El pasaje de Evangelio según San Mateo revela uno de los rasgos más hondos del corazón de Cristo: su capacidad de mirar la realidad no desde la distancia, sino desde la compasión. Jesús no contempla a la multitud como una masa anónima; percibe el cansancio interior, la desorientación espiritual, las heridas invisibles y el abandono existencial de las personas. La expresión evangélica es particularmente fuerte: “andan maltratadas y abatidas como ovejas sin pastor”. Allí aparece una verdadera antropología de la compasión.
La compasión evangélica no es simple sentimentalismo ni emoción pasajera. En la tradición bíblica, compadecerse significa “dejarse afectar en las entrañas” por el sufrimiento del otro. La mirada de Cristo no juzga primero; comprende. No condena primero; se aproxima. Antes de enseñar, sanar o enviar a los discípulos, Jesús se conmueve. La misión nace de la compasión.
Desde este texto puede plantearse una profunda reflexión sobre la “cultura de la compasión” como respuesta cristiana a la cultura contemporánea.
Vivimos en una época paradójica: hiperconectada tecnológicamente, pero muchas veces fragmentada humanamente. Hay una gran circulación de información, pero una disminución de la capacidad de conmovernos verdaderamente. El otro corre el riesgo de convertirse en dato, estadística o perfil digital.
Jesús, en cambio, mira personalmente. Ve el rostro concreto detrás de la multitud. La cultura de la compasión comienza cuando el ser humano deja de ser “objeto” o “función” y vuelve a ser reconocido en su dignidad sagrada. Compadecerse es aprender a mirar como Cristo. La compasión cristiana comienza con una mirada contemplativa sobre la realidad.
Es significativo que inmediatamente después de conmoverse, Jesús diga: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos”. Es decir: la misión no nace de una estrategia de expansión religiosa, sino de la experiencia del dolor humano. El discípulo es enviado porque el corazón de Cristo no puede permanecer indiferente ante el sufrimiento del pueblo.
Aquí aparece una gran enseñanza pastoral: la Iglesia no existe para sí misma, sino para acercarse a las heridas del mundo. Una comunidad sin compasión puede conservar estructuras, discursos o actividades, pero pierde el alma del Evangelio. La evangelización auténtica nace siempre de la misericordia. La compasión se vuelve acción concreta.
En este tiempo marcado por la expansión de la inteligencia artificial y la automatización, este Evangelio adquiere una fuerza profética. Cuanto más avanzan las capacidades técnicas, más decisiva se vuelve la capacidad humana de compadecerse. Las máquinas pueden procesar información; sólo el corazón humano puede amar. Los algoritmos pueden predecir conductas; sólo la compasión puede acompañar el sufrimiento. La técnica puede aumentar la eficiencia; sólo la misericordia puede sanar el alma.
El riesgo de nuestro tiempo no es únicamente tecnológico, sino antropológico: perder sensibilidad ante el otro. Por eso. la cultura de la compasión será uno de los grandes desafíos espirituales y pastorales del siglo XXI.
Finalmente, este Evangelio revela que la compasión no es simplemente una virtud moral; tiene un rostro: Cristo Buen Pastor. Él no sólo siente compasión: Él mismo entra en el sufrimiento humano. La cruz será la expresión suprema de esa compasión divina que carga sobre sí el dolor del mundo.
Que podamos ser y hacer de signo de la Compasión de nuestro Buen Pastor.








