El perro que jugaba al fútbol: como entender el genio de Messi
Resumen para apurados
- César Chelala analiza en Nueva York la genialidad de Lionel Messi ante el impacto de su retiro, destacando su capacidad cognitiva e instintiva única en la cancha.
- Desde su llegada a Barcelona y su tratamiento hormonal, superó adversidades mientras científicos y escritores estudiaron su rápida toma de decisiones.
- El legado de Messi trasciende las estadísticas, consolidándolo como un fenómeno irrepetible cuyo instinto redefinió la comprensión del talento en el deporte.
Nueva York — Cesar Chelala
La noticia del retiro de Lionel Messi no solo sacudió al mundo del fútbol; estremeció al mundo entero, dado que es uno de los talentos más reconocibles del deporte. Para muchos de sus seguidores, parecía que jugaría para siempre —un hombre cuya pasión por el juego era igualada por muy pocos—. Pero el tiempo es un juez cruel para cualquier atleta, incluso para uno llamado Messi.
La carrera extraordinaria de Messi comenzó cuando empezó a jugar al fútbol a los cinco años. En 1998, a los once, le diagnosticaron deficiencia de la hormona de crecimiento, una condición que requería un tratamiento costoso. Como sus padres no podían afrontarlo, Carlos Rexach, director deportivo del FC Barcelona —quien había visto jugar a Messi en su Rosario natal— ofreció no solo cubrir sus gastos médicos, sino también llevarlo a él y a su padre a Barcelona. Su madre se quedó en Argentina cuidando a sus hermanos.
Para Messi, un chico tímido y de pocas palabras, adaptarse a su nuevo entorno fue difícil. Sus compañeros se burlaban de él por ser demasiado bajo y por no hablar catalán, la lengua local de Barcelona. Como dijo más tarde en la serie de televisión Sin Cassette: “Mis compañeros eran grandes, rudos y medio idiotas.” Entre partidos, pasaba largas horas en su habitación, llorando en secreto para que su padre no supiera lo infeliz que estaba.
Gradualmente, sin embargo, se adaptó. Aquellas primeras adversidades fortalecieron su determinación de convertirse en un jugador excepcional. Muchos afirman que el brillo de Messi es resultado de las enseñanzas de Pep Guardiola. Pero incluso de niño, Messi mostraba un talento extraordinario, decidiendo en milésimas de segundo cuál sería su próximo movimiento.
Esa capacidad única llevó al médico neerlandés Pieter Medendorp, de la Universidad Radboud en Nijmegen, a estudiar a Messi para entender cómo las personas toman decisiones instantáneas y priorizan sus acciones. Como señaló el Dr. Medendorp: “En la cancha, Messi sabe dónde están los otros jugadores y decide no solo cómo escapar de una marca o hacia dónde ir, sino también qué hacer con la pelota.”
La mejor explicación del talento de Messi, sin embargo, puede venir del escritor argentino Hernán Casciari, en su blog irónicamente titulado Messi es un perro. Casciari escribió que, después de ver incontables partidos de Messi —tanto en persona como en YouTube— se dio cuenta de que Messi juega como en trance, hipnotizado por un deseo abrumador: ver la pelota dentro del arco rival.
Casciari escribió: Se lo ve como en trance, hipnotizado; solamente desea la pelota dentro del arco contrario, no le importa el deporte ni el resultado ni la legislación. Hay que mirarle bien los ojos para comprender esto: los pone estrábicos, como si le costara leer un subtítulo; enfoca el balón y no lo pierde de vista ni aunque lo apuñalen.
¿Dónde había visto yo esa mirada antes? ¿En quién? Me resultaba conocido ese gesto de introspección desmedida. Dejé el video en pausa. Hice zoom en sus ojos. Y entonces lo recordé: eran los ojos de Totín cuando perdía la razón por la esponja.
Yo tenía un perro en la infancia que se llamaba Totín. Nada lo conmovía. No era un perro inteligente. Entraban ladrones y él los miraba llevarse el televisor. Sonaba el timbre y no parecía oírlo. Yo vomitaba y él no venía a lamer.
Sin embargo, cuando alguien (mi madre, mi hermana, yo mismo) agarraba una esponja —una determinada esponja amarilla de lavar los platos— Totín enloquecía. Quería esa esponja más que nada en el mundo, moría por llevarse ese rectángulo amarillo a la cucha. Yo se la mostraba en mi mano derecha y él la enfocaba. Yo la movía de un lado a otro y él nunca dejaba de mirarla. No podía dejar de mirarla.
No importaba a qué velocidad moviera yo la esponja: el cogote de Totín se trasladaba idéntico por el aire. Sus ojos se volvían japoneses, atentos, intelectuales. Como los ojos de Messi, que dejan de ser los de un preadolescente atolondrado y, por una fracción de segundo, se convierten en la mirada escrutadora de Sherlock Holmes.
Descubrí esta tarde, mirando ese video, que Messi es un perro. O un hombre perro. Esa es mi teoría, lamento que hayan llegado hasta acá con mejores expectativas. Messi es el primer perro que juega al fútbol.
Y esta, querido lector, puede ser la mejor explicación del talento de Messi.







