El Indio Solari, la tribu y la grieta

Hace 8 Hs


Un millón de personas. Ocho kilómetros de fila. Dieciocho horas seguidas de ingreso al microestadio José María Gatica, en el Parque Domínico de Villa Domínico. La despedida a Carlos Alberto “Indio” Solari, fallecido el viernes pasado a los 77 años, dejó cifras que la cultura popular argentina no había vuelto a registrar desde los velorios de figuras como Néstor Kirchner o Diego Maradona. Pero lo más significativo no son los números, sino lo que estuvieron haciendo esas personas durante esas horas: caminar, cantar, llorar y abrazarse junto a desconocidos, en una de las pocas formas de comunión colectiva que todavía le quedan a este país.

Las crónicas de LA GACETA en Buenos Aires registraron en detalle esa multitud. Padres con hijos sobre los hombros. Abuelas en sillas de ruedas saludando desde la vereda. Adolescentes que ni siquiera vivieron la era de Los Redondos heredando las canciones como se heredan ciertas historias familiares. Personas mayores caminando despacio bajo la lluvia, tratando de resistir el frío. Tucumanos viajando hasta Avellaneda para estar ahí. Lo que el fenómeno mostró es que hay todavía obras y figuras con capacidad de articular un sentido común que excede la música, la generación de origen y la pertenencia política.

El vocabulario que aparece en los testimonios recogidos no es casual: “última misa”, “peregrinación”, “tribu”, “guía espiritual”, “padre”, “cacique”. Es un vocabulario religioso, ceremonial, casi tribal. Habla de algo que la sociedad argentina parece haber perdido y que durante décadas la obra del Indio ocupó para mucha gente: un lugar donde reconocerse, una manera de ponerle palabras al dolor, al amor, a la bronca, a la sensación de no encajar en ningún lado. Varios entrevistados hablaron de “orfandad”.

Sin embargo, incluso ese momento de comunión no estuvo exento de un fenómeno que parece atravesarlo todo en la Argentina de hoy: la grieta. En las filas se cantó contra el presidente Javier Milei y se pidió por la libertad de Cristina Fernández de Kirchner. Algunos fanáticos increparon a periodistas y movileros de medios identificados con el oficialismo. Del otro lado, en redes sociales y en algunos programas de televisión se desestimó la dimensión cultural del músico, se descalificó a quienes asistieron, se acusó al velorio de ser una operación política. El propio Indio, identificado con el peronismo, había sido crítico de la actual administración. La pregunta es: ¿hace falta que esa pertenencia política contamine también la posibilidad de reconocer una obra que excede las posiciones de su autor?

Una obra artística puede ser apreciada independientemente de las opiniones políticas de quien la firma. Un país capaz de reconocer eso es un país que todavía puede juntarse en torno a algo. Un país incapaz de hacerlo es un país donde la grieta termina ocupando incluso los momentos que podrían unirnos. La música del Indio fue durante décadas un espacio de encuentro para personas de orígenes sociales, geográficos y políticos muy distintos. Reducir ese espacio a una pertenencia partidaria es empobrecerlo.

Quedan, también, las imágenes. La masividad pacífica, la herencia generacional, la peregrinación bajo la lluvia, la sensación compartida de haber perdido algo. Quedan las canciones, que seguirán sonando. Y queda la pregunta, incómoda pero inevitable, sobre hasta dónde nos atraviesa esta grieta.

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