El 29 de julio de 2000 no fue solo el día en que René Favaloro decidió dejar este mundo. Fue el día en que la Argentina se miró al espejo y eligió romper el vidrio para no ver lo que reflejaba. A más de un cuarto de siglo de su tragedia, el gesto no pierde su peso traumático, pero sí corre el riesgo de haber sido metabolizado por la burocracia del homenaje y el olvido institucional.
A Favaloro se lo recuerda con estatuas, plazas, guardias hospitalarias y discursos solemnes cada vez que el calendario marca la fecha. Llena de orgullo en saberlo propio: el inventor de la técnica del bypass aortocoronario, el sabio de la Pampa que prefirió volver a su país en lugar de quedarse a juntar dólares y laureles en el exterior. En la Argentina gusta la estampita del héroe trágico. Lo que incomoda es la trama administrativa, política y moral que lo acorraló hasta la desesperación.
Las cartas que dejó sobre la mesa antes de morir no eran la nota confusa de un hombre quebrado por la depresión biológica; eran un diagnóstico forense del sistema argentino. Se suicidó acorralado por las deudas de su Fundación, ahogado por coimas solicitadas en pasillos oficiales, obras sociales que no pagaban lo que debían y un Estado que asistió a su agonía económica como quien mira llover.
“Estoy cansado de luchar y luchar”, escribió. En sus textos de despedida no hay poesía ni épica. Hay números, nombres de instituciones, listados de facturas no cobradas y una desesperación técnica. El médico que le había enseñado al mundo cómo irrigar un corazón al borde del paro cardíaco no pudo conseguir que el corazón institucional de su propia patria le enviara el flujo mínimo para seguir operando.
Favaloro pedía ayuda y del otro lado del teléfono solo encontraba secretarios que no pasaban las llamadas, ministros que gambeteaban audiencias y liquidadores de fondos que le sugerían “retornos” para agilizar los cobros. Era el comienzo del nuevo milenio. El país se caía a pedazos entre la convertibilidad agónica, el desempleo estructural y la descomposición política de una dirigencia que atendía sus propias urgencias.
Favaloro representaba un choque frontal de paradigmas. De un lado, el ethos del esfuerzo, la excelencia científica aplicada al bien común, el mérito austero y el compromiso ético indiscutible. Del otro, la viveza criolla institucionalizada, la intermediación parásita y la burocracia cruel.
La gran ironía -o la gran tragedia- es cómo la historia argentina insiste en su bucle cíclico. Hoy, al revisar las demandas que hacía la Fundación Favaloro en aquel frío invierno del año 2000, los titulares suenan escalofriantemente actuales: hospitales desabastecidos, obras sociales al borde del colapso, el talento profesional emigrando porque la patria devora a sus hijos, y un Estado que oscila eternamente entre la ineficiencia y la indiferencia. La pregunta que debería incomodarnos no es qué hizo Favaloro aquel 29 de julio, sino qué hacemos nosotros cada vez que un profesional, un maestro, un investigador o un médico abnegado choca contra la pared de la desidia estatal y el cinismo colectivo.
El mejor homenaje no es recordarlo con nostalgia, sino sentir la incomodidad de su ausencia y la culpa de su destino. Porque un país que obliga a sus referentes éticos a elegir entre la corrompida sumisión o el tiro en el corazón, es un país que todavía tiene la circulación bloqueada. Y para eso, lamentablemente, todavía no se ha inventado ningún bypass.





