La enfermedad holandesa es la inversa de la desgracia con suerte. Para aclarar, no es lo mismo que la estrella que partiendo desde el barro toca el cielo del fútbol o del boxeo donde se rodea de aduladores, gasta a mansalva, destruye su familia y olvida a sus viejos amigos. Después, cuando despilfarró todo, no sabe qué hacer, no entiende su desgracia y culpa a todo el resto del mundo por conspirador, traidor o lo que fuera sin aceptar que tiene la mayor parte de la culpa. Eso fue el kirchnerismo frente al superciclo de commodities. No ocurre ahora; Argentina está en la etapa de haber vuelto al barro y trata de aprender cómo salir de allí.
El fenómeno toma su nombre de los Países Bajos en los 60 del siglo XX. Al ponerse en explotación los pozos gasíferos de norte del país el sector hidrocarburífero incrementó tanto sus exportaciones que afectó al resto de la economía de dos maneras. Una, atrayendo factores productivos pagando montos con los que empresas ajenas al mismo no podían competir. Con ello, las firmas de hidrocarburos y vinculadas se llevaron el mejor capital humano y físico. La otra, aumentando tanto la oferta de divisas que el florín se revaluó (caída del tipo de cambio real) haciendo perder competitividad a los no gasíferos. Así, hubo una economía de dos ritmos, con una parte creciendo a buenas tasas y la otra estancada o en caída.
En Argentina los grandes números parecen repetir el patrón, pero no hay que confundirse. El traslado directo diría que petróleo y minería son los sectores crecientes, atractores de recursos físicos y humanos, causa de la oferta de dólares, y el resto de la economía sufre por falta de recursos y atraso cambiario. Pero no es así.
Primero, porque el panorama es muy heterogéneo. El último dato de actividad económica del Indec muestra que de quince sectores productivos ocho tuvieron variación interanual positiva. Destacan explotación de minas y canteras (9,9 por ciento), agricultura, ganadería, caza y silvicultura (8,4), intermediación financiera (6) y pesca (14,8). De los que cayeron, sobresalen electricidad, gas y agua (-6 por ciento), comercio minorista, mayorista y reparaciones (-7) e industria manufacturera (-8,7). Ahora bien, los sectores que crecen no absorben recursos necesarios para los que decrecen. Los segundos no caen culpa de los primeros. Así, agricultura e industria no compiten por el factor humano y muchas de sus actividades son complementarias. Y las inversiones que van a minería son específicas por parte de empresas especializadas, por lo tanto no le quitan financiamiento a la industria.
Segundo, porque las fuentes de dólares no son muy diferentes de años anteriores. En 2025, por regiones, en primer lugar de exportaciones figura la pampeana, con el 71,5 por ciento, no las provincias cordilleranas, las supuestamente descollantes. Por complejo exportador, el petrolero-petroquímico pasó entre 2024 y 2025 del 13,1 por ciento del valor exportado al 13,5, unos 1.337 millones de dólares adicionales sobre un aumento de exportaciones de 7.408 millones, 18 por ciento del incremento. Mientras, oro y plata pasaron del 4,8 por ciento del total exportado al 5,6, agregando 1.059 millones de dólares, catorce por ciento del adicional. Claro, un tercio del aumento puede parecer mucho, pero las importaciones subieron 14.969 millones de dólares gracias a las exportaciones. Los complejos señalados cubrieron un 16 por ciento de tal aumento. Que ayudó a que el saldo de la balanza comercial, aunque positivo (11.286 millones de dólares) fuera en 2025 menor que en 2024 en 7.613 millones. Y además, la entrada neta de divisas fue al Banco Central (las reservas crecieron 11.527 millones de dólares), una política que precisamente evita una gran revaluación del peso.
Otra distinción es la situación previa. Aunque no sea imprescindible, el caso holandés supone un sector superior pero no que el resto haya sido atrasado. Se parte de cierta igualdad en productividad y luego uno destaca. Pero en Argentina no ocurrió que sectores de avanzada fueron perjudicados por un shock minero o petrolero; había actividades sobredimensionados e ineficientes que fueron desnudadas. Por eso el Gran Buenos Aires es desde hace décadas un bolsón gigante de pobreza, con o sin apertura comercial, con déficit o superávit fiscal, con sequía, inundaciones o tiempo calmo, así como Formosa tiene la menor tasa de desempleo del país pero la mayor de pobreza: casi todos trabajan, casi todos dependen del Estado, y cobran miserias. El que está en caída es un modelo de país.
No es que el gobierno intente implantar una economía para productos primarios sino que la anterior era contra ellos. No sólo discursivamente, al intentar ligar lo agrícola-ganadero con oligarquías explotadoras o lo minero con la destrucción y el extractivismo, sino también efectivamente con impuestos y trabas a las inversiones extranjeras. Por su parte, casi todos los que están en crisis crecieron y se estancaron por protecciones y subsidios. Allí entran sobre todo los textiles, línea blanca, Tierra del Fuego, autopartistas y dentro de poco farmacéuticas. El “casi” es porque el comercio complicado es el presencial: el electrónico crece cada vez más. Claro que hay una caída de demanda, que figura en primer lugar en las preocupaciones de los industriales (52,5 por ciento) según releva el Indec, pero en parte es por importaciones de bienes que compiten con los ahora no protegidos (las de bienes de consumo final aumentaron 54 por ciento), demostración de su atraso.
Es decir, la Argentina de hoy no es un caso de enfermedad holandesa sino de enfermedad corporativa y su corrección cuesta. Es cierto que hay un régimen especial, el Rigi, que en el corto o mediano plazo aprovecharán sobre todo (no sólo) las mineras. Pero también existe uno para medianas inversiones. Además de eso hay muchos posibles cursos de acción para reconvertir la economía, pero siempre deberían apuntar a condiciones generales competitivas. El país de las leyes especiales condujo a la actualidad.






