19 Mayo 2005 Seguir en 
De entre el fárrago de las encuestas que el Gobierno tucumano considera un oráculo, surge un dato que inquieta a los estrategas de Casa de Gobierno. La decisión -aún no formalizada- de unificar el 23 de octubre los comicios de diputados con los de constituyentes respondió a la lógica de que, en ese escenario, se nacionalizaría la elección. Es decir, que la prédica de Néstor Kirchner bastaría para que los electores pusieran en el sobre la boleta completa, en la que sólo una línea de puntos separará a los aspirantes a congresistas de los postulantes a reformar la Carta Magna provincial. Pero no. "Los números dicen que la gente tiene dos elecciones en la cabeza", sintetiza uno de los funcionarios más visitados del Ejecutivo.
De ese resultado se desprenden dos lecturas. La primera es que la gente no es estúpida. La segunda es que este hecho, que complica los planes del Gobierno, debería ser una fortaleza para la oposición. Pero no. FR tiene definidas sus listas de constituyentes (Ricardo Bussi encabeza la capital y Delia Pinchetti el oeste), pero no termina de decidir un candidato a diputado. En contraste, en Recrear es casi un hecho que Pablo Walter será el postulante para la Cámara Baja. Pero se descuida el flanco reformista, porque si ese partido se presenta en soledad, o liderando un frente menor, tendrá que despedirse de la idea de que el diputado Esteban Jerez lidere una nómina de reformistas.
Y están, claro, los radicales, sin definiciones sobre una y otra lista. Y no porque falten propuestas sino, por supuesto, porque no logran ponerse de acuerdo.
La grandeza que nunca llega
En la UCR, el comportamiento de sus principales actores encuadra en el síndrome del partido chico. El centenario partido luce reducido a grupos dirigenciales reunidos a la vuelta de concejales o legisladores, a modo de pequeñas quintas donde cada quien cuida su parcela. Como consecuencia, entre los pocos radicales que hoy ostentan cargos públicos, algunos se creen los dueños del movimiento por ese solo hecho.
El resultado de esta sintomatología es una estructura espasmódica. Las contradicciones respecto de quién debe ser el candidato a diputado son un buen ejemplo: un día es Roberto Palina, por ser el más votado de los legisladores y porque cuenta con estructura para ganar las internas; y al otro es el rector de la UNT, Mario Marigliano, porque es quien mejor mide en las encuestas. En el medio, supuestos emisarios de uno y otro bando se exigen mutuamente que, a cambio del apoyo para uno, se entregue al otro la conducción del partido. Ese que no tiene ni un diputado nacional. Y que sentó a cinco legisladores gracias al frente Unión por Tucumán, con el que se perdió la escasa presencia territorial en el interior cediendo a Olijela Rivas las candidaturas de intendentes y delegados comunales.
Con la reforma constitucional pasó otro tanto. Se hizo un foro para explicitar qué se quería cambiar de la Carta Magna. Luego, cuando el Ejecutivo encaró su fracasada ronda de diálogo con la oposición, unos decidieron no asistir; otros pusieron condiciones y no faltaron los que hacían cola en Casa de Gobierno.
A la par, el radicalismo perdió a sus figuras de los 90. Las que, con independencia de si eran más o menos polémicas, tenían proyección provincial. Rodolfo Campero pasó a cuarteles de invierno; Félix Mothe desapareció en acción; Alfredo Neme Scheij tomó otros rumbos y Carlos Courel liderará un nuevo partido.
En este contexto, que del blanqueo radical sobre su voluntad reformista surja que figuras como los abogados Gilda Pedicone de Valls y Clímaco de la Peña accedan a dialogar sobre una eventual candidatura a constituyentes de la UCR, se presenta como una oportunidad inesperada. En ella, obviamente, no se avanza porque no se define si a cargo de las tratativas deben estar los legisladores, la convención provincial, la junta de gobierno, o todos juntos en una comisión.
La domesticidad de las reyertas radicales evidencia la falta de un programa de acción a largo plazo. Porque todo plan de largo aliento tiene cierto espíritu de grandeza. Por ejemplo, en el empeño de construir algo en provecho de otros.
Mientras tanto, la tortuga se escapa otra vez. Y se va. Lejos.
De ese resultado se desprenden dos lecturas. La primera es que la gente no es estúpida. La segunda es que este hecho, que complica los planes del Gobierno, debería ser una fortaleza para la oposición. Pero no. FR tiene definidas sus listas de constituyentes (Ricardo Bussi encabeza la capital y Delia Pinchetti el oeste), pero no termina de decidir un candidato a diputado. En contraste, en Recrear es casi un hecho que Pablo Walter será el postulante para la Cámara Baja. Pero se descuida el flanco reformista, porque si ese partido se presenta en soledad, o liderando un frente menor, tendrá que despedirse de la idea de que el diputado Esteban Jerez lidere una nómina de reformistas.
Y están, claro, los radicales, sin definiciones sobre una y otra lista. Y no porque falten propuestas sino, por supuesto, porque no logran ponerse de acuerdo.
La grandeza que nunca llega
En la UCR, el comportamiento de sus principales actores encuadra en el síndrome del partido chico. El centenario partido luce reducido a grupos dirigenciales reunidos a la vuelta de concejales o legisladores, a modo de pequeñas quintas donde cada quien cuida su parcela. Como consecuencia, entre los pocos radicales que hoy ostentan cargos públicos, algunos se creen los dueños del movimiento por ese solo hecho.
El resultado de esta sintomatología es una estructura espasmódica. Las contradicciones respecto de quién debe ser el candidato a diputado son un buen ejemplo: un día es Roberto Palina, por ser el más votado de los legisladores y porque cuenta con estructura para ganar las internas; y al otro es el rector de la UNT, Mario Marigliano, porque es quien mejor mide en las encuestas. En el medio, supuestos emisarios de uno y otro bando se exigen mutuamente que, a cambio del apoyo para uno, se entregue al otro la conducción del partido. Ese que no tiene ni un diputado nacional. Y que sentó a cinco legisladores gracias al frente Unión por Tucumán, con el que se perdió la escasa presencia territorial en el interior cediendo a Olijela Rivas las candidaturas de intendentes y delegados comunales.
Con la reforma constitucional pasó otro tanto. Se hizo un foro para explicitar qué se quería cambiar de la Carta Magna. Luego, cuando el Ejecutivo encaró su fracasada ronda de diálogo con la oposición, unos decidieron no asistir; otros pusieron condiciones y no faltaron los que hacían cola en Casa de Gobierno.
A la par, el radicalismo perdió a sus figuras de los 90. Las que, con independencia de si eran más o menos polémicas, tenían proyección provincial. Rodolfo Campero pasó a cuarteles de invierno; Félix Mothe desapareció en acción; Alfredo Neme Scheij tomó otros rumbos y Carlos Courel liderará un nuevo partido.
En este contexto, que del blanqueo radical sobre su voluntad reformista surja que figuras como los abogados Gilda Pedicone de Valls y Clímaco de la Peña accedan a dialogar sobre una eventual candidatura a constituyentes de la UCR, se presenta como una oportunidad inesperada. En ella, obviamente, no se avanza porque no se define si a cargo de las tratativas deben estar los legisladores, la convención provincial, la junta de gobierno, o todos juntos en una comisión.
La domesticidad de las reyertas radicales evidencia la falta de un programa de acción a largo plazo. Porque todo plan de largo aliento tiene cierto espíritu de grandeza. Por ejemplo, en el empeño de construir algo en provecho de otros.
Mientras tanto, la tortuga se escapa otra vez. Y se va. Lejos.




