“Alberdi en el espejo”

La película de Fabián Soberón ensaya una aproximación audaz y no convencional a una figura clave de nuestra historia. Entre metáforas, omisiones y licencias narrativas, el filme tensiona la relación entre el personaje histórico y su representación. El resultado deja planteado un debate sobre memoria, interpretación y sentido.

Fabián Soberón. Fabián Soberón.
Hace 13 Hs

Por Álvaro José Aurane
Para LA GACETA - TUCUMÁN

“Alberdi en el espejo” se estrenó a sala llena, en el Teatro Rosita Ávila, durante la noche del pasado viernes 17. Fue la presentación en sociedad de la última película del talentoso y multifacético creador Fabián Soberón. La siguiente escala será una función especial en el Senado de la Nación, prevista para el 13 de mayo. Es decir, ya está “girando”. Y al respecto cabe precisar algunas cuestiones: el largometraje (dura 72 minutos) gira en torno del mayor prócer del panteón de Tucumán, pero no es una biografía. Tampoco es un homenaje. Ni siquiera es un rescate de su obra o de sus aportes a la construcción de la república y a la elaboración del contrato social de los argentinos. Esta es una primera aclaración indispensable, porque el título puede llevar a que el espectador tenga -justamente- la expectativa de encontrarse con una “biopic”. Pero ni siguiera se topará con un filme lineal. Mucho menos “típico”.

La película propone un ejercicio literario. Lo anuncia desde el inicio un relato del antiquísimo “Libro de Zhuangzi” en el cual un hombre sueña que es una mariposa, pero cuando despierta no está seguro de si en realidad es una mariposa que sueña ser un hombre. Más aquí en el tiempo y las geografías, Julio Cortázar ensayó esa duplicidad en el cuento “La noche boca arriba”, en la que un motociclista se accidenta y delira sintiéndose un joven moteca a punto de ser sacrificado a los dioses de sus captores. O un joven moteca sueña que recorre una calzada de luces en un lugar desconocido, montado en un inquietante insecto de metal… Algo de ello, al menos por una de esas vías, vertebra  “Alberdi en el espejo”.

Mario es un joven titiritero que monta su espectáculo en la plaza Alberdi, donde su novia, pianista, le advierte una tarde sobre su notable parecido con el prócer inmortalizado en piedra en el complejo escultórico de Lola Mora. Para entonces, una progresiva transmutación comienza a darse en el artista callejero. Comienza como un dolor en una mano. Luego, una mancha, como de tinta, que crece y se expande. Junto con ello sobreviene un malestar físico constante; un permanente reclamo de su pareja de que acuda a un médico; y la negativa persistente que sólo ofrece una respuesta: la de que no es una patología lo que lo aqueja, sino “algo que está cambiando”. Sólo hacia el final agregará un predicado: lo que experimenta no tiene que ver con el cuerpo, sino con el alma.

Mientras esta metamorfosis opera en Mario, la película enseña flashes episódicos de la vida de Alberdi (que, eso sí, nunca transmuta en un titiritero). Al respecto, la película parece enfocarse en aspectos poco conocidos de la vida del hombre que confesó el delito de haber escrito “una Constitución de Libertad” para su país. Crimen que le valió la calumnia de los conservadores, a él que había conocido largamente la persecución del rosismo. Así es como el menosprecio de Bartolomé Mitre, y el desprecio de Domingo Faustino Sarmiento, emergen con precisión. También se puede atisbar la afición de Alberdi por la astrología, aunque no por el estudio científico de los astros.

Opacidades

Otras cuestiones, sin embargo, no gozan de la misma claridad. Por ejemplo, la relación de Alberdi con Juan Manuel de Rosas. Se muestra que, entre ellos, existió un vínculo de cercanía. Sin embargo, ello omite que Alberdi elogiaba a Rosas públicamente tratando de conjurar represalias políticas, al mismo tiempo que escribía su célebre “Fragmento preliminar al estudio del Derecho”. En ese ensayo, sin hesitaciones, caracteriza el poder absoluto como “un ángel perdido en un círculo de oro”. Advierte que la idea del poder ilimitado es demoníaco y aboga por una soberanía limitada por la ley y un federalismo en el cual la Nación no absorba a las provincias. Luego llegará el exilio para él y para sus amigos del Salón Literario. El propio autor de “El crimen de la guerra” lo narra en su autobiografía, pero más allá de su testimonio, y de su subjetividad, se encuentra la fecha de publicación del “Fragmento preliminar” avalando el relato.

Mucho más opaca aún es la pretensión de que Alberdi tenía una postura esquiva respecto de las mujeres. Esta cuestión aparece desde el primer “flash” de la vida de Alberdi, a partir de una conversación de él con Mariquita Sánchez, en la que el autor de “El gigante Amapolas” (esa veta literaria también está presente en otra retrospectiva) dice que es partidario de que los hombres no anden mezclados con las mujeres, a la vez que manifiesta que su prioridad es la patria antes que el romance. La realidad histórica es severamente distante de esta pretensión de que Alberdi era distante con las mujeres. Estuvo sentimentalmente vinculado a Julia Albarracín en Tucumán; a Lastenia Videla en Uruguay; a las jóvenes Jesús Muñoz y Matilde Lamarca en Chile; a Ignacia Gómez, viuda de Canevas, en Inglaterra; y a Angelina Dauge, en Francia, hasta sus últimos días. En Buenos Aires, fruto de su relación con Petrona Abadía y Magan, tuvo un hijo: Manuel. Nunca lo reconoció, pero lo mencionó en su testamento como “mi pariente”.

La cuestión es que estos aspectos de la vida personal de Alberdi no son ampliamente conocidos. Y, en rigor de coherencia, no tienen por qué serlo. A él le adeudamos los argentinos la garantía constitucional del derecho a la intimidad, consagrado en el artículo 19: “Las acciones privadas de los hombres que de ningún modo ofendan al orden y a la moral pública, ni perjudiquen a un tercero, están sólo reservadas a Dios, y exentas de la autoridad de los magistrados. Ningún habitante de la Nación será obligado a hacer lo que no manda la ley, ni privado de lo que ella no prohíbe”.

Sin embargo, lo difuso del abordaje de esta cuestión, así como de otros “flashes”, pueden derivar en que algún espectador desprevenido termine haciendo una interpretación falaz de la figura de Alberdi y que hasta interprete que la imagen que devuelve el espejo es la de un hombre que tiene dudas sobre su identidad. Porque en una escena, ante un retrato de Jean-Jacques Rousseau, Alberdi aparece diciendo que si hubiera nacido mujer le costaría mantener la compostura ante el autor de “El contrato social”. Omite la película que Alberdi se crio escuchando a su padre dar clases particulares de republicanismo sobre la base de la obra del ginebrino. Y Alberdi, para mayores paralelismos, tuvo la desdicha de que su nacimiento trajo aparejado el deceso de su madre, igual que en el caso de Rousseau. Pero quien ignore esto, lejos de inferir una identificación entre un intelectual con otro, puede asumir otras derivaciones. Más aún cuando se repara, en la diatriba de Sarmiento contra el tucumano, no en las discrepancias políticas entre uno y otro, sino en el insulto del sanjuanino: acusaba al tucumano de tener “cara y manos de conejo” y de posturas “eclécticas”.

Como si no bastara, el titiritero de la contemporaneidad, a medida que va transmutando en Alberdi, abandona toda intimidad con su novia. Ella, que es cada vez menos inmune al interés que le manifiesta un profesor de historia, deja en claro a lo largo del filme que Alberdi era “un mal compositor”. Y lo dice varias veces... El “Alberdi titiritero” es, entonces, enfermizo y traicionado (para decirlo de modo elegante).

En el extremo de las confusiones, uno de los últimos “pantallazos” al pasado es, casi, una reinterpretación de “El Matadero”, de Esteban Echeverría. Un hombre a caballo por el campo (que se supone es Alberdi), es atacado por un gaucho al grito de “Viva la Santa Federación”. Y tras reducir al jinete y atarlo a un árbol, lo sodomiza.

Omisiones

Aquí se evidencia un contraste notable. Hay, como se advierte, una enorme carga respecto de la vida privada de Alberdi. Puede que haya algunos a quienes, incluso, incomoden algunos pasajes. No faltarán, acaso, quienes hasta se enojen. Pero lo cierto es que a los efectos de lo que Alberdi legó, todo aquello deviene banal. La república, la representación y el federalismo son las formas del gobierno nacional (que las provincias deben replicar) consagradas por el artículo 1° de la Constitución que el tucumano inspiró. Las declaraciones, los derechos y las garantías constitucionales que llenan de contenido esos conceptos limitan al poder, con lo cual blindan la libertad de los argentinos y, en síntesis, representan la forma misma de la patria. Sin embargo, nada de esto aparece siquiera mencionado en el filme.

Claro está, la película -ya se ha dicho- no pretende ser una biografía convencional del prócer. Sin embargo, que no haya ni la menor mención a la trascendencia histórica del legado público de Alberdi termina generando un vacío de contexto. Es decir, quien no conozca de antemano quién fue el tucumano y cuán trascendente sigue siendo hoy su ideario, verá la película y no sabrá por qué se le ocurrió a alguien poner su rostro en los billetes de 20.000 pesos.

En ese punto, sigue habiendo (cuanto menos, para los tributarios de Alberdi) una deuda con el reconocimiento histórico a uno de los forjadores de la Argentina de la modernidad. Un rescate del hombre que dedicó buena parte de su vida a dejar para sus compatriotas un contrato de libertad en el cual reconocerse como argentinos. Probablemente, si hubiere ya otras películas u otros productos audiovisuales de difusión masiva acerca del mayor héroe civil de este país, “Alberdi en el espejo” sería un ejercicio cinematográfico e intelectual para ensayar otras “versiones” (o más bien, “pretensiones”) sobre el tucumano. Pero ante la carencia de lo primero, esta apuesta puede terminar luciendo como una historia que no termina “cerrando” para todos los públicos.

En cuanto a la realización en sí misma, este artículo no es una crítica cinematográfica. Aclarado ello, el rodaje es impecable, con una fotografía nítida, con inspiradora música del Instituto Superior de Música de la UNT, y con actuaciones notables de todo el reparto. Mario Ramírez tiene el protagónico; el historiador Facundo Nanni vuelve logradamente a la pantalla grande (ya actuó en “Soy Bernabé Aráoz”, también de Soberón); y Camila Caram enamora a los dos actores. Y a la audiencia.

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