Cartas de lectores: la dignidad no se negocia

Hace 5 Hs

El 29 de julio se celebró en la Argentina el Día Nacional de los Valores Humanos, una fecha destinada a exaltar los principios que ennoblecen las relaciones entre las personas y fortalecen la vida en sociedad. La conmemoración invita a reflexionar sobre virtudes esenciales como la honestidad, la responsabilidad, el respeto, la solidaridad y, por encima de todas ellas, la dignidad. Mi padre, fallecido hace ya muchos años, tenía una suerte de obsesión con la dignidad. Era una palabra que repetía con frecuencia y que procuró inculcarnos desde la infancia, convencido de que una persona podía perder bienes materiales, posición o fortuna, pero jamás debía perder su dignidad. Quizás por eso nunca olvidé que la palabra dignidad proviene del latín “dignitas”, derivada de “dignus”, que significa digno, merecedor, digno de respeto. Con el paso de los años comprendí que aquella enseñanza encerraba una de las mayores verdades de la vida. En tiempos en que pareciera que todo tiene su precio, conviene recordar que existe un valor que no admite cotización ni descuentos: la dignidad. Es el patrimonio más noble del ser humano, aquello que permite caminar con la frente en alto, dormir con la conciencia tranquila y mirar a los ojos sin vergüenza. La dignidad no se compra, no se hereda y no se improvisa; se construye día tras día con una conducta honesta, con el respeto por los demás y con la fidelidad a los propios principios. Rechazar el engaño, aun cuando nadie observe nuestros actos, y comprender que la honradez vale más que cualquier beneficio pasajero constituyen una de las expresiones más altas de la dignidad humana. La verdadera riqueza no consiste en acumular bienes, sino en conservar intacto el honor. Hay personas de escasos recursos que son inmensamente ricas en valores, y otras que poseen todo, excepto aquello que da verdadero sentido a la existencia: la rectitud moral. Vivimos tiempos complejos, es cierto. Sin embargo, sería un grave error concluir que el mundo está perdido. Mientras existan hombres y mujeres que honren su palabra, trabajen con esfuerzo, respeten la ley, sean solidarios y eduquen a sus hijos en la verdad, siempre habrá razones para confiar en el futuro. El bien suele hacer menos ruido que el mal, pero continúa sosteniendo silenciosamente a la sociedad. La dignidad tampoco puede negociarse en la política. Ningún proyecto nacional ni ninguna estrategia internacional justifican renunciar a la ética, a la verdad o al respeto por la persona humana. El poder pasa; la dignidad permanece. Los principios no pueden convertirse en moneda de cambio ni la honestidad sacrificarse en el altar de la conveniencia. Cuando la dignidad se negocia, se resquebraja la confianza pública; y cuando un pueblo pierde la confianza, comienza también a perder su futuro. Las naciones verdaderamente grandes no son las que exhiben más poder o más riqueza, sino aquellas que conservan intacta su escala de valores. La justicia, el mérito, la honestidad y el respeto por la ley son los pilares invisibles sobre los que se construye una sociedad civilizada. Como expresó Viktor Frankl: “Al ser humano se le puede arrebatar todo, salvo una cosa: la última de las libertades humanas, elegir su actitud ante cualquier circunstancia”. En esa libertad interior reside, quizás, la expresión más alta de la dignidad humana.

Juan L. Marcotullio                            

Marcotulliojuan@gmail.com

Temas Antártida
Tamaño texto
Comentarios
Comentarios