Hay una pregunta que durante mucho tiempo resultaba innecesaria para muchas personas: ¿qué quiero hacer con mi vida después de cumplir los 60? Hoy, en cambio, empieza a ser una pregunta inevitable. La razón está en un dato que modifica por completo la manera de pensar la vejez: vivimos cada vez más años. Y no solamente se trata de sumar tiempo a la vida, sino de llegar a esas edades en mejores condiciones físicas, intelectuales y emocionales. Uno de los pilares para el buen envejecimiento, según los médicos, es tener siempre un propósito de vida.
La nueva longevidad es uno de los grandes desafíos de las sociedades modernas. La esperanza de vida en nuestro país es de 77,3 años (en 1950, era de 48 años). Y la proporción de personas que llega a los 80 años o más no para de crecer. Especialmente en Tucumán, la provincia más envejecida del NOA.
Se estima que en los próximos 50 años se cuadruplicará la cantidad de personas mayores de 60 años. La cifra obliga a mirar hacia adelante y a revisar una idea muy íntima: qué quiere cada persona hacer con esa nueva etapa de su vida.
“Jubilarse no significa retirarse de la vida. Lo ideal es hacer algo; encarar nuevos desafíos”, sostiene la doctora Aurora Rueda, especialista en Geriatría y Gerontología. La profesional acaba de regresar de un congreso realizado en Mar del Plata, donde uno de los temas centrales fue precisamente el envejecimiento poblacional. Lo que se proyectaba para el 2030 -que la cantidad de personas mayores llegaría a superar a la de los jóvenes- ya es una realidad en numerosos lugares, resaltó.
Y hay otro fenómeno que llama particularmente la atención: cada vez son más las personas que llegan a los 100 años en un buen estado funcional. ¿Qué tienen en común? Según Rueda, en estas personas aparece una característica fundamental: la resiliencia e las distintas etapas de la vida. Es decir, la capacidad de atravesar dificultades, adaptarse a los cambios y, aun así, seguir generando nuevas posibilidades.
Por eso, sostiene, después de los 60 años más que nunca hay que reinventarse. Aunque reconoce que no es una tarea sencilla.
No es caducidad
Durante décadas, la vejez fue asociada con el deterioro, la enfermedad y el final de un ciclo, explica la gerontóloga. Cumplir años parecía significar, casi automáticamente, perder capacidades, abandonar proyectos y comenzar a vivir a un ritmo cada vez más lento.
Para Rueda, esa mirada quedó vieja. “La vejez no implica una caducidad”, plantea. Por el contrario, debería ser entendida como un proceso de apertura a nuevas experiencias, nuevas búsquedas y nuevas aventuras.
La diferencia no es solamente semántica. La manera en que una persona entiende su propia vejez puede determinar, en buena medida, cómo transita esos años, detalla.
El problema, según advierte, es que todavía sobreviven demasiados mitos y prejuicios alrededor de las personas mayores: que ya no pueden aprender, que están terminadas, que no pueden enamorarse, que no juegan, que no tienen sexualidad, que no tienen deseos o que ya no tienen nada nuevo para aportar.
Son ideas profundamente arraigadas que terminan funcionando como límites. El desafío, entonces, comienza por derribarlos, resalta.
“Hay que abrirse a una posibilidad de transformación activa”, plantea la médica. Eso implica dejar de pensar que después de determinada edad ya no es posible cambiar, aprender o comenzar algo nuevo. “La transformación no tiene fecha de vencimiento”, apunta.
Consejos
¿Cuáles son las claves para reinventarse después de los 60 y tener un proyecto de vida que permita envejecer mejor?, le consultamos.
La especialista aconseja buscar un hobby o desarrollar un proyecto personal. Y, sobre todo, dejar de preguntarse si uno “tiene edad” para hacerlo. “No hay límites; los límites están en la mente. Todo lo que uno proyecte se puede ir adaptando”, sostiene.
La frase no pretende desconocer las limitaciones físicas, económicas o sociales que pueden aparecer. Se trata de entender que un límite no necesariamente significa abandonar un deseo: muchas veces implica encontrar otra manera de realizarlo.
Rueda les propone a sus pacientes -y a los adultos mayores en general- investigar. Preguntarse qué les gustaría hacer. Recordar aquellos deseos que quedaron postergados. Pensar qué sueño quedó pendiente. Recuperar una actividad que alguna vez les produjo placer. Imaginar incluso algo que nunca antes se habían animado a realizar.
La pregunta no siempre resulta fácil de responder. Después de décadas en las que el trabajo, la crianza de los hijos y las obligaciones familiares ocuparon el centro de la escena, muchas personas llegan a la jubilación sin saber qué desean para sí mismas. Por eso la nueva longevidad también puede convertirse en una etapa de autoconocimiento, señala.
¿Qué pasa en el cerebro?
Otro de los viejos prejuicios asociados con el envejecimiento sostiene que después de determinada edad el cerebro deja de aprender. Sin embargo, Rueda aclara: “un cerebro adecuadamente estimulado puede mejorar su rendimiento”.
La posibilidad de aprender, investigar, explorar y adquirir nuevos conocimientos no desaparece automáticamente con la edad.
Una pregunta que aparece cada vez más en su consultorio es si seguir trabajando después de los 60 o 65 años hace bien o puede terminar perjudicando la salud. Según la médica, no existe una respuesta única. Si el trabajo genera satisfacción, vínculos, desafíos y sentido, puede ser una experiencia positiva. Si, en cambio, se convierte en una obligación que genera estrés, agotamiento o sufrimiento, la situación es diferente.
“No es lo mismo trabajar porque no queda otra alternativa que hacerlo porque existe deseo y pasión”, aclara. “Lo ideal es hacer algo. Seguir trabajando por gusto o encarar nuevos desafíos está bien. Jubilarse no significa el cese del proyecto de vida”, sostiene.
“Lo que mueve al ser humano es la necesidad de la curiosidad”, explica la especialista. Y la curiosidad, agrega, protege de la vagancia, de la pasividad.
El testimonio de Lucía Daluz puede dar fe de ello. Cuando se retiró de las aulas, a los 57 años, le preocupaba tener demasiado tiempo libre. Igualmente nunca sintió que la jubilación iba a ser sinónimo de “hacer nada”. Decidió apostar por un sueño que había postergado desde su adolescencia: la grafología. Poco antes de jubilarse empezó a tomar cursos sobre esta técnica. Y desde entonces hasta ahora (tiene 73 años) nunca se detuvo. Es docente de grafología y también investiga, dicta conferencias e incluso escribió dos libros.
Una persona puede seguir trabajando en su profesión si disfruta hacerlo. O puede comenzar una actividad completamente diferente. Puede estudiar, enseñar, pintar, escribir, viajar, hacer música, participar de una organización, emprender, recuperar un oficio abandonado o simplemente descubrir una nueva pasión.
La clave está en no dejar de tener un proyecto de vida, resalta Rueda. Tener algo que aprender, alguien con quien compartir, un desafío que resolver o una actividad que despierte entusiasmo ayuda a mantener activa la mente y también los vínculos.
Miedos: “Hay que hacerse cargo de la longevidad”
Hay algo paradójico en el aumento de la expectativa de vida: mientras la sociedad gana años, muchas personas sienten que esos años deben ser administrados con miedo. “Miedo a enfermarse, a quedarse solos, a no tener dinero, a ser una carga, a que el cuerpo ya no acompañe”, describe Aurora Rueda. Y propone cambiar esa mirada. No se trata de negar las dificultades que pueden aparecer ni de idealizar la vejez. Se trata de no vivir anticipadamente la finitud. “Hay que hacerse cargo y ser responsables de esta longevidad”, plantea. Eso significa cuidar el cuerpo, pero también cuidar la mente, los vínculos y los deseos. Recomienda mantener actividad física, intelectual y emocional.













