Durante mis años como taquígrafo parlamentario, iniciados en 1996, mi compañero inseparable fue un lápiz de doble punta, afilado con esmero. Con él ejercité la taquigrafía, que exige exactitud y rapidez, y también la caligrafía, procurando mantener la claridad de los signos. La caligrafía taquigráfica, que desarrollé en 2010 y presenté públicamente en 2025 a través de mi blog Caligrafía Taquigráfica, me enseñó que escribir no es solo registrar palabras, sino darles forma artística, uniendo vocación, memoria y sentido estético. Cada sesión en la Legislatura de Tucumán era un desafío, pero también una oportunidad. Tomaba notas rápidas en el antiguo recinto de sesiones y luego subía la extensa escalera hasta el cuerpo de taquígrafos para traducirlas. Ese trayecto físico se volvió simbólico para mí: cada escalón representaba transformar la dificultad en un camino. Hoy, al recordar aquellos días, siento que el lápiz guarda un valor especial. Humilde y sencillo, me enseñó que la escritura manual sigue siendo un vínculo entre generaciones. Escribir a mano no es un vestigio del pasado: es un acto vivo que fortalece la mente, la memoria y la sensibilidad estética. Recuperar y promover materias como Caligrafía y Estenografía en la escuela sería apostar por una educación más completa, donde tradición y modernidad conviven. Incluso hoy, culturas como la japonesa siguen otorgando gran importancia a la escritura manual, considerándola una disciplina que fortalece la mente y el espíritu. En tiempos de informática, donde todo parece digital, el lápiz nos recuerda que la escritura tiene una raíz manual. La tecnología es valiosa y necesaria, pero difícilmente reemplaza la humanidad del gesto de escribir a mano. Porque toda escritura, en el fondo, comienza en la mano y permanece en la memoria.
Martín E. Córdoba
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