Hay una dimensión del desastre que rara vez aparece en los informes oficiales: la desaparición lenta de los pueblos. Más allá de los datos que suelen difundirse tras cada inundación, este fenómeno silencioso revela cómo comunidades enteras pueden ir desvaneciéndose con el tiempo, hasta quedar reducidas a recuerdos y estructuras vacías.
No ocurre de un día para otro. Primero se corta un camino. Después una familia decide irse porque ya no puede producir ni enviar a sus hijos a la escuela. Más tarde cierra el almacén. La posta sanitaria deja de funcionar. La escuela pierde alumnos. Hasta que un día queda una sola persona cuidando lo que alguna vez fue una comunidad.
Eso ocurrió en Sol de Mayo, en el sudeste tucumano. Las crecientes repetidas fueron empujando a sus habitantes hacia otros lugares. Hoy apenas queda Lino Navarro, el último vecino de un pueblo que hace menos de una década todavía tenía escuela, chicos jugando y familias que apostaban por quedarse. Lo que el agua no destruyó terminó de hacerlo el abandono.
Las inundaciones son fenómenos naturales. Que un pueblo desaparezca, en cambio, es una decisión colectiva. Porque detrás de cada comunidad que se vacía hay años de caminos intransitables, obras que nunca llegaron, respuestas de emergencia que reemplazaron a la planificación y una resignación que terminó aceptando como inevitable lo que quizás no lo era. Sol de Mayo quedó opacado por las emergencias de La Madrid, aunque ambas poblaciones han estado marcadas por la misma emergencia de estar ubicadas en la parte baja de Tucumán, muy cerca de la cola del embalse Frontal.
La historia de Miramar de Ansenuza, en Córdoba, ofrece otra lectura posible. Allí el agua también avanzó, destruyó barrios enteros y obligó a miles de personas a abandonar sus casas. Sin embargo, la ciudad encontró la manera de reinventarse. No recuperó lo perdido, pero construyó una nueva identidad sin renunciar a su historia. Comprendió que preservar un pueblo también significa preservar la memoria de quienes lo habitan.
En Tucumán existen demasiadas localidades que cada verano vuelven a mirar el cielo con miedo. Cuando las lluvias ceden, el tema desaparece de la agenda hasta la próxima crecida. Mientras tanto, las familias siguen tomando decisiones silenciosas: vender, mudarse, empezar de nuevo. Así, sin anuncios oficiales, el mapa provincial cambia. Los pueblos no desaparecen porque alguien firme un decreto; desaparecen porque dejan de ser habitables.
Es tiempo de avanzar con la política pública para las comunidades vulnerables a las inundaciones. No alcanza con asistir cuando el agua ya entró a las casas. Hace falta planificación, infraestructura, sistemas de alerta, caminos que permanezcan transitables y una estrategia para que vivir en el interior no implique aceptar que, tarde o temprano, habrá que irse. Porque cuando desaparece un pueblo no solo se pierden viviendas. También se apaga una parte de la identidad de Tucumán.







