagió a todos frente al hotel
Durante horas, cientos de hinchas esperaron una señal de los campeones del mundo. Entre camisetas, pelotas y sueños de autógrafos, María del Carmen Albarellos terminó marcando el pulso de la jornada con su música y su entusiasmo.
Resumen para apurados
- En Córdoba, la abuela María Albarellos lideró con su flauta a cientos de hinchas que esperaban frente al hotel para saludar a los jugadores de la Selección Argentina.
- La concentración de fanáticos surgió por el feriado local y la previa ante Bolivia, congregando a familias que viajaron cientos de kilómetros por una firma o una foto.
- El episodio refleja la vigencia del fervor popular por los campeones del mundo en el interior del país, donde la ilusión comunitaria trasciende la presencia de figuras como Messi.
La flauta de María del Carmen Albarellos no suena como en una sala de música. Suena en una vereda, bajo el sol de Córdoba, entre camisetas argentinas desplegadas sobre el piso, chicos apoyados contra las vallas y padres que miran una puerta que permanece cerrada. María levanta el instrumento, marca unas notas y enseguida vuelve a hacer lo que viene haciendo desde hace horas: ordenar la ansiedad de los demás.
—¡Que salgan a saludar, que salgan a saludar!
Ella empieza. Los otros siguen. Por momentos, la puerta del hotel parece ejercer una fuerza extraña sobre todos. Alcanza con que alguien mire hacia allí, que un policía se mueva o que alguno crea descubrir algo detrás de un vidrio para que decenas de cabezas giren al mismo tiempo. No pasa nada. Entonces vuelve la espera.
La selección argentina está ahí adentro. Afuera, cada uno llegó con una pequeña misión.
María llegó con su nieto. Es feriado en Córdoba por San Jerónimo, el chico no tuvo clases y quiso probar suerte. Cuando arribaron, cuatro horas antes, casi no había gente. Después llegaron otros chicos, otras familias, camisetas, pelotas y vendedores que acomodaron la mercadería celeste y blanca sobre el asfalto.
“Hoy estoy de abuela full”, cuenta María. “Mi nieto quería venir para ver si tenía suerte de ver a los jugadores de la Selección. Y yo, como siempre, acompañándolo”.
Pero acompañar, en su caso, resultó insuficiente. María se convirtió casi sin proponérselo en una especie de directora de orquesta de la espera. Si canta, cantan. Si reclama que los jugadores salgan, el pedido crece detrás suyo. Y cuando las voces se desordenan, aparece la flauta dulce. “Yo los aliento y los guío con la flauta para que canten”, explica.
No es un instrumento que apareció para la ocasión. María toca desde chica. Viene de una familia de músicos: en su casa había flauta, piano y canciones desde que puede recordar. Frente al hotel se permite incluso viajar bastante más atrás que el equipo campeón del mundo en Qatar. Toca unas notas vinculadas al Mundial de 1978 y sonríe.
Después vuelve al presente: “Recemos para que escuchen, con toda la prensa que hay aquí, toda la movida, y los jugadores aunque sea salgan para que los niños los vean. Ese es el deseo”.
El sueño que deberá esperar
A unos metros está Andrés. Llegó desde Coronel Moldes, a casi 350 kilómetros de Córdoba, con sus dos hijos. Tiene las entradas para el partido contra Bolivia. También carga con otro deseo, aunque ese ya sabe que no podrá cumplirlo.
Quería ver jugar a Lionel Messi alguna vez: “Era un sueño que tenía”, dice. “Lo quería ver jugar y parece que nos dejaron afuera. Tendría que haber jugado 20 minutos, media hora”.
No hay enojo cuando lo cuenta. Más bien algo parecido a la resignación de quien hizo las cuentas, organizó el viaje y llegó sabiendo que una de las cosas que imaginaba ya no sucedería.
La familia había pasado también por el hotel la noche anterior. Este miércoles volvió a intentarlo. Llevaban más de cuatro horas esperando cuando Andrés empezó a preguntarse cuánto tiempo más quedarse.
“Dicen que aparentemente no van a salir hoy. No sé si nos vamos a quedar un rato más o no. Pero estamos felices de la vida”.
Messi no estará dentro de la cancha, pero Andrés habla de él como se habla de alguien que forma parte de una historia familiar.
“Amo a esa persona por las alegrías que nos dio y las tristezas que nos dio. Es tiempo de que se retire con toda la gloria que tiene encima y con la humildad que tiene”, dice. Y enseguida aclara algo que para él no necesita demasiadas explicaciones: “Seguimos con la Selección y vamos a seguir a muerte con ella”.
Un guante espera al “Dibu”
Sabina no consiguió entradas. Por eso, para sus hijos, quizás el partido sea este. Llegaron al hotel con una camiseta, una pelota y un guante impreso en 3d. Uno de los chicos es arquero y tiene un objetivo bastante preciso: Emiliano “Dibu” Martínez.
“Mi nene tiene su guante porque es arquero”, cuenta Sabina. “Principalmente queremos ver al Dibu, porque mi hijo es fanático. También al Cuti y, bueno, a los que salgan. No hay problema”. La frase resume bastante bien el espíritu de esa vereda. Todos tienen un favorito hasta que aparece cualquiera.
Sabina ya había estado allí la noche anterior y volvió con sus dos hijos. No sabe cuánto durará la espera. “Hasta que podamos ver a los jugadores y podamos lograr que nos firmen algo”, responde.
El guante sigue sin firma. Sobre el suelo, las camisetas esperan compradores. Contra las vallas, los chicos buscan el mejor lugar. Alguno lleva la 10 de Messi; otro camina vestido de arquero con el 23 de Martínez en la espalda. Una bandera argentina flamea entre la gente. Los adultos consultan teléfonos, preguntan a periodistas, intercambian versiones sobre horarios que nadie parece conocer del todo.
Y María vuelve a levantar la flauta. Las primeras notas consiguen lo que durante toda la mañana no consiguió la puerta del hotel: que todos dejen de mirar hacia lugares distintos. Por unos segundos, la espera vuelve a tener ritmo.







