“Amamos cuando renunciamos a la pretensión de que aquel que nos enamora pueda ser nuestro”

El reconocido pensador visitará nuestra ciudad el próximo viernes para brindar una conferencia, titulada “La aventura de pensar: filosofía y salud mental”, a las 19, en la sede Centro Cultural de la Universidad San Pablo-T. Aquí reflexiona sobre la salud mental, el pensamiento, el sufrimiento y el amor. Sostiene que los hombres nos tememos porque nuestra identidad es construcción cultural y no naturaleza. “Hay necesidad de impugnar el pensamiento donde la libertad de ejercerlo excede la capacidad de soportarla”, sentencia

06 May 2018
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Por Silvia Japaze - Para LA GACETA - Tucumán

- Como filósofo, ¿qué aproximación nos propondrías para definir a la salud mental?

- Lo que hoy llamamos “salud mental” y asociamos con espontaneidad poco menos que excluyente al psicoanálisis y a la psicología como sus campos de abordaje más apropiados en el orden teórico-clínico, tuvo en tiempos de la filosofía griega otros nombres e implicó otras prácticas, porque otra era también la idea de la subjetividad. Todas ellas sin embargo se relacionaron con lo que entendemos actualmente por salud mental. La templanza del alma (psyjé), el apego a la mesura, la administración de nuestras pasiones, la subordinación del deseo a los imperativos de la ética, atraviesan como dilema y como propuesta toda la historia de la filosofía: de Anaximandro a Martín Heidegger.

- ¿Por qué pensar es una aventura?

- Pensar es arriesgarse a buscar algo que no tenemos, una clarificación que nos falta, sin estar seguros de que la encontraremos; es atreverse al riesgo de fracasar. Allí donde no está garantizado el éxito de nuestra empresa reflexiva y, aun así, la emprendemos, allí hay aventura, allí hay filosofía. Pensar es querer saber y no saber si habrá de llegarse a donde se quiere.

- ¿Por qué aún cuando la capacidad de pensar le es exclusiva y fundamental al ser humano se le convierte en una tarea tan infrecuente y resistida? ¿Cuál es la amenaza que lo lleva a desoírse con tanta insistencia?

- Pensar es un quehacer de indigentes en términos de certeza; el pensador cuenta con preguntas nacidas de las respuestas que ha perdido o nunca encontró. Pues bien: esa indigencia, esa intemperie, acusan el carácter de ex-puesto del espíritu humano. El hombre es ex-sistencia, es decir exposición, insuficiencia en términos de amparo. La intemperie en la que está dice del hombre como un incierto. El lenguaje es simultáneamente su techo protector y la fisura por donde termina quedando al descubierto. El hombre no cuenta con un amparo conceptual mediante el cual escapar a la incertidumbre. Esta exposición que le es propia es temida por él, negada por él, mediante el dogma, la costumbre y el prejuicio. El hombre teme el desmoronamiento de sus certezas, de sus creencias, de su familiaridad con el mundo. Mientras ellas lo sustentan el hombre se siente y se presume a salvo de sí mismo. La respuesta entendida como reverso de la pregunta tiene por función devolver seguridad y discernimiento a quien los ha perdido. Hay necesidad de impugnar el pensamiento donde la libertad de ejercerlo excede la capacidad de soportarla. Los hombres nos tememos a nosotros mismos porque nuestra identidad es construcción cultural y no naturaleza. Tal evidencia es la que orienta el quehacer del filósofo. Presentimos siempre que podemos deslizarnos desde la certeza hacia la pregunta, es decir hacia el pensamiento. Bien lo dijo Hanna Arendt: “No hay pensamientos peligrosos. Pensar es peligroso.”

- Podría decirse que la psiquis, en la dinámica de su funcionamiento, insiste en lo insoslayable. Ofrece en el malestar, en “el síntoma”, una nueva oportunidad de atender lo desoído. ¿Existe, desde tu comprensión, el camino de la cura en este sentido?

- Curarse significa hacerse cargo de uno como aquel que no puede terminar de instalarse en la salud espiritual y psicológica concebidas como absolutos. Pero si no puede terminar de hacerlo puede ir, periódicamente al menos, en busca de lo que necesita o le falta. Puede ser esa búsqueda y ella es su cura. La meta orienta la dirección sin constituir por eso un horizonte agotable. Este ir hacia o estar en camino es lo que llamamos sanación. El hombre, a mi entender y en lo que tiene de mejor, es un itinerante. La filosofía, entendida como amor a la sabiduría, expresa la orfandad enamorada del saber con que no se cuenta. Ser humano es querer ser y no terminar de constituirse nunca como tal. El hombre quiere saber; el hombre quiere decir. El deseo lo sostiene. Es su llama vivencial. Es su fecunda insuficiencia.

- En tu libro El enigma del sufrimiento proponés una interesantísima teoría acerca de la construcción de la identidad personal, a partir de la experiencia del sufrimiento. ¿Podrías hacernos una breve referencia acerca de ella?

- El sufrimiento es ese sostener y sostenerse en la transfiguración del dolor. No siempre es posible transitar del dolor al sufrimiento así entendidos. El dolor, muchas veces, consume a quien lo padece; lo destituye como sujeto. Otras, el trabajo realizado con él, sobre él y en consecuencia sobre uno y en uno mismo, posibilita acceder al sufrimiento (literalmente: la capacidad de cargar con, de hacerse cargo de lo padecido). Mi libro estudia las características de ese tránsito cuando se cumple y su imposibilidad cuando ésta tiene lugar. Tomo para ilustrarlo distintos personajes: Abelardo y Eloísa, el bíblico Job, Descartes, entre otros. Y contextos que remiten a esa problemática como los desafíos que nos propone el dolor del planeta, agobiado por los abusos que de él hacemos al entenderlo exclusivamente como objeto de dominio.

- Los sociólogos Ulrich Beck y Elisabeth Beck- Gernsheim han escrito un libro de minucioso análisis sobre la configuración de las parejas en el mundo contemporáneo. Se titula El normal caos del amor. ¿El amor, la mayoría de las veces protagonista en la escena terapéutica, es siempre sinónimo de caos?

- El amor es multívoco en su significación y proteico en sus configuraciones. Pero es siempre un fenomenal descentramiento que constituye, por su radicalidad emocional, la ruina de la presunción de ser “dueño de uno mismo”. Quien ama es deudor de su deseo y el deseo es siempre una denuncia de una demanda que no cesa, de un más allá de sí mismo que demuestra, mientras subsiste, el carácter ilusorio de toda posesión, de toda posibilidad de ser amo del amado. La salud mental, entendida como comprensión de lo que nos sucede al estar enamorados o inscriptos en un amor, es una cosa. Otra muy distinta es presumir que la realización plena de ese amor exige que nos desplacemos del deseo a la posesión sin fisuras de aquel a quien amamos y volvamos así a recuperar nuestra condición presunta de dueños de nosotros mismos. Allí no solo no hay salud mental sino tampoco vocación por alcanzarla, es decir conciencia de enfermedad. En suma: así como al amar descubrimos que no nos pertenecemos, también descubrimos que solo amamos cuando comprendemos y renunciamos a la pretensión de que aquel o aquella que nos enamora pueda ser nuestro. Solo nos pertenece lo que no ha conquistado nuestro corazón.

© LA GACETA

PERFIL

Santiago Kovadloff nació en Buenos Aires en 1942. Es ensayista, poeta, traductor, antólogo de literatura de lengua portuguesa y autor de relatos para niños. Sus obras fueron traducidas a distintos idiomas. Graduado en Filosofía de la Universidad de Buenos Aires, es profesor honorario de la Universidad Autónoma de Madrid, doctor honoris causa por la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES) y miembro del Comité Académico y Científico de la Universidad Ben-Gurion del Neguev, Israel. Es miembro correspondiente de la Real Academia Española, miembro de número de la Academia Argentina de Letras y de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas. Integra el Foro Iberoamérica, conformado por Felipe González, Fernando Henrique Cardoso y Ricardo Lagos, entre otros.

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