Resumen para apurados
- Ante la falta de oportunidades, la comunidad diaguita de El Mollar, Tucumán, creó "Jóvenes en Acción" para contener a adolescentes frente a las adicciones y suicidios.
- A través de talleres dirigidos por psicólogos en la Casita Bartolina Sisa, la comunidad busca brindar contención emocional ante el consumo de alcohol y la exclusión social.
- Los vecinos exigen al Estado servicios básicos como agua potable y áreas recreativas para evitar el desarraigo de los jóvenes y garantizar un desarrollo sostenible en la región.
El cielo se abre después de una extensa subida por la ruta 307. Al llegar al dique La Angostura, un giro a la izquierda desvía el camino antes de alcanzar el brillo turístico de Tafí del Valle. No hace falta adentrarse demasiado en El Mollar para empezar a conocer una realidad diferente, lejos del entusiasmo superficial que imponen los días mundialistas.
A pocos metros de la avenida principal de Los Menhires se encuentra la Casita Comunitaria Bartolina Sisa, un pequeño espacio de lucha y contención construido a mano por la Comunidad Indígena Diaguita de El Mollar, liderada por la cacique Margarita Mamaní. Una comisaría, una pequeña plaza y una capilla marcan el recorrido antes de llegar. Margarita no está: viajó a San Miguel de Tucumán para golpear puertas y gestionar respuestas. Por eso es July Chenaut, de 23 años e integrante de la comunidad, quien recibe a LA GACETA entre calles de tierra y bajo un sol que calienta más de lo habitual en una mañana de invierno en los Valles.
La comunidad se preparó especialmente para la visita. La casita luce impecable. Adentro esperan jóvenes, madres y niños; en su gran mayoría, mujeres dispuestas a contar su realidad. Al principio hay cortesía y sonrisas. Pero la conversación cambia de tono casi sin aviso. Las anécdotas sobre Lionel Messi, el Mundial y las cábalas quedan atrás cuando empiezan a aparecer las historias de jóvenes que ya no están.
En los últimos años, según cuentan, una ola de suicidios y adicciones golpeó a adolescentes y jóvenes de entre 12 y 20 años de El Mollar y Tafí del Valle. La falta de contención, el consumo temprano de alcohol y la escasez de oportunidades aparecen, según los miembros de la comunidad, como parte de un escenario cada vez más preocupante.
Ante esa realidad, decidieron actuar por su cuenta. Así nació “Jóvenes en Acción”, un grupo creado por adolescentes locales para acompañar a sus pares y ofrecerles un espacio de encuentro. Con el acompañamiento de la cacique, la comunidad consiguió que una psicóloga viaje todos los miércoles para coordinar talleres en los que participan más de 30 chicos de entre 12 y 18 años.
Para Dana Chenaut, colaboradora de 15 años, el objetivo es sencillo y, al mismo tiempo, enorme: que nadie sienta que está solo. “En el grupo de jóvenes intentamos que todos sepan que hay alguien a quien acudir cuando se sienten mal. Yo también participo en la iglesia y ayudo a mi mamá en el catecismo con chicos de nueve, 10 y 11 años. Muchos se acercan a mí porque saben que siempre los recibo con los brazos abiertos. Aunque yo misma no esté teniendo un buen día, trato de ir con una sonrisa para que esos niños sientan que la vida es hermosa”, cuenta.
En un pueblo donde las oportunidades son escasas, muchas veces el fútbol termina ocupando ese vacío. “A veces nuestros pares, los jóvenes de mi edad, se sienten muy solos. Sienten que no tienen la contención ni la ayuda de nadie. Frente a eso, muchos deciden jugar a la pelota. El fútbol es un desahogo emocional muy lindo, un espacio hermoso para canalizar lo que sienten”, dice Dana.
La pelota como refugio
En El Mollar, las canchas de fútbol se convierten en puntos de encuentro para familias enteras. La pelota funciona como un bálsamo que no resuelve los problemas de fondo, pero que, al menos durante algunas horas, permite respirar. “Llega el domingo y todas las familias van a la cancha porque es prácticamente lo único que hay para hacer. Pero sabemos que con eso solo no alcanza. Por eso el grupo de jóvenes se organiza para ofrecer caminatas y charlas sobre bullying, adicciones y violencia. Los chicos necesitan desahogarse de cosas que muchas veces no pueden hablar en sus propios hogares”, explica Melina Mamaní, vecina, enfermera y maestra de la comunidad.
En medio de esa realidad, el Mundial aparece como una pausa colectiva. Durante 90 minutos, las preocupaciones quedan en suspenso y los protagonistas de la televisión se convierten en superhéroes, en símbolos capaces de alimentar la imaginación de los más chicos. “Los niños acá ven a Messi y se entusiasman; todos quieren ser él. Al ‘Dibu’ (Emiliano) Martínez también lo mencionan mucho. Mi hermanito, cuando juega al arco, repite sus frases y hace los mismos gestos después de atajar una pelota”, cuenta July.
Tadeo Chenaut, de ocho años, es ese niño soñador. Fue uno de los primeros que salió corriendo de la “casita” para recibir a LA GACETA. Con una camiseta de la Selección varios talles más grande, no tardó en acercarse mientras pateaba su pelota. Las mangas le sobraban y la tela parecía envolverlo, pero nada de eso le importaba demasiado. “Su sueño era tener una camiseta de Argentina. July, su hermana, hizo un esfuerzo y se la compró; aunque era grande para él, eso nunca fue un obstáculo para su alegría”, contaron desde la comunidad.
Por eso, detrás de la imitación y el juego, hay algo más profundo. “Es hermoso porque muchos de estos chicos a veces no ven un futuro, pero el fútbol les permite soñar. Jugadores como Di María (Ángel), que vino desde muy abajo y hoy es uno de los más reconocidos del mundo, les dan esa motivación de pensar: ‘Si ellos pudieron, yo también puedo’”, reflexiona su hermana.
El partido termina
Dana vuelve a aparecer en la conversación. La adolescente habla de su pueblo con una claridad y sensibilidad que sorprende. “El fútbol está bueno, pero ¿qué pasa el domingo cuando termina la cancha?”, se pregunta.
La escena se repite, según cuenta: termina el partido, las familias se dispersan y muchos adolescentes vuelven a encontrarse con el mismo vacío que el fútbol consiguió suspender durante algunas horas. “Muchos chicos se quedan tomando en la calle y eso es muy feo. Si pudiera cambiar algo, crearía espacios de entretenimiento sanos, con distintos deportes: vóley, hockey, básquet. El deporte es algo hermoso”, dice.
Dana mira alrededor y, pese a todo, todavía encuentra motivos para defender el lugar en el que vive. Quiere que el fútbol deje de ser la única alternativa. “Es una pena, porque este es un pueblo hermoso, rodeado de paz, tranquilidad y paisajes espectaculares que, lamentablemente, no se están sabiendo aprovechar. Con la edad que tengo, ya me doy cuenta de todo lo que nos falta. Siento que toda la atención y los recursos se van para Tafí del Valle, mientras que a El Mollar lo están dejando abandonado”, dice.
Al otro lado del dique La Angostura, Tafí del Valle concentra buena parte del movimiento turístico, las inversiones y el crecimiento de la zona. De este lado, los vecinos de El Mollar manifiestan tener la sensación de observar cómo el progreso avanza cerca, pero nunca termina de llegar.
“No tenemos agua potable. Es algo que nos vienen prometiendo desde que yo era chica. Hoy el agua ya no puede ser un privilegio: es un derecho del que estamos siendo privados”, plantea Karen Romano, profesional y madre de la comunidad.
Los vecinos se resisten a aceptar que, para construir un futuro, la única alternativa sea abandonar el pueblo donde crecieron. “Nuestro Mollar viene siendo abandonado desde hace décadas en todos los ámbitos. Lo único que le pedimos es que piensen en nosotros. Queremos un lugar donde nuestros niños tengan oportunidades y donde nuestros abuelos puedan vivir con dignidad”, sostiene Karen.
Y entonces vuelve al fútbol, ese refugio que atraviesa toda la vida de la comunidad. “A veces se piensa que el fútbol es el salvador del momento. Es verdad que vivir este Mundial nos llena de fuerzas y de energía. Es una felicidad enorme, pero no alcanza con eso”, concluye.
Al salir de la Casita Comunitaria Bartolina Sisa, la ruta vuelve a conducir hacia el dique La Angostura. La Copa del Mundo llegará a su fin, así como llegarán otros partidos, y la pelota seguirá rodando cada fin de semana en las canchas de tierra del pueblo. En El Mollar, mientras tanto, la comunidad continuará haciendo lo que aprendió a hacer ante la falta de respuestas: reunirse, abrazarse y sostener a sus jóvenes.







