“No conozco otra cosa que no sea la Normal”: quién es Santiago Lucero, el chico que se volvió viral reclamando mejoras para su escuela
El video donde reclamó por la situación de la Escuela Normal se viralizó en todo el país. Pero detrás del estudiante que habló frente a las cámaras hay una historia marcada por el sentido de pertenencia, la vida escolar y el deseo de volver algún día como profesor.
Resumen para apurados
- Santiago Lucero, estudiante de 17 años, se volvió viral tras liderar una toma en la Escuela Normal de Tucumán esta semana para exigir mejoras de infraestructura y recursos.
- Tras reclamos sin respuesta, los alumnos tomaron el colegio, logrando un acta de compromiso con la ministra de Educación provincial para refaccionar la histórica institución.
- El caso destaca el sentido de pertenencia intergeneracional y el compromiso juvenil. El estudiante planea volver a la institución en el futuro como docente de Química.
Cuando terminó de hablar frente a las cámaras, Santiago Lucero recién entendió lo que acababa de suceder. El video empezó a circular por grupos de WhatsApp, TikTok e Instagram y, en cuestión de horas, su cara quedó asociada a una de las protestas estudiantiles más fuertes de los últimos tiempos en Tucumán. En ese instante sintió algo de temor.
“En el momento en el que hablé no me cuestioné nada. Después sí me dio bastante miedo”, admite ahora, parado frente a la Escuela Normal Superior en Lenguas Vivas Juan Bautista Alberdi, el lugar donde prácticamente pasó toda su vida.
Tiene 17 años, cursa sexto año y conoce estos pasillos desde antes de aprender a escribir. Entró a jardín a los tres años. Mucho antes de convertirse en una de las voces visibles del reclamo estudiantil, ya era uno de esos chicos que viven la escuela como una extensión de su casa.
“No conozco otra cosa que no sea la Normal”, dice.
La frase no parece exagerada. Su historia familiar también atraviesa el edificio. Por la institución pasaron su abuela, las hermanas de ella, su hermana y un primo. Él llegó después y terminó construyendo su propia forma de pertenencia. Participa en el Centro de Estudiantes, en el área de Cultura, representa a la escuela en olimpiadas y modelos de Naciones Unidas y el año pasado viajó a Buenos Aires para participar en el programa “Uniendo Metas”, en la UBA, en representación de la provincia.
“Siempre trato de dar todo por esta institución, porque es un lugar que siempre nos da mucho. Y esto también es una forma de devolverle algo”, explica.
Durante estos días de conflicto, ese vínculo afectivo con la institución educativa terminó empujándolo a exponerse públicamente. El martes, luego de una jornada de protesta y tensión con las autoridades educativas, Santiago decidió hablar frente a la prensa.
Los estudiantes acababan de tomar lo que él define como “una medida extrema”. Tomaron el establecimiento. Según cuenta, antes habían intentado otras formas de reclamo. “Primero hicimos una manifestación pacífica y las autoridades tampoco salieron a hablar con nosotros”, recuerda.
La situación escaló hasta que llegó la ministra de Educación, Susana Montaldo, junto a parte de su gabinete. Hubo reuniones, discusiones y finalmente un acta compromiso firmada por las partes. Allí se prometió, según detallan los estudiantes, avanzar con la entrega de mobiliario, cubrir cargos vacantes y respetar la identidad lingüística de la institución.
Pero incluso después del acuerdo, la imagen que le quedó a Santiago fue otra. La de una escuela deteriorándose frente a los ojos de quienes la viven todos los días.
Una segunda casa
“Este edificio es una segunda casa, un refugio para mí. Estoy acá desde las seis de la mañana hasta las cinco de la tarde algunos días. Y es muy feo ver cómo se cae de a poco y cómo nadie hace nada”, dice.
Mientras habla, describe la cotidianidad escolar con una mezcla de orgullo y tristeza. Habla de los patios, de los murales, de los trabajos artísticos, de la comunidad que se arma entre estudiantes que, aunque son más de 1.500, terminan conociéndose entre todos. Y también habla de la otra cara. De alumnos buscando bancos para sentarse o aulas donde faltan cosas básicas.
Para él, esa identidad colectiva explica por qué la protesta logró movilizar no solo a estudiantes actuales, sino también a padres, egresados y antiguos docentes.
“La escuela tiene un sentido de pertenencia inmenso. Los egresados siguen viniendo a los eventos, ayudando al centro de estudiantes y acompañando estas luchas”, cuenta.
Mientras conversaba con la prensa, una mujer mayor cruzó lentamente a su lado apoyada en un bastón. Alcanzó a escuchar parte de la entrevista, giró la cabeza y, antes de seguir caminando, le dijo apenas unas palabras: “Muy bien, muchacho”. Santiago sonrió. La escena duró apenas unos segundos, pero pareció resumir algo del clima que atraviesa a la Normal por estos días: generaciones distintas unidas por el mismo sentido de pertenencia hacia la escuela.
En medio de la viralización y de los debates en redes sociales, Santiago también se detuvo a leer comentarios. Algunos cuestionaban el estado general de la educación pública. Otros criticaban la protesta. Y hubo una reflexión que le quedó dando vueltas.
“Muchos dicen que los chicos ya no se comprometen. Y un poco de razón tienen”, reconoce. Pero enseguida transforma esa idea en un llamado hacia otros estudiantes. “Queremos decirles que no están solos y que peleen por sus derechos y por una educación digna”.
La experiencia también le dejó una sensación de continuidad histórica. En las conversaciones dentro de la escuela aparecieron recuerdos de 2007, cuando la comunidad educativa se movilizó para impedir que el edificio fuera demolido y reemplazado.
“No creo que sea la primera vez que pase algo así. Lo importante es dejarle el mensaje a las próximas generaciones porque nuestro deseo es que quieran a la escuela y que no dejen que se caiga”, afirma.
A Santiago le queda poco tiempo como alumno. El próximo año será egresado. No obstante, cuando habla del futuro, la Normal vuelve a aparecer en el centro de todo.
Quiere estudiar Bioquímica y también formarse como profesor de Química. Después, dice, le gustaría volver.
“Quiero enseñar acá”, dice, casi sin pensarlo.
Como si después de tantos años, todavía no pudiera imaginarse lejos de esos pasillos.







