Resumen para apurados
- Tucumán consolidó su rol clave en la historia de la industria nacional argentina gracias al desarrollo y la expansión de su actividad azucarera.
- El auge del sector transformó la economía, el empleo y la urbanización local, obteniendo premios internacionales como en la expo de Chicago de 1893.
- Este proceso sentó las bases productivas y sociales que aún hoy definen la identidad económica y el modelo fabril del norte argentino.
Por José María Posse
Abogado, escritor, historiador
El 2 de septiembre se celebra en Argentina, el “Día de la Industria Nacional”. Refiere la fecha, al primer registro de exportación de mercaderías de origen Tucumano (cuando nuestro territorio era mucho mayor al actual). Ese día de septiembre de 1587, la carabela San Antonio partió desde el puerto del Riachuelo en Buenos Aires hacia Brasil. Fue el comienzo, pero paradójicamente, nuestra provincia apenas figura en los anales de la historia de la gran Industria Argentina que supimos conseguir en su tiempo.
Al decir de Ernesto Padilla: “Fue el áspero chirrido de su rústica forma primitiva, hermanado al de la carreta de transporte, el primer ruido fecundo que sacudió y despertó a la economía nacional”.
El puerto
Para la historiografía nacional, sólo las industrias afincadas en Buenos Aires eran dignas de consideración y señalan el desarrollo del rubro alimenticio como la fundada por el norteamericano Melville Sewell Bagley o la cervecería creada por el empresario alsaciano Emilio Bieckert en 1880. También la Cristalería que creó León Rigolleau. Proveniente de Francia, quien montó dos potentes hornos para la fundición y el posterior modelado de las piezas. Esto dio origen a una de las cristalerías emblemáticas de nuestro país. Para la mirada del puerto, el resto del país sobrevivía de industrias manufactureras, quitándoles entidad. Sin tener en cuenta la actividad vitivinícola en Cuyo o la poderosa industria azucarera en Tucumán. Los elevados costos de los fletes de transporte, volvían a las industrias alejadas de Buenos Aires, poco rentables. Pero todo vino a cambiar de manera drástica con la llegada del ferrocarril en 1876 a Tucumán. Desde entonces, los costos de transporte de las maquinarias importadas de Europa, principalmente de Inglaterra y Francia, y la consiguiente disminución del valor de traslado del azúcar a todo el país, produjeron en nuestra provincia una verdadera revolución productiva, única en la historia nacional.
Roca visionario
Sin lugar a duda, la industria tuvo su desarrollo exponencial en el periodo de 1880 a 1914, debido al aumento de la producción fabril en los centros urbanos. Las guerras mundiales detuvieron la llegada de productos europeos a nuestro país y la necesidad de reemplazarlos llevó a un aumento de la producción industrial local. El período entre 1880 a 1914, fue de desarrollo agroexportador, con prevalencia de la producción rural de cereales y carnes. Pero la industria vitivinícola y azucarera, debido a la industrialización, ya no sólo cubrían las necesidades del país, sino que creaban excedentes para la exportación, lo que se logró gracias al tren. En 1884, el presidente Julio Argentino Roca, escribía una carta al empresario Ernesto Tornquist, exponía un repaso de la situación nacional del momento. “El estado actual económico y financiero del país constituye, efectivamente, el período de mayor desenvolvimiento comercial e industrial que jamás hayamos presenciado”, decía Roca: “Hay vigor y anhelo para el trabajo; hay capitales bien empleados; hay industrias que enriquecen el país, planteadas recientemente; hay nuevos territorios entregados a la actividad y a la labor del hombre, y finalmente, hay paz interior y exterior, sin peligro de ser turbada”. Añadía que “la importación no excede a la aportación”, y esta última “se aumenta anualmente en cantidad, a la vez que la importación tiende a disminuir, por las necesidades que las industrias del país satisfacen ahora”. En cuanto a los empréstitos contraídos hasta la fecha, decía, “se han aplicado rigurosamente y con provecho, a los objetos de utilidad pública para que fueron votados; y son una prueba de ello, los progresos realizados por el Banco Nacional, y el sorprendente movimiento comercial que se opera en toda la República, por telégrafos y líneas férreas que se extienden en todas direcciones”. El año anterior, el presidente Roca había visitado Tucumán, donde pudo constatar la potencia industrial de los ingenios tucumanos.
Adolfo Dorfman
Uno de los libros más importantes que se escribieron sobre el desarrollo productivo argentino, lo escribió el investigador Adolfo Dorfman en 1942, desde entonces resulta una lectura obligada para entender la temática que tratamos. En su “Historia de la Industria Argentina”, en un capítulo que trata acerca de los “precursores de nuestra industrialización”, se refiere al ingenio Esperanza de Tucumán: “Este ingenio fundado en 1845, es visitado en enero de 1889 y merece la pena describirlo detalladamente. La usina ocupa 4.466 m cuadrados de superficie, tres cuartas partes de la cual se destinan a la elaboración de azúcar y el resto a la destilería de alcohol de melazas. Cuenta con un taller de reparaciones, sala de bombas, “taller de fundición”, sala de calderas, fábrica de negro animal. Está “iluminada con luz eléctrica” y elabora 2.000 arrobas de azúcar cada 24 horas, además de 10 pipas de alcohol de 400. El trapiche mide 160 x 80 cm de diámetro y está movido por una máquina de vapor’ de 70 HP. Está “completamente mecanizado” y las tareas ocupan a 600 hombres que viven en el ingenio. La producción que en 1879 fue de 56.000 arrobas, sube al triple (167.000) en 1887.” Resulta inimaginable en la propia Buenos Aires, una industria que ocupara 600 trabajadores (sin contar con los miles de zafreros que se sumaban en tiempos de zafra), en plantas iluminadas con luz eléctrica y con los últimos avances tecnológicos que incluían medidas de seguridad para los operarios.
Reconocimientos
La calidad del producto tucumano, comenzó a ser reconocido en el mundo y obtuvo galardones en las principales ferias internacionales de finales del siglo XIX, donde se mostraba los avances técnicos, industriales y culturales del mundo. Basta referir la Exposición Universal de Paris en 1889, cuando se inauguró la célebre Torre Eiffel y la Exposición Mundial Colombina de Chicago de 1893, en la cual el referido ingenio Esperanza de Tucumán, recibió el primer premio a la mejor azúcar de la muestra. Aclaro que fueron muchas las fábricas azucareras galardonadas en la rica historia de nuestra industria insignia.
Efectos
Al mismo tiempo la industria azucarera demostraba su efecto multiplicador en la actividad económica de la provincia y de la región. No sólo constituía la columna vertebral de ingenios y explotaciones cañeras, otorgando trabajo a una enorme cantidad de personas (que en épocas de zafra se extendía a todo el noroeste, con la cantidad de braceros de provincias vecinas que convergían a Tucumán). Nacieron actividades satélites a la industria: los fabricantes de bolsas, los fraccionadores, mecánicos especializados en el mantenimiento y reparación de maquinarias, empresas metalúrgicas para la fabricación de piezas y engranajes, los transportistas de caña, los consignatarios, etc.
Las fuentes de trabajo se multiplicaban en la vasta cantidad de obras de irrigación que comenzaban a cruzar todo el territorio provincial.
Como resultado de esta fantástica conjunción de factores, comenzaron a surgir pueblos a la vera de los ingenios, en tal cuantía que puede decirse, hasta hoy, que la actividad azucarera fue el más grande factor de urbanización en el interior de la provincia.
Crisis
Más allá de las posteriores crisis producidas por la sobreproducción del producto, las asimetrías de precios con azúcares importados y las mil vicisitudes que pasó nuestra industria madre, hasta el día de hoy, la azucarera es la actividad que sigue movilizando la economía tucumana. Con sus luces y sus sombras, merece estar en el podio de las pioneras de la industrialización nacional. Por cierto, la industria argentina tiene un vasto recorrido realizado pasando épocas de notable fortaleza y períodos con grandes dificultades. Todos ellos son esenciales para reflexionar y plantear los desafíos presentes y futuros en dirección de incorporar los avances tecnológicos y generar una sólida integración con espacios claves de la economía argentina como el mundo agrícola y los servicios.











