La misa de hoy: hay mucho hambre hoy

Por Pbro. Marcelo Barrionuevo.

Hace 4 Hs

El Evangelio de la multiplicación de los panes y los peces (Mateo 14,13-21) tiene una actualidad extraordinaria porque comienza con una constatación que sigue siendo la nuestra: la multitud tiene hambre. La pregunta decisiva no es solo qué comer, sino de qué tiene hambre el hombre de hoy.

Los discípulos hacen un diagnóstico aparentemente sensato: “Despide a la gente para que vayan a comprarse alimentos”. Es la lógica de la solución individual: que cada uno resuelva su necesidad. Jesús, en cambio, inaugura otra lógica: “Dadles vosotros de comer”. Es la lógica de la responsabilidad compartida, de la comunión y de la misión. Hoy podríamos hablar de muchos “hambres” que atraviesan nuestra cultura:

- Hambre de sentido. En una sociedad que ha multiplicado los medios, muchos ya no saben para qué viven. Se poseen más cosas que nunca, pero cuesta responder a la pregunta fundamental: ¿para qué estoy en este mundo?

- Hambre de verdad. Vivimos rodeados de información, opiniones y algoritmos, pero escasean los criterios para distinguir lo verdadero de lo falso. La abundancia de datos no garantiza la sabiduría.

- Hambre de amor y de vínculos. Nunca hubo tantas posibilidades de comunicación y, sin embargo, tantas personas experimentan la soledad. Se conversa mucho, pero se encuentra poco al otro.

- Hambre real. Muchos hermanos no llegan a comer lo necesario diariamente. Más de 600 millones no comen bien. Una vergüenza para esta humanidad que lo tiene todo.

- Hambre de esperanza. Las guerras, las crisis económicas, la incertidumbre y el miedo al futuro generan una profunda sensación de fragilidad. Muchos jóvenes no solo preguntan qué trabajo tendrán, sino si vale la pena soñar.

- Hambre de misericordia. En una cultura que suele cancelar, etiquetar y juzgar rápidamente, el corazón humano necesita experimentar el perdón y una nueva oportunidad.

- Hambre de Dios. Aunque muchas veces permanezca oculta bajo otras búsquedas, el corazón humano sigue teniendo sed de infinito.

Este Evangelio también interpela a la Iglesia en nuestra pobreza: pocos recursos, pocas fuerzas, poco tiempo, pocas vocaciones. Jesús no pide que primero se tenga más; pide que le entreguen lo poco que poseen. Hay una enseñanza actual para quienes ejercen responsabilidades sociales, políticas o empresariales. Frente a los grandes desafíos, es fácil caer en la resignación: “No alcanza”. Jesús no niega la escasez, pero demuestra que una comunidad que comparte, confía y pone sus bienes al servicio del bien común puede generar una abundancia inesperada. El verdadero milagro comienza cuando dejamos de preguntarnos qué nos falta y empezamos a ofrecer lo que tenemos.

Finalmente, el mayor hambre del mundo no se sacia solo con pan. El relato de la multiplicación anticipa el don de la Eucaristía. Jesús toma el pan, pronuncia la bendición, lo parte y lo entrega. El mismo gesto aparecerá en la Última Cena. El alimento definitivo es Cristo mismo, quien sacia el hambre de una vida plena, reconciliada y abierta a la eternidad.

¿Cuál es el hambre más profunda de las personas que Dios ha puesto en mi camino? ¿Y cuáles son esos “cinco panes y dos peces” que Cristo me pide ofrecer para que Él siga alimentando al mundo?

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