Hay chicos de 13 años apostando desde el celular en la pieza de su casa. Jóvenes que fundieron negocios familiares enteros. Padres que hipotecan su vida para pagar deudas que desconocían. Familias que viven encerradas entre mentiras, amenazas y desesperación. Y madres que terminan asistiendo solas a grupos terapéuticos porque sus hijos no reconocen que están enfermos.
La escena ya no ocurre únicamente en casinos ni bingos. Hoy la ludopatía digital atraviesa barrios, escuelas, clubes y hogares de Tucumán. Se mete por el teléfono, por las publicidades durante los partidos de fútbol, por las billeteras virtuales y por plataformas que ofrecen dinero gratis para empezar a apostar.
En el corazón de Villa Luján, el fenómeno se convirtió en una emergencia cotidiana. Allí funciona desde 2024 el primer Centro de Referencia en Adicciones sin Sustancias (CREAS), dentro del Cepla -Centro de Atención Primaria en Adicciones- dirigido por la psicóloga Luisa Fernández. Lo que comenzó como una preocupación preventiva terminó transformándose en una avalancha de consultas. En lo que va del año ya recibieron más de 200 consultas vinculadas a ludopatía. Y aseguran que el número crece constantemente.
La preocupación es mayor ahora que estamos en medio del Mundial de fútbol porque están creciendo las apuestas al ritmo de la multiplicación de plataformas y anuncios que aparecen durante cada partido.
Según Fernández hoy, al comparar las apuestas online con el consumo problemático de drogas, casi no hay diferencias. La afirmación puede parecer exagerada. Pero en el consultorio se ven síntomas que desarman cualquier prejuicio: abstinencia, ansiedad extrema, aislamiento, manipulación, impulsividad, deterioro familiar y pensamientos obsesivos. Todo alrededor del juego.
“En la parte biológica es exactamente el mismo mecanismo de recompensa que se activa con la cocaína. El juego produce el mismo circuito de placer excesivo y dañino. Y se instala de manera patológica: la persona no puede parar”, explica.
Durante años, la imagen clásica del ludópata era la de un hombre adulto que escapaba al casino o al bingo. Hoy el perfil cambió por completo. El secretario de Políticas Integrales sobre Adicciones, Lucas Haurigot Posse, advierte que el problema explotó después de la pandemia y encontró terreno fértil en los entornos digitales.
“Hoy el casino está en el bolsillo. Es una apuesta de 24 horas”, señala. La diferencia es decisiva: ya no hay horarios ni límites. Un adolescente puede apostar desde la cama, en la escuela o mientras mira un partido. Y hacerlo sin que nadie lo note.
En el CREAS observan que el inicio del juego aparece cada vez antes. Las edades más frecuentes rondan los 13 y 14 años, justamente cuando muchos chicos ya manejan billeteras virtuales y tienen acceso irrestricto a internet.
“Las nuevas tecnologías generan más acceso, pero también más gravedad. Como no hay control, la problemática se descubre tarde. Y eso es peligrosísimo”, advierte Fernández. En la mayoría de los casos, las familias no llegan al tratamiento porque detectan el juego. Llegan porque explota una deuda.
Karina Robledo, psicóloga social del equipo, cuenta que las primeras entrevistas suelen estar atravesadas por la desesperación.
Los profesionales advierten que rara vez el juego aparece aislado. En muchos pacientes se combina con otras conductas compulsivas. Jóvenes que pasan noches enteras despiertos mirando partidos y apostando; personas que permanecen encerradas días enteros sin comer; familias amenazadas por prestamistas. Hay pacientes que tienen síndrome de abstinencia muy fuerte: dolores de cabeza insoportables, ansiedad extrema, pensamientos obsesivos. Incluso hay casos de suicidios relacionados a esta problemática.








