13 Julio 2002 Seguir en 
"Los cocineros son dioses. Y me permito semejante afirmación porque así lo sugiere la historia del cine, que es más o menos lo mismo que decir una parte importante de la historia de la ficción.
Desde la butaca del espectador, el cine no es otra cosa que un conjunto de pasiones encarnadas en personajes y argumentos imaginarios pero que nos emocionan como si fueran reales.El final de Casablanca -si Ilsa se quedaba junto a Rick o partía con Victor- no se decidió sino hasta los últimos días de filmación. Pero aquella noche en que la pista de aterrizaje de Casablanca quedó oculta bajo la niebla, Humphrey Bogart sabía muy bien que su amada y Victor Laszlo despegarían a tiempo y que los agentes de la Gestapo no le echarían el guante al dirigente de la Resistencia. Hasta que el consabido The End anunciase que en pocos segundos más la sala del cine volvería a iluminarse, lo sabía todo el mudo, porque el destino de los personajes ya estaba escrito en el guión de la película dirigida en 1942 por Michael Curtiz e interpretada por Bogart e Ingrid Bergman.
También yo conozco el desenlace, y sin embargo, cada vez que me siento a ver Casablanca -nunca me canso de hacerlo- me preocupo como la primera vez por la suerte de Laszlo y de su mujer, y admiro el estoicismo romántico de un Bogart que, a la desesperanza del nihilismo, le contesta con la hidalguía de quien ya no tiene nada que perder.
Los millones de espectadores que disfrutamos Casablanca y los millones de espectadores del mundo entero que día a día repiten el rito de sentarse frente a las pantallas, nos emocionamos, nos envalentonamos, nos aterrorizamos y hasta lloramos con las historias que nos ofrece el cine, aunque a ninguno se nos escapa que todo ello es una mentirosa ilusión, que apenas se trata de imágenes en movimiento reflejadas sobre la tela blanca y de sonidos aumentados a través de parlantes con sistemas estereofónicos. Sin embargo ninguno de nosotros logra sustraerse al pacto ficcional, nadie se resiste a la suspensión de la duda. Por el contrario, nos abandonamos naturalmente y convencidos al embrujo de la pantalla.
El cine inventa universos habitados, de la misma forma en que el demiurgo de los clásicos o Dios, que es lo mismo, habría inventado el mundo en que vivimos, y a cada uno de nosotros como personajes; un mundo que nos emociona todos los días, que nos aterroriza, pero al que nos aferramos, aunque alguna que otra vez nos preguntemos, como Borges o Platón, acerca de lo que nos rodea y sobre nuestra propia realidad. ¿No seremos, acaso, el sueño material de algún ?director etéreo?? En esos términos, el cine puede ser considerado entonces la versión siglo XX de la creación divina...(...)...
Suponiendo que los lectores hayan aceptado la analogía entre la obra creadora del cine y la de Dios, en pocos segundos más se preguntarán qué tiene eso que ver con mi temeraria afirmación de que, además de ganarse la vida preparando manjares, los cocineros son dioses.
A lo largo de su historia, el cine ha trabajado apenas con un puñado de temas -el amor, el odio, el deseo, la muerte, el poder y pocos más-, encarnados en personajes de épocas diferentes, en diversos contextos.Sin embargo consideramos -y por eso el título de este libro- que el comer y la cocina, los comensales y los cocineros, también tienen derecho a que se los considere integrantes de ese reducido catálogo que conforma la materia prima, la sustancia viva del séptimo arte".
Desde la butaca del espectador, el cine no es otra cosa que un conjunto de pasiones encarnadas en personajes y argumentos imaginarios pero que nos emocionan como si fueran reales.El final de Casablanca -si Ilsa se quedaba junto a Rick o partía con Victor- no se decidió sino hasta los últimos días de filmación. Pero aquella noche en que la pista de aterrizaje de Casablanca quedó oculta bajo la niebla, Humphrey Bogart sabía muy bien que su amada y Victor Laszlo despegarían a tiempo y que los agentes de la Gestapo no le echarían el guante al dirigente de la Resistencia. Hasta que el consabido The End anunciase que en pocos segundos más la sala del cine volvería a iluminarse, lo sabía todo el mudo, porque el destino de los personajes ya estaba escrito en el guión de la película dirigida en 1942 por Michael Curtiz e interpretada por Bogart e Ingrid Bergman.
También yo conozco el desenlace, y sin embargo, cada vez que me siento a ver Casablanca -nunca me canso de hacerlo- me preocupo como la primera vez por la suerte de Laszlo y de su mujer, y admiro el estoicismo romántico de un Bogart que, a la desesperanza del nihilismo, le contesta con la hidalguía de quien ya no tiene nada que perder.
Los millones de espectadores que disfrutamos Casablanca y los millones de espectadores del mundo entero que día a día repiten el rito de sentarse frente a las pantallas, nos emocionamos, nos envalentonamos, nos aterrorizamos y hasta lloramos con las historias que nos ofrece el cine, aunque a ninguno se nos escapa que todo ello es una mentirosa ilusión, que apenas se trata de imágenes en movimiento reflejadas sobre la tela blanca y de sonidos aumentados a través de parlantes con sistemas estereofónicos. Sin embargo ninguno de nosotros logra sustraerse al pacto ficcional, nadie se resiste a la suspensión de la duda. Por el contrario, nos abandonamos naturalmente y convencidos al embrujo de la pantalla.
El cine inventa universos habitados, de la misma forma en que el demiurgo de los clásicos o Dios, que es lo mismo, habría inventado el mundo en que vivimos, y a cada uno de nosotros como personajes; un mundo que nos emociona todos los días, que nos aterroriza, pero al que nos aferramos, aunque alguna que otra vez nos preguntemos, como Borges o Platón, acerca de lo que nos rodea y sobre nuestra propia realidad. ¿No seremos, acaso, el sueño material de algún ?director etéreo?? En esos términos, el cine puede ser considerado entonces la versión siglo XX de la creación divina...(...)...
Suponiendo que los lectores hayan aceptado la analogía entre la obra creadora del cine y la de Dios, en pocos segundos más se preguntarán qué tiene eso que ver con mi temeraria afirmación de que, además de ganarse la vida preparando manjares, los cocineros son dioses.
A lo largo de su historia, el cine ha trabajado apenas con un puñado de temas -el amor, el odio, el deseo, la muerte, el poder y pocos más-, encarnados en personajes de épocas diferentes, en diversos contextos.Sin embargo consideramos -y por eso el título de este libro- que el comer y la cocina, los comensales y los cocineros, también tienen derecho a que se los considere integrantes de ese reducido catálogo que conforma la materia prima, la sustancia viva del séptimo arte".







