Resumen para apurados
- Javier Milei defendió su gestión esta semana en Nueva York para calmar a inversores, exhibiendo acuerdos en el Congreso frente a adversos indicadores económicos locales.
- El oficialismo debió negociar leyes clave con la oposición, mientras el INDEC reportó una baja del 1,4% en la actividad de julio y un aumento en los índices de pobreza.
- El Gobierno enfrenta la presión de transformar el superávit en reactivación real, ante las exigencias de los mercados y las tensiones sociopolíticas que desafían su plan.
Hay algo que los gobiernos casi nunca pierden y es la capacidad de dibujar un horizonte luminoso. En enero, un Decreto convirtió a 2026 en el "Año de la Grandeza Argentina". Ocho meses después, y tras atravesar dificultades que hasta hace poco parecían condicionarlo, Javier Milei encontró en Nueva York una nueva forma de mirar hacia adelante. En un exclusivo club de hombres de negocios afirmó que, si logra la reelección, 2028 será "el mejor año económico de la historia argentina". No es exactamente lo mismo, claro. Pero comparte un rasgo esencial de la política: cuando el presente se vuelve incómodo, siempre está la posibilidad de correr el arco y de encontrar refugio en otra promesa de un futuro extraordinario.
Desde lo práctico, el gobierno nacional mostró en la semana que administra mejor sus límites políticos que los económicos. En el Congreso, avanzó en aquellos temas donde pudo negociar asumiendo que las mayorías propias no le alcanzan. Hacia afuera, en cambio, el Presidente desplegó una intensa agenda internacional alineada con sus prioridades, aunque entre ese selecto grupo de empresarios los planteos económicos de fuerte dogmatismo parecen haber generado esta vez menos adhesión que en otras ocasiones.
La economía volvió a ofrecer sus contrastes: actividad, pobreza, consumo y un mercado financiero que empieza a reclamar certezas mostraron números bastante menos dóciles y es allí donde asoma la verdadera tenaza para Milei. Los mismos actores que celebran el superávit, la no emisión y el orden fiscal empiezan a exigirle reactivación, inversión y resultados visibles para que sea él quien gane las elecciones. “En su medida y armoniosamente”, desde ya.
Este es el gran dilema que enfrenta el oficialismo: la ortodoxia sigue siendo una credencial indispensable, aunque ya no alcanza por sí sola y le cuesta “aggiornarse”. Una cosa es aprender a negociar con los límites de la política y otra muy distinta descubrir hasta dónde la economía está dispuesta a tolerar que ese poder avance sin introducir correcciones ni dosis adicionales de pragmatismo. La falta de dinamismo económico acumula bastantes dudas en esos ambientes y muchas más, cuando el Presidente se incomoda -como pasó- por preguntas de fondo.
Por su lado, la política le ofreció a LLA un terreno tan incómodo como inevitable: transar. Y lo hizo. La aprobación de Zonas Frías, los cambios en la Carta Orgánica del BCRA y la nueva Ley de Discapacidad mostraron que la Casa Rosada encontró el camino para conseguir apoyos no garantizados de antemano. No es un detalle menor para una administración que durante buena parte de su gestión hizo de la confrontación una herramienta de construcción política. Ahora, parece haber descubierto que también se puede gobernar contando con los votos de los demás.
La necesidad de construir acuerdos también reordenó algunas tensiones dentro del LLA. La discusión sobre quién conduce y quién ejecuta la estrategia volvió a poner en escena las diferencias entre Patricia Bullrich y Diego Santilli, con Karina Milei como referencia inevitable del armado oficialista. La ausencia de la secretaria general en la gira presidencial volvió a exhibir el lugar central que ocupa en la conducción política del espacio.
En el entorno de Karina circula la idea de que la senadora evita impulsar la suspensión de las PASO porque pretende preservar esa herramienta para una eventual disputa interna con Milei, una hipótesis que “La Piba” rechaza. Más que una pelea de nombres, lo interesante es lo que revela la puja: a medida que la Casa Rosada se vé obligada a construir acuerdos, también necesita ordenar quién conduce, quién ejecuta y quién define los márgenes de acción. El problema es que no todos esos límites dependen de la voluntad política y que muchos están condicionados de antemano por la propia composición legislativa.
En cambio, la economía tiene un problema que no admite negociación: los números. Y esta semana volvieron a ser poco complacientes con el Gobierno: el INDEC informó que el nivel de actividad cayó 1,4% interanual en julio y 2,9% respecto de junio en la medición desestacionalizada. Y a eso, se le sumó otro dato inquietante del primer semestre: un tercio de las personas es pobre y son dos millones más que hace seis meses. Más allá de las explicaciones que puedan ensayarse, se trata de un fenómeno cada vez más estructural que obliga a poner en perspectiva cualquier relato triunfalista sobre la marcha de la economía.
El Observatorio de la Deuda Social de la UCA advirtió que el desafío no pasa solamente por preservar la eficacia de las transferencias destinadas a los hogares vulnerables, sino “por atacar las condiciones que reproducen la pobreza: informalidad laboral, bajos salarios y déficits educativos y de formación, entre otras”. Sin esas transformaciones, sostuvo, la economía “puede alternar períodos de mejora y deterioro, sin lograr perforar de manera sostenida ese núcleo de pobreza crónica”.
El diagnóstico resulta profundamente inoportuno para el Gobierno a un mes y medio de la llegada de León XIV a la Argentina. Así, el cuadro de vulnerabilidad social le ofrece al Vaticano un terreno especialmente propicio para cuestionar algunos de los supuestos del discurso oficial. Sucederá por elevación, pero sucederá. La esperada visita anticipa un escenario incómodo y esos números podrían darle mayor volumen a un mensaje que, al igual que Francisco, el Papa actual viene colocando en torno a la dignidad del trabajo y a la situación de los sectores más vulnerables.
En tanto, y lejos de matizar su discurso para el escenario multilateral, Milei aprovechó la Asamblea General de la ONU para profundizar su perfil de cruzado doctrinario. Allí, el tramo más denso de su intervención no se montó esta vez en una diatriba contra el globalismo, sino en la reafirmación enfática de los derechos soberanos sobre las Malvinas, firmeza que encontró una respuesta casi inmediata de parte del Primer Ministro británico, quien se reunió con Donald Trump y le sacó el tema para pedirle explicaciones.
El contrapunto volvió a tensar un litigio que el Gobierno intenta compatibilizar con su alineamiento irrestricto con Occidente. En la cumbre del "Escudo de las Américas", Milei reafirmó esa misma visión geopolítica al defender una estrategia de contención de las potencias extraregionales en el Hemisferio Occidental. En ese marco, el Atlántico Sur, la Antártida y el avance de China vuelven a ofrecerle a la Argentina una plataforma para reposicionar la cuestión Malvinas.
También en Nueva York, Luis Caputo protagonizó una paradoja reveladora: ante las exigencias de los inversores de ser algo más flexibles en materia social —son votos—, transmitió desde el auditorio de JP Morgan la imagen de un funcionario con el tablero bajo control, al punto de ratificar que la Argentina no necesitará volver a los mercados internacionales de deuda. Apenas 72 horas después, los datos de actividad y pobreza difundidos por el INDEC lo mostraron al ministro respondiendo por “X” de modo poco serio, a partir de una realidad micro bastante menos confortable.
Atribuir el freno económico a las lluvias, las nevadas, la falta de gas o incluso a las menores horas trabajadas por el Mundial expuso una dificultad creciente del oficialismo: entender que los mercados ya no sólo evalúan el orden fiscal, sino también la capacidad política y económica de transformar ese equilibrio en crecimiento. Mientras el FMI sigue de cerca las Reservas y el frente cambiario, las explicaciones de ocasión agregan incertidumbre, allí donde el Gobierno necesita ofrecer certezas. El riesgo país, en consecuencia, volvió a superar los 600 puntos básicos.
Tan intensa semana dejó como síntesis una enseñanza amarga para el oficialismo: la distancia entre el diseño teórico y la realidad no se resuelve con la épica de los discursos internacionales ni con explicaciones de ocasión. Entre las exigencias de un Congreso que obliga a negociar voto a voto, la inminente interpelación moral de la Iglesia y una economía que todavía no despega, el Gobierno empieza a descubrir que los límites no se dibujan en Manhattan ni se borran en las redes sociales. Y que para llegar al prometido "mejor año de la historia" en 2028, primero necesita evitar que el presente le siga recortando el horizonte.







