La designación de Silvana Tenreyro como economista jefe del Fondo Monetario Internacional es una noticia que trasciende largamente el reconocimiento individual. Para Tucumán, para la Universidad Nacional de Tucumán y para quienes nos formamos en la Facultad de Ciencias Económicas, es motivo de enorme orgullo.
Silvana se recibió en la UNT en 1997, el mismo año en que yo ingresaba a esa Facultad. Nuestros caminos no llegaron a cruzarse en las aulas, pero su nombre ya circulaba como una referencia, casi como una leyenda silenciosa entre generaciones de estudiantes. No solo por su talento excepcional, sino por algo menos frecuente y, quizás, más valioso: la huella que había dejado entre quienes la conocieron.
Ambas tuvimos el privilegio de formarnos bajo la influencia del doctor Víctor Elías, maestro de generaciones de economistas tucumanos. Y creo que, de algún modo, esta noticia también habla de esa escuela: una formación exigente, rigurosa, profundamente seria, que nos enseñó que la economía no es solo técnica, modelos o publicaciones, sino una forma de mirar el mundo con responsabilidad intelectual.
La trayectoria de Silvana impresiona: Harvard, London School of Economics, el Banco de Inglaterra y ahora uno de los lugares más relevantes de la arquitectura económica global. Pero lo que más conmueve no es únicamente la dimensión de sus logros, sino la coherencia con la que los transitó. Quienes la recuerdan desde la Facultad coinciden en algo: Silvana siempre fue brillante, pero también generosa. Compartía apuntes, ayudaba, acompañaba. Tenía esa combinación tan difícil entre excelencia y calidez.
Y eso, en tiempos donde muchas veces se confunde éxito con visibilidad o jerarquía con distancia, vale especialmente la pena destacar. Porque una carrera extraordinaria puede abrir puertas; pero la calidad humana es lo que permite atravesarlas sin perder el eje.
Hasta hoy, quien le escribe encuentra del otro lado a la misma persona amable, simple y cercana. A pesar de la distancia, de los cargos y de las responsabilidades, sigue respondiendo con la misma humildad. Ese rasgo, que puede parecer menor frente a un nombramiento de escala mundial, es en realidad una parte central de su grandeza.
Me gusta pensar que el doctor Víctor Elías sentiría hoy un orgullo doble. No solo por haber contribuido a formar a una economista de primer nivel internacional, sino por haber visto crecer a una persona que llevó esa formación con integridad, generosidad y compromiso.
Gracias, Silvana, por llevar tan alto el nombre de Tucumán y de nuestra Universidad. Y gracias también por recordarnos que la verdadera excelencia no separa la inteligencia de la humanidad.










