“Lo mato o me mato”: el drama de las familias frente a las adicciones

Violencia, miedo, culpa y esperanza atraviesan los testimonios de quienes buscan ayuda en espacios de acompañamiento. Consejos.

AYUDA MUTUA. Madres y padres comparten experiencias y herramientas para afrontar el impacto de las adicciones en sus familias. la gaceta / fotos de analía jaramillo
AYUDA MUTUA. Madres y padres comparten experiencias y herramientas para afrontar el impacto de las adicciones en sus familias. la gaceta / fotos de analía jaramillo
Lucía Lozano
Por Lucía Lozano 21 Junio 2026

Resumen para apurados

  • Familias de Tucumán buscan contención en grupos de apoyo mutuo ante el drama de las adicciones y las situaciones extremas de violencia que sufren en sus hogares.
  • El proceso se desarrolla mediante espacios de acompañamiento donde padres y madres comparten experiencias para superar la culpa, el miedo y el impacto de los consumos.
  • La consolidación de estas redes es clave para visibilizar el drama intrafamiliar y demandar respuestas del Estado frente a la creciente crisis de adicciones en el país.
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Alicia Argañaraz es menuda. Tiene la mirada perdida, las manos inquietas. Cruje los dedos. Traga saliva. Y rompe el silencio. Viaja con la mente hasta el comedor de su casa. Confiesa que jamás imaginó que un día cerraría la puerta con llave para impedirle entrar a su hijo. O que tendría que llamar a la policía para que se lo llevaran. Mucho menos pensó que aquel chico bueno, que predicaba en las misas y hospitales, terminaría atrapado por las drogas. Hoy, con la voz quebrada pero firme, cuenta su historia atravesada por el miedo, la culpa y el cansancio. Porque no pierde la esperanza.

“Él hizo la secundaria sin llevarse materias. Era un chico normal”, recuerda. Pero algo empezó a cambiar lentamente. Primero fue el cuerpo. “Lo veía flaquito. Le dije: ‘me parece que tenés alguna enfermedad’”, recuerda. Después llegaron otras señales: los ojos apagados, las manos distintas, el carácter agresivo. “Una profesora me llamó porque iba dormido; se escapaba de clases estando en sexto año”, apunta.

La situación escaló rápidamente dentro de la casa. Alicia describe escenas de violencia que terminaron destruyendo la convivencia familiar: “me rompió los vidrios de las ventanas, los placares, los ventiladores. Después ya le pegaba a la hermana y se puso atrevido conmigo”.

Entre discusiones y crisis, el joven iba y venía entre la casa de su padre y la de su madre. Pero cada regreso terminaba peor. “Llegó un momento en que no me hacía caso. Decía ‘lo mato o me mato yo’. Ahí le dije que se fuera”, cuenta Alicia. Y detalla que actualmente el joven de 19 años vive en el fondo de la casa de la abuela.

“No le abro ni para darle un plato de comida. Me duele muchísimo, pero si él quiere cambiar, tiene que decidirlo”, esgrime la mujer que aprendió a poner límites después de años de angustia y miedo.

“Cada cosa mala que hacía, yo iba y dejaba asentado en la Policía. Ya no se podía vivir así”, apunta. Cuenta que muchas personas la juzgan por la dureza de sus decisiones. “Me dicen que después voy a llorar si le pasa algo. Pero el amor también es poner límites”, remarca.

Alicia sabe que detrás de todo lo malo sigue estando el hijo bueno que alguna vez conoció. Cree que empezó a consumir después de la muerte de su esposo, hace seis años. Aunque admite que probablemente había señales previas que no supieron ver. “Ahora consume de todo”, dice. Aun así, ella sigue esperando que recapacite. Guarda como un tesoro un mensaje que él le mandó de madrugada. “Me escribió que me ama y que algún día va a salir de esto”.

Ella le respondió con una frase que todavía la emociona. Por eso sus ojos se ponen vidriosos. “Cuando me necesites, buscame y vamos a salir juntos. No dejes páginas en blanco en el libro de tu vida”, le escribió. Aunque intenta mostrarse fuerte, reconoce que vive con miedo. “Uno ya se prepara para cualquier cosa. Tengo miedo de que se mate, de que venga a apedrear la casa, de volver a llamar a la Policía”. Sin embargo, asegura que no piensa bajar los brazos.

Alicia encontró algo de alivio en los grupos de acompañamiento para familias atravesadas por las adicciones. Allí, dice, aprendió que poner límites no significa dejar de querer. Cada lunes a la siesta asiste al Cepla (Centro de Atención Primaria en Adicciones) de Villa Luján. “Vengo acá y me ayuda muchísimo. Porque uno entiende que no está solo”, resume. En este espacio, que depende de la Secretaría de Adicciones de la provincia (Ministerio de Desarrollo Social), reciben la ayuda de profesionales especialistas.

ASISTENCIA. En el Cepla de Villa Luján los profesionales dan contención. ASISTENCIA. En el Cepla de Villa Luján los profesionales dan contención.

Destruidas

“Llegamos destruidas”. La frase se repite una y otra vez entre lágrimas, silencios largos y miradas cansadas. Son madres que aprendieron a dormir con un ojo abierto, a esconder las billeteras, a esperar llamadas de madrugada y a convivir con el miedo constante de que su hijo no vuelva. Algunas atravesaron décadas de consumo, violencia, internaciones, robos o cárceles. Otras recién empiezan a descubrir que algo no está bien. Todas comparten la sensación de haber estado solas por mucho tiempo.

En una sala sin más muebles que una mesita y varias sillas las mamás y un papá se animaron a poner en palabras un sufrimiento que durante años permaneció escondido puertas adentro. En los últimos años, una problemática que aumentó mucho es la de las adicciones sin sustancias: adicción al juego, las apuestas. “Cuando se habla de esta problemática la gente se moviliza mucho, porque nadie quisiera pasar por esto. Pero cuando le ocurre, no sabe dónde recurrir”, explicó el secretario de Adicciones de la Provincia, Lucas Haurigot Posse. “Y a cualquiera le puede pasar tener un hijo o una hija con problemas de consumo. Por eso estos espacios son importantes”.

Las historias que siguieron revelaron una realidad dolorosa y compleja. Las profesionales que coordinan el grupo explican que una de las tareas más difíciles es trabajar la culpa de las familias.

“Son años de manipulación. El hijo pide plata porque perdió el trabajo, porque chocó el auto, porque tuvo un problema. Y los padres creen que son desgracias reales. No se dan cuenta de que muchas veces la enfermedad también consume a toda la familia”, explica la psicóloga Luisa Fernández, que dirige el Centro de Referencia en Adicciones sin Sustancias (CREAS), que funciona en el Cepla de Villa Luján.

En el grupo trabajan sobre una idea incómoda pero necesaria: poner límites también puede ser una forma de ayudar. “Cuando los padres dejan de sostener económicamente el consumo o dejan de encubrir ciertas situaciones, muchas veces recién ahí aparece la posibilidad de iniciar un tratamiento”, señala.

No es sencillo. Algunas madres confiesan que cerrar una puerta les rompió el alma. Otras aprendieron después de décadas.

“Hace 30 años que vivo en un infierno, cuenta Nené. “Empezó a consumir a los 13 años”, recuerda. En esos tiempos, recorría juzgados, hospitales y oficinas públicas buscando contención. Formaban grupos improvisados de padres desesperados. Su hijo hoy está preso. Tiene 39 años. “Yo hice todo para salvarlo. Lo llevé a Buenos Aires, estuvo internado, busqué psiquiatras, psicólogos, abogados”, enumera.

También hay varias historias relacionadas a la adicción al juego. Otra mamá, Marta, relata cómo descubrió que su hijo, de 42 años, tenía ludopatía. “Llegué aquí desesperada porque debía millones”, recuerda. “Se jugó los sueldos, préstamos, tarjetas. Yo no entendía nada”, añade.

Todo salió a la luz cuando su hijo sufrió una descompensación nerviosa. La mujer jamás sospechó lo que estaba pasando. “Después, con el diario del lunes, uno empieza a recordar señales. Pero en el momento no lo ves”, reconoce. Su hijo le confesó que había empezado a apostar durante la pandemia.

En el grupo aprendió algo fundamental: no darle dinero. “Hasta para el peluquero le hacemos transferencias. Nada de efectivo”, cuenta.

Urgencias

Muchas historias revelan otra realidad: la relación entre consumo problemático y trastornos de salud mental. Las profesionales del Cepla advierten que muchas veces las familias logran pedir ayuda recién en medio de una crisis severa. Y cuando finalmente reúnen fuerzas para hacerlo, se encuentran con otro problema: la falta de atención inmediata en salud mental.

“Hay guardias psiquiátricas que no funcionan las 24 horas”, apuntan. También cuestionan la escasez de psiquiatras y la demora para acceder a turnos.

Nora Díaz, mamá de un joven de 18 años, cuanta que su hijo comenzó a consumir a los 14. Durante mucho tiempo intentó obligarlo a hacer tratamiento.

“Lo llevaba a psicólogos, psiquiatras, al hospital. Pero él iba enojado. No hablaba”. La situación escaló rápidamente: robos, violencia, noches enteras fuera de casa. La convivencia agotadora, con discusiones permanentes, controles y desconfianza, describe. “Yo jamás pensé que iba a tener un hijo con problemas de consumo. Pero le puede pasar a cualquiera”, cierra.

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