Hace 91 años, en un gélido y frio mes de julio de 1935, el célebre recinto del Senado de la Nación, se aprestaba a debatir en una sesión parlamentaria intensa, urticante y candente, el oprobioso y espurio negocio de las carnes argentinas; una formidable confabulación de intereses constituida por poderosos frigoríficos ingleses. Una voz enérgica y severa se alzaba acusatoria en el ámbito del parlamento: “La industria más genuina del suelo argentino, la ganadería, se encuentra en ruinas por obra de dos factores principales: la acción extorsiva de un monopolio extranjero y la complicidad de un gobierno que unas veces la deja hacer y otras la protege directamente”. Su protagonista era un retoño de esa misma oligarquía: tenía 67 años y se llamaba Lisandro de la Torre. No obstante su arremetida acusación, sus ilusiones por la aprobación de su informe eran exiguas, dado que era el de la minería y lo constituía él mismo. Por eso pudo expresarse con vehemencia desde su sitial solitario de “fiscal de la patria”, como lo llamó la inmensa mayoría del país; como un Quijote con la adarga bajo el brazo, hizo astillas su lanza, dejando al desnudo las gigantescas aspas de la corrupción. Su depurado civismo, su austeridad y su autoridad moral fueron grandes ejemplos útiles. En sus momentos de soledad, recordaba a Aristóbulo del Valle haberlo escuchado atónito en el parlamento, luchando contra todos juntos, como él tuvo que hacerlo 50 años más tarde. Después de actuar medio siglo en la política, él que había llegado con una situación económica acomodada, tuvo que desprenderse de su amada estancia de Pinas, hipotecada. Desilusionado por la política y agobiado por la pobreza que lo acosaba, iniciaba el camino de la lobreguez. Murió en el fin de la madurez y cuando asomaban los primeros destellos de la ancianidad. Abatido moralmente, no aguardó la llegada del invierno que pone de oro las hojas al caer. Es útil y bello recordar estas vidas ejemplares que fortalecen nuestras flaquezas y debilidades. Actualmente necesitamos recurrir al recuerdo sagrado de estos referentes para saldar el déficit preocupante de la actualidad.
Alfonso Giacobbe 24 de Septiembre 290 - S. M. de Tucumán





