LEONARDO FAVIO. Siendo cineasta reconocido, saltó a la fama como cantante a partir de “Fuiste mía un verano”.

CRÓNICA
CADA PIBA QUE PASE CON UN LIBRO EN LA MANO
HÉCTOR SÁNCHEZ
(Mil campanas - Buenos Aires)
¿Será el de Leonardo Favio un caso único en la híper poblada y riquísima historia de las artes? ¿Será una grata excepción en el universo que sale en socorro de la vida para que, ¡enhorabuena!, la vida sea más vida?
Pensemos en un director de cine joven y ya reconocido y valorado, que un buen día decide pulir las canciones que suele compartir en tertulias de amigos, las pule, las graba y se convierten en un hecho excepcional de su tiempo. Eso, ni más ni menos, sucedió con el mendocino Leonardo Favio (en rigor, según el DNI, Fuad Jorge Jury Olivera) cuando su película Crónica de un niño solo ya era considerada en una encuesta de expertos como la mejor de la historia del cine argentino.
Y de ese suceso se encarga el periodista y narrador Héctor Sánchez (Buenos Aires, 1958) en una valiosísima contribución a la saga de Historia Social de la canción a cargo de la editorial Mil Campanas.
Atraído desde siempre por los fenómenos populares, Sánchez ya había salido al ruedo a las arenas de las palabras en letras de molde con Yaciretá (1989: investigación que retrata la lucha y sindical y construcción de la represa); Figuritas (2008, cuentos de fútbol, guantes y fierros que rinde tributo a uno de los haceres de coleccionismo que marcó a fuego a niños y adolescentes de décadas lejanas); Serás Rojitas (2015, biografía del legendario Ángel Clemente Rojas, para más de cuatro el máximo ídolo de los hinchas de Boca Juniors); y El Portuario (2003, la historia de un trabajador que de la abnegación hace una herramienta de lucha extendida a sus compañeros de labor).
En Cada piba que pase con un libro en la mano Sánchez desanda la ruta de la canción que convirtió temporariamente a un cineasta en “El Juglar de América”.
En rigor, el título del libro alude a una estrofa de una canción, Fuiste mía un verano, que en 1968 vendió un millón de copias en seis meses, cifra récord para un disco simple que, a la sazón, resultó sólo una de las expresiones de idolatrías que forjó Favio.
Frecuentes visitas a los programas de televisión más vistos en la época (por caso: Sábados circulares de Mancera), giras por países de Latinoamérica, multitudes que hacían largas colas para escucharlo en los bailes de carnaval, su rostro en las tapas de las revistas de espectáculo (TV Guía, Radiolandia), en fin, un verdadero fenómeno que a primera vista surgió de la nada, pero que según la afinada lupa de Sánchez gozó de sus consabidas etapas de decisión, elaboración, terminación y edición.
Demasiado escritor para ser reconocido sólo como periodista, viceversa, Sánchez nos ofrece un libro con todo en su lugar que, por si fuera poco, reúne un espléndido prólogo de uno de los críticos de música más reconocidos del país: Víctor Pintos, hoy radicado en la provincia de Córdoba.
© LA GACETA
Walter Vargas





