Una celebración para volver a encontrarnos

Hace 7 Hs

Cada aniversario de la Declaración de la Independencia brinda la oportunidad de revisar el presente y preguntarnos qué clase de país estamos construyendo. Porque habrán pasado 210 años de aquel histórico 9 de julio, pero los argentinos seguimos enamorados de las discrepancias e imposibilitados de avanzar. Nada que ver con los congresales congregados en Tucumán en 1816, quienes fueron capaces de superar las grietas de la época -que eran muchas y profundas- en el afán de alcanzar un objetivo superior.

Esa es una de las enseñanzas más valiosas que la historia ofrece a la Argentina contemporánea. Ningún país puede desarrollarse si vive atrapado en una lógica de enfrentamientos interminables, mientras que la Independencia recuerda precisamente lo contrario. Enseña que los grandes desafíos colectivos requieren consensos, generosidad y la capacidad de pensar más allá de los intereses inmediatos. Los hombres y mujeres que hicieron posible la emancipación comprendieron que la construcción nacional exigía renuncias personales y una mirada orientada hacia el bien común. Esa convicción conserva plena vigencia dos siglos después.

Cada generación recibe un legado y tiene la responsabilidad de enriquecerlo. La Independencia no terminó el 9 de julio de 1816; comenzó allí un camino que sigue escribiéndose todos los días mediante el trabajo, la educación, la producción, la cultura, el desarrollo científico, el respeto por las instituciones y el compromiso ciudadano. La libertad política necesita renovarse permanentemente con una sociedad más justa, más integrada y más capaz de ofrecer oportunidades para todos.

Son tiempos marcados por la polarización, el descrédito de las instituciones y la dificultad para construir acuerdos duraderos. Por eso el aniversario debería convertirse en un espacio de encuentro antes que en una ocasión para profundizar las diferencias. La bandera celeste y blanca pertenece a todos los argentinos, sin distinción de ideologías, pertenencias partidarias o posiciones circunstanciales. Del mismo modo, la Independencia constituye un patrimonio compartido que trasciende cualquier coyuntura política.

En ese marco, y en cuanto Cuna de la Independencia, Tucumán vuelve a ocupar un lugar central. Ese privilegio histórico implica la responsabilidad de mantener viva la memoria del 9 de julio, pero también de proyectar ese legado hacia el futuro. Resulta valioso entonces que las familias, las escuelas, las instituciones, las organizaciones sociales y cada vecino se sumen a los festejos. Las fechas patrias cumplen esa función de recordar que existe una historia común y un destino que continúa dependiendo del esfuerzo colectivo.

El mejor homenaje que puede rendirse a los congresales de 1816 no es repetir sus nombres o recrear sus gestas, sino asumir el compromiso de construir una sociedad donde el diálogo prevalezca sobre la confrontación y donde el bien común vuelva a ocupar el centro de la vida pública.

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