En la biblioteca de mi padre encontré hace unos días un libro que él había adquirido en 1979: La doble hélice, de James D. Watson. Lo conservaba como se conservan ciertos libros que no son solamente libros, sino testimonios de una época. Mi padre era un gran intelectual y un apasionado por los descubrimientos científicos. Le fascinaba esa capacidad del hombre para descifrar los misterios de la naturaleza.
Por eso no me sorprendió encontrar allí aquel volumen. La doble hélice del ADN representaba, para él, uno de los grandes descubrimientos científicos del siglo XX. En 1953, James Watson (zoólogo, luego biólogo molecular) y Francis Crick (físico) lograron describir la estructura de la molécula que contiene la información genética de todos los seres vivos. Watson tenía entonces 25 años y Crick 36. Eran jóvenes investigadores empeñados en resolver uno de los grandes enigmas de la biología: ¿cómo podía estar almacenada en una molécula la información necesaria para construir y reproducir un organismo? El 25 de abril de 1953 publicaron en la revista “Nature” un brevísimo artículo que cambiaría para siempre la ciencia. Propusieron que el ADN tenía la forma de una doble hélice: dos cadenas enrolladas una alrededor de la otra, unidas por pares de bases. Aquella estructura no solo explicaba la forma de la molécula; también sugería cómo podía copiarse y transmitir la información genética. Pero Watson y Crick no llegaron solos hasta aquella revelación. En el King’s College de Londres, Maurice Wilkins y Rosalind Franklin estudiaban el ADN mediante difracción de rayos X. No era el microscopio electrónico el instrumento decisivo, sino una técnica capaz de producir patrones que revelaban la arquitectura molecular.
Entre esas imágenes estaba la célebre Fotografía 51, obtenida por Franklin y Raymond Gosling, cuyo característico dibujo en forma de X constituía una evidencia decisiva de la estructura helicoidal. Watson y Crick trabajaron además con modelos físicos que debían encajar correctamente. El 28 de febrero de 1953 llegaron a la solución que explicaba cómo las cuatro bases (adenina, timina, guanina y citosina) podían aparearse de manera complementaria. La aparente simplicidad del modelo escondía una revolución: la vida podía entenderse, en buena medida, como información escrita en una molécula.
Premio Nobel
En 1962, nueve años después, Watson, Crick y Maurice Wilkins recibieron el Premio Nobel de Fisiología o Medicina por sus descubrimientos sobre la estructura molecular de los ácidos nucleicos y su importancia para la transmisión de la información en los seres vivos. Rosalind Franklin no pudo compartir aquel reconocimiento: había muerto en 1958, a los 37 años, víctima de un cáncer de ovario. Hay una curiosa circunstancia que vuelve a acercar aquella historia a nuestro país. En abril de 1986, James Watson visitó Buenos Aires, invitado por la Secretaría de Ciencia y Técnica de la Nación, entonces a cargo de Manuel Sadosky. Por aquellos días, mi padre me visitó en Buenos Aires, donde yo realizaba mi residencia médica. Él me contó que asistiría a una conferencia de Watson. Yo no pude acompañarlo: mi régimen de residente no me lo permitía. Pero recuerdo la emoción con que mi padre me relató haber estado allí, escuchando en vivo a aquel científico que, siendo muy joven, había contribuido a descifrar la estructura de la molécula de la vida.
Pienso ahora en mi padre y en aquel libro comprado en 1979. Quizá intuía que La doble hélice no era solamente el relato de un descubrimiento, sino el testimonio de una nueva manera de mirar la vida. James Watson murió el 6 de noviembre de 2025, a los 97 años. Se fue uno de los protagonistas de aquella aventura científica que modificó para siempre nuestra comprensión de la herencia, de la enfermedad y de nosotros mismos. Queda el ADN. Queda la doble hélice. Queda también aquel libro en la biblioteca de mi padre, como un recuerdo de su pasión por el conocimiento y de esos hombres y mujeres capaces de mirar lo invisible hasta convertirlo en una verdad que cambia para siempre nuestra manera de entender el mundo.









