Carmela enfrenta su soledad y deterioro a través del humor: “Los domingos no llaman”, en Puerto Libertad

La historia de la espera eterna de una mujer.

POCOS OBJETOS Y MUCHAS AUSENCIAS. Rodolfo Berrondo es Carmela en “Los domingos no llaman”.
POCOS OBJETOS Y MUCHAS AUSENCIAS. Rodolfo Berrondo es Carmela en “Los domingos no llaman”.
Fabio Ladetto
Por Fabio Ladetto Hace 6 Hs

Carmela está entrando a la vejez entre botellas, pastillas y la tiranía de un teléfono en silencio, que conforman su universo doméstico. ¿En qué nos convertimos cuando se nos va la vida esperando, con trampas de la memoria y promesas de amor no cumplidas?

La respuesta se encuentra en “Los domingos no llaman”, el unipersonal catamarqueño protagonizado por Rodolfo Berrondo, escrito y dirigido por Lucas Salas, que se verá hoy a las 21 en Puerto Libertad (Las Piedras 1.850), dentro del ciclo de Teatro del NOA.

“Interpretar a Carmela implica darle voz a esa soledad que no pide piedad, sino que amenaza. Ella dice que esperar es una forma elegante de no morirse todavía. Es un personaje lleno de contradicciones; encarnar esa lucha del cuerpo contra el olvido es uno de los desafíos más intensos de mi carrera”, afirma el protagonista.

Salas, en diálogo con LA GACETA, recuerda que la obra “surgió de una imagen chiquita que no me soltaba: una mujer sola con un teléfono fijo que ya nadie usa, esperando algo que sabe de antemano que no va a pasar”. “No fue una idea de guion, fue una imagen física, palpable, a partir de la cual empecé a preguntarme qué clase de persona sostiene una espera así durante años sin volverse loca. Terminó siendo el estudio de una espera que se transformó en forma de vida, y de cómo el cuerpo, tarde o temprano, termina pasando factura por todo lo que la cabeza decide posponer”, detalla.

- ¿Cuántas Carmelas conocés?

- Muchas. Las tenemos en mi familia, en la vereda de enfrente, en las mesas de café de las cuatro de la tarde. Conozco Carmelas que esperan un llamado, una disculpa, un diagnóstico, besos que nunca llegan. Y en el transcurso de las funciones, nos encontramos con muchas más Carmelas que se sienten identificadas con el personaje y con las situaciones en escena. Todas y todos tenemos también un poco de Carmela, esa parte que prefiere seguir esperando antes que aceptar que todo terminó hace rato.

- ¿El minimalismo elegido expresa su propia vida, con pocas cosas y muchas ausencias?

- Exactamente eso. La puesta es austera: un teléfono, un sillón, un cenicero, un ramo de flores secas. Tampoco tiene más. Cada objeto que aparece es como una intrusión en ese vacío. Su living que está lleno de lo que no está: el hombre que no llama, la vida que no se vivió, las decisiones que nunca se tomaron.

- ¿Se puede morir de soledad?

- Sí, aunque no figure en ningún certificado de defunción. Sostenida en el tiempo, erosiona el cuerpo de maneras muy concretas: el corazón, el sueño, las ganas de cuidarse. No es un drama individual, hay una responsabilidad colectiva que no podemos desconocer. Cuando el Estado se retira de las políticas de cuidado, cuando no hay programas serios de contención para adultos mayores, cuando los centros de salud mental son los primeros en quedarse sin presupuesto, la soledad deja de ser solo una cuestión afectiva y pasa a ser también una cuestión política. No estoy diciendo que el gobierno sea el único responsable, pero sí que un Estado ausente multiplica esas soledades, las vuelve más silenciosas y más letales. Sin redes públicas que sostengan a la gente mayor, sola, empobrecida, la soledad se agrava y mata más rápido. Ese cruce entre lo íntimo y lo político también está en la obra, aunque de manera subterránea.

- ¿El humor está presente?

- Sí, y era no negociable. Sin humor negro, “Los domingos no llaman” sería insoportable, un ejercicio de golpe bajo permanente. Funciona como una válvula: Carmela se ríe de sí misma y hace chistes sobre su deterioro; pero eso le agrega gravedad al drama: la risa incómoda es algo profundamente humano. Hay que reírse de lo que más duele porque, si no, no se puede seguir en pie.

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