Durante años, la desocupación fue el indicador más utilizado para medir la salud del mercado laboral argentino. Un índice bajo solía interpretarse como una señal de estabilidad y recuperación. Sin embargo, la realidad actual obliga a mirar más allá de ese dato. En el Gran Tucumán, el desempleo se mantiene en niveles relativamente moderados (5,6% durante el cuarto trimestre de 2025), pero detrás de esa aparente calma crece otro fenómeno mucho más silencioso y preocupante: tener trabajo ya no garantiza poder sostener una vida de clase media.
Hoy, casi tres de cada 10 trabajadores tucumanos buscan un ingreso extra para llegar a fin de mes. Más de 131.000 personas necesitan sumar otra actividad, otra changa o un segundo empleo para cubrir gastos básicos. El fenómeno no es una excepción local. En toda la Argentina, el pluriempleo alcanza a 1,6 millones de personas y se ubica entre los niveles más altos de la última década.
El dato expone una transformación profunda del trabajo en el país. La precarización ya no se expresa únicamente en el desempleo o en la informalidad extrema. También aparece en trabajadores que tienen empleo formal, cumplen horarios completos y aun así necesitan multiplicar jornadas para sostener ingresos deteriorados por años de inflación y pérdida de poder adquisitivo.
Tal como se viene exponiendo en la serie de notas dela GACETA sobre el pluriempleo, la consecuencia más visible es el agotamiento cotidiano. Más horas de trabajo implican menos tiempo para la familia, para el descanso, para estudiar o simplemente para proyectar una vida con cierta estabilidad. Pero el problema va todavía más allá: la multiplicación de empleos es también la demostración de que el salario perdió capacidad de sostener expectativas de progreso.
Acceder a la vivienda propia sintetiza esa crisis. Durante décadas, la casa propia funcionó como uno de los grandes objetivos de la clase media argentina. Hoy, incluso familias con más de un ingreso encuentran prácticamente imposible acceder a un crédito hipotecario. El economista Osvaldo Meloni explica que detrás de esa dificultad aparece un problema estructural: la inflación destruyó la posibilidad de pensar a largo plazo.
Sin estabilidad económica, el crédito hipotecario desaparece. Nadie puede comprometerse durante 20 o 30 años cuando no sabe cuánto valdrá su salario dentro de seis meses. Y aunque en los últimos meses comenzó una lenta reaparición de líneas hipotecarias gracias a la desaceleración inflacionaria, el acceso sigue restringido para gran parte de los trabajadores.
La informalidad agrava todavía más el escenario. Miles de tucumanos generan ingresos reales todos los meses, pero no pueden demostrarlos ante un banco. Monotributistas, independientes y trabajadores informales quedan automáticamente excluidos de cualquier posibilidad de financiamiento. El sistema financiero exige estabilidad en un mercado laboral que, precisamente, se caracteriza por la incertidumbre.
La paradoja argentina se vuelve entonces evidente: hay empleo, pero no alcanza; hay ingresos, pero no permiten proyectar; hay trabajo, pero no necesariamente progreso. El crecimiento del pluriempleo revela una sociedad que trabaja cada vez más para sostener un nivel de vida cada vez más frágil. Y quizás allí esté el dato más inquietante de todos: cuando una economía obliga a multiplicar esfuerzos únicamente para no retroceder, el problema ya no es solamente laboral. Es, sobre todo, una crisis de futuro.







