“Como sociedad hemos perdido el norte para acompañar el dolor”
En los últimos años, la Pastoral del Duelo ha crecido en Tucumán como un espacio de escucha, contención y acompañamiento para quienes han sufrido una pérdida. A través de encuentros semanales, grupos de servidores ayudan a transitar el dolor, construyendo comunidad y recuperando algo tan básico como necesario: la escucha.
ESPACIO. A través de encuentros semanales, grupos de servidores ayudan a transitar épocas de dificultad.

A través de encuentros semanales, grupos de servidores ayudan a transitar el dolor, construyendo comunidad y recuperando algo tan básico como necesario: la escucha.
La muerte de un ser querido irrumpe, desordena, y muchas veces nos deja sin saber cómo seguir. En tiempos en los que todo nos empuja a mostrarnos bien, hablar del dolor resulta incómodo, casi fuera de lugar, especialmente cuando está atravesado por la tragedia. Sin embargo, la muerte y la pérdida siguen siendo parte inevitable de la experiencia humana. La pastoral del duelo en Tucumán surge como un espacio para atravesar ese dolor en comunidad. “Como sociedad hemos perdido el norte para acompañar el dolor”, sostiene Estela Paz, abogada y coordinadora de este espacio que, desde 2020, se fue consolidando en la provincia. Según explica, comenzó en este servicio por recomendación de un obispo, luego de formar parte durante once años de la Pastoral de la Salud, otro grupo de la Iglesia católica destinado al acompañamiento que funcionaba en el Hospital Padilla.
“Este servicio surgió como un ‘carisma’ de la Pastoral de la Salud y responde a una necesidad que detectamos en la pandemia. Fueron pérdidas muy complejas por el aislamiento. Había una imposibilidad de procesar la enfermedad y, luego, la muerte”, explica.
Si bien esta propuesta ya existía en otras diócesis del país, en Tucumán tomó forma propia a partir de entonces. Con el tiempo, creció y se expandió: “Una vez fundada, generó tan buenos resultados que hoy tenemos presencia en casi todas las diócesis”, agrega Estela.
Lejos de ser un ámbito religioso cerrado, la Pastoral del Duelo está abierta a cualquier persona que atraviese la pérdida de un ser querido. “No es necesario ser creyente. Es un espacio para todo el que necesite consuelo”, aclara.
Los talleres son gratuitos y funcionan en las distintas parroquias de la provincia. Fanny Costilla, psicóloga de 42 años y catequista de duelo en la Parroquia Nuestra Señora del Valle en Yerba Buena, describe la pastoral como “un grupo de mutua ayuda para personas que perdieron un ser querido”. Según explica, los encuentros -que se realizan semanalmente- combinan momentos de diálogo, reflexión y también instancias más informales. “Hacemos una pausa, compartimos un té, algo dulce. Eso también ayuda a generar cercanía”, cuenta. Pero el eje central sigue siendo la escucha: “Lo importante es que la persona se sienta escuchada, comprendida y que pueda identificarse con otros. Así descubre que no es el único atravesando la pérdida. El doliente necesita expresar su dolor, contar a quién perdió, cómo sucedió. Lo que encuentra aquí es, fundamentalmente, la posibilidad de hacerlo sin ser interrumpido ni juzgado”.
HABLAR. El doliente necesita poner en palabras su historia, afirman.
Walter Zelaya Cardozo, odontólogo y catequista de duelo de 67 años, es esposo de Estela y también uno de los impulsores del servicio. Recuerda cómo comenzó a vincularse con esta tarea tras una experiencia con una paciente que atravesaba un momento difícil y marcó un antes y un después en su vida. “Yo todavía no estaba formado en esto, pero entendí la importancia de escuchar”, relata. Con el tiempo, se capacitó y comenzó a trabajar junto a Estela en el Hospital Padilla, donde dieron los primeros pasos de este acompañamiento. “Todo estaba en pañales, pero ya veíamos que había una necesidad enorme”, cuenta. Hoy, ambos forman parte activa de la pastoral que ayudaron a fundar y que continúa creciendo en la provincia.
Proceso con propósito
El taller se organiza en alrededor de veinticinco encuentros semanales. “No es que el duelo dure un año, pero necesitamos un marco para que no se vuelva crónico”, explica Paz.
El objetivo, coinciden los entrevistados, es alcanzar un “duelo saludable”: integrar la pérdida sin quedar anclado en ella. Walter describe cómo se trabaja en cada reunión: “La clave es escuchar. Pero no oír: escuchar de verdad. Con nuestros dos oídos puestos en la persona. Les pedimos que cuenten a quién perdieron, cómo fue, qué pasó con la familia. Que hablen todo lo que necesiten. No hay que interrumpir ese relato”, sostiene. Ese trabajo, agrega, no es lineal ni sencillo: “Muchos sienten que Dios los abandonó, que les quitó a su ser querido. Nosotros trabajamos moviéndonos de ese lugar y entendiendo que la muerte forma parte de la vida humana”. Los tres coinciden en que el contexto actual vuelve estas experiencias aún más difíciles de transitar.
“Hoy vivimos en una cultura que no tolera la tristeza”, asegura Estela. “Hay una especie de ‘happycracia’ donde todo nos empuja a estar bien. Entonces, cuando aparece la muerte, no sabemos qué hacer. Como sociedad no estamos preparados para mirar el dolor de frente. Incluso se han acortado los velorios, se han perdido rituales. Evitamos el contacto con el sufrimiento. Cuando alguien llora, tendemos a callarlo o cambiar de tema”, explica. Dentro de ese diagnóstico, advierten que la contención durante el duelo no es la única urgencia de estos tiempos.
En los últimos años, también debieron crear espacios de acompañamiento vinculados a problemáticas como las adicciones y el suicidio. La propuesta de la pastoral invita a habilitar el dolor. “Lo más importante es escuchar. No hay un termómetro del sufrimiento, no hay un dolor más grande que otro. Pero sí hay algo en común: la necesidad de ser comprendido”, afirma la coordinadora. “Cuando hablamos de aceptación no es resignación: es poder integrar esa pérdida, entender que la muerte y el dolor son parte de la vida humana. No es un castigo ni algo que nos pasa solo a nosotros. Pero sí puede dejarnos un aprendizaje, un sentido”, explica y va más allá: “La cruz es un concepto religioso. Nosotros, los católicos, la veneramos porque representa el mayor signo de amor: la muerte y resurrección de Jesús. Pero no hay que olvidarnos de que el sufrimiento de esa cruz es profundamente humano. Es el sufrimiento con el que todos cargamos. No importa en qué creamos. La propuesta aquí no es evitar el sufrimiento ni callarlo: es integrar el hecho doloroso a nuestra propia historia y recuperar la esperanza”. (Producción periodística: Rosarito Ávila)





