Resumen para apurados
- Nueve niños de 11 a 13 años juegan al fútbol en el Club Argentino de La Cocha durante las vacaciones de invierno para emular el Mundial y compartir su pasión por la Selección.
- Amigos desde la infancia que militan en ligas locales, se reúnen para alentar a la Selección y apoyan a Alexis Flores, quien tiene una prueba en Buenos Aires en noviembre.
- El club sigue siendo un espacio clave de contención social, donde la ilusión de alcanzar el fútbol profesional fortalece la identidad comunitaria y el futuro de los jóvenes.
Las camisetas no eran todas iguales. Había una de Neymar, otra de Boca, otra de River, algunas de clubes locales y hasta una de la Selección que esperaba prolijamente doblada en una casa para estrenarse al día siguiente. Y eso tampoco importaba demasiado. En la cancha del club Argentino, el fútbol alcanza para unir cualquier color.
Eran las cinco de la tarde del viernes y el sol empezaba a despedirse después de una semana más corta de la habitual. El césped volvía a calentarse bajo los últimos rayos de una jornada agradable, justo cuando nueve chicos de entre 11 y 13 años aprovechaban el inicio de las vacaciones de invierno para hacer lo que más les gusta: jugar un partido sin apuros por volver a casa.
Mientras el barrio Argentino esperaba el partido de cuartos de final entre Argentina y Suiza, ellos ya disputaban su propio Mundial. A un costado de la cancha empezaban a llegar otros amigos en bicicleta. Algunos se detenían para mirar el amistoso. Otros se alejaban hacia otro extremo de la cancha para hacer pasaditas. Las risas, los gritos y las cargadas acompañaban cada jugada. En ese rincón de La Cocha, el fútbol se respira en cada esquina, como si el barrio hiciera honor a su nombre todos los días del año.
Maxi, Saúl, Thiago Véliz, Alexis Flores, Bautista Gómez, Benjamín Torres, Thiago Ovejero, Lautaro Medina y Eric Gabriel crecieron juntos. Se conocen desde que tenían cuatro años y el club se convirtió hace tiempo en su punto de encuentro. “Nos encanta venir para acá. Hace mucho que no nos juntábamos porque la escuela y los horarios no coincidían. Ahora que estamos de vacaciones podemos venir más tiempo”, cuenta Lautaro luego de hacer una breve pausa al partido.
Algunos juegan en Unión. Otros en La Cocha FC. Pero todos empezaron pateando una pelota en ese mismo barrio donde aprendieron a hacerse amigos antes que rivales. Cuando el tema cambia al Mundial, las respuestas llegan tan rápido como los pases durante el partido. Los encuentros para alentar a la Selección tienen su propio ritual. “Nos juntamos en la casa de uno de los chicos, compramos algo, hacemos panchos o lo que pinte y vemos el partido”, contaron.
No necesitan pantallas gigantes ni grandes preparativos. Alcanza una mesa, una televisión y la compañía de los amigos. Lo que nunca falta, eso sí, es el sufrimiento. “El que no sufre no es argentino”, dice Saúl, arrancando las risas del grupo.
El recuerdo del agónico triunfo frente a Egipto sigue muy fresco. “Fue sufrido”, responden todos al mismo tiempo. “Por poco lloro”, admitió Alexis. “Por poco quedamos afuera”, remató Bautista.
Pero el desenlace también quedó grabado. Cuando llegó el tercer gol argentino salieron a la vereda y, como buena parte del barrio, participaron de una caravana improvisada. “Fue una locura. Todos salieron a festejar”, contaron.
Aunque algunos lleven camisetas de otros equipos o incluso de figuras internacionales como Neymar, cuando llega la hora de elegir un referente no existe discusión. “Messi”, responden los ocho al unísono. Uno de ellos aclara enseguida que la camiseta del capitán argentino está guardada especialmente para el partido del sábado.
Como ocurre en tantos barrios del interior, el fútbol también representa un sueño. Alexis Flores contó que ya tiene una prueba programada para noviembre en Buenos Aires. Tiene previsto probarse ante observadores de Independiente y Huracán, aunque para viajar primero deberá reunir el dinero necesario.
Sus amigos escuchan atentos. Ellos también imaginan que algún día pueda tocarles una oportunidad. “Siempre hay que tener fe”, resume Alexis. Conocen historias de chicos del pueblo que llegaron a probarse en clubes grandes. Algunos estuvieron cerca de quedarse. Otros regresaron después de lesiones o de no superar las pruebas. Ninguna de esas experiencias alcanzó para apagar la ilusión.
Mientras tanto, el club sigue siendo el lugar donde los sueños empiezan. Entre un partido y otro también aparecen conversaciones sobre la Selección. “Esperamos que salgan campeones”, dijo Thiago. “La última vez se confiaron y casi nos vamos. Para mí los dos goles que nos hicieron sirvieron para que el equipo se despierte”, analizó Benjamín. Y si el desenlace no fuera el esperado, tampoco habría reproches. “Por lo menos lo intentaron”, responde Alexis.
La pelota sigue rodando. Otro grupo ya espera detrás del arco para entrar a la cancha. El sol empieza a esconderse y el amistoso termina sin que nadie lleve la cuenta del resultado. Después de todo, en el barrio Argentino hay partidos que no necesitan un campeón para sentirse ganados. Basta con que haya una pelota, un puñado de amigos y un lugar donde el fútbol siga siendo el idioma que mejor cuenta la historia de una comunidad.












