Tomás Abraham: “Tenemos un mundo gobernado por psicópatas”
El autor está de vuelta: en su flamante libro, Pensar de nuevo, cruza distintos momentos de la historia con exponentes culturales que lo han marcado. En el año en que cumplirá 80, el destacado filósofo sigue leyendo y escribiendo con una disciplina feroz, convencido de que pensar es una forma de incomodidad antes que un ejercicio práctico. En esta entrevista, repasa su vida intelectual, su vínculo con la política y con Israel, y la necesidad casi vital que lo empuja a seguir produciendo ideas. Entre la memoria personal y los conflictos del presente, traza una mirada crítica sobre el mundo contemporáneo y el lugar del pensamiento.

Por Alejandro Duchini
Para LA GACETA - BUENOS AIRES
“Ahora hablaré de mi locura filosófica. Mis incansables lecturas son utilitarias. Leo para escribir un libro que espera lectores o para dar un curso que espera alumnos. No leo por placer. Lo hago para adquirir conocimientos. ¿De qué? De todo lo que puedo llegar a entender de lo que me interesa. Lo interesante no me llega, lo busco. ¿Puedo decir que, después de décadas de ejercicio erudito, sé algo? Sí. Puedo afirmarlo: sé que nada sé. Eso ya alguien lo dijo. La historia de la filosofía es eso, una larga vía para alcanzar el no saber. ¿Para qué? Para pensar. Por eso, pensar es algo loco, y digo loco porque no es práctico, no sirve para algo. No es concreto, a veces sí; no es específico, a veces sí. No mejora nada, eso sí, puede empeorarlo, no progresa, siempre hace las mismas preguntas, lo quiere todo. Sin escándalo, en silencio, en un cuartito, sin testigos, día a día, hora tras hora: leer, subrayar, anotar”, escribe el filósofo Tomás Abraham en Pensar de nuevo (Editorial El Ateneo). Preguntas, respuestas, opiniones. Planteos. Escribe sobre filosofía, pero también sobre lecturas, política, historia, presente y futuro.
Filósofo de los más reconocidos en esta parte del mundo, a sus 79 años no deja de moverse. Clases de tenis, gimnasia, fútbol por televisión (“el PSG es mi candidato para ganar la Champions”, se apasiona en la charla), cocina y encuentros asiduos con los nietos. Y mucha, mucha lectura; o “estudio”, como prefiere definir. “A esta altura de mi vida, lo que más me importa es la familia”, dice quien ya lleva 39 libros publicados y que, seguramente, sume otros más.
Ese “otro más” es el tema que lo inquieta ahora: el conflicto bélico en Medio Oriente: “Todavía no sé si escribiré sobre eso, pero siento que es un tema que me produjo una fisura. Lo que pasa, cambió la historia. Vengo de una familia judía que vivió bajo el nazismo, el nazismo rumano, y a una buena parte de mi familia la mataron. Mis viejos eran muy jóvenes, por esos azares de la vida pudimos venir a la Argentina. Para mí la justificación del nacimiento del Estado de Israel era muy clara: los judíos no teníamos a dónde ir. En realidad sí porque algunos fueron a Estados Unidos, otros a Australia y otros vinieron a la Argentina. Pero no era sencillo. Nosotros, para entrar a Argentina en 1948, durante el gobierno de Perón, nos tuvimos que convertir de religión, si no, no entrábamos. En mi partida de nacimiento dice “evangélico luterano”. Después todo el quilombo hasta el día de hoy. Lo que pasó desde el 7 de octubre del 2023, cuando Hamas hizo la matanza pública de mil y pico de israelíes y judíos, llevó a la reacción de Israel de matar a más de 70.000 palestinos y arrasar con ciudades. Ver lo que están haciendo en Cisjordania, que es una ocupación criminal en la que matan a los palestinos para que dejen sus tierras… Lo que está pasando ahora, con un millón de libaneses desplazados de sus hogares… Con Israel gobernado por Netanyahu, que se parece a Hitler, con el apoyo de la mayoría de la gente, con un gabinete con fundamentalistas que aspiran al gran Israel, digo ‘a mí me cambió todo’. Es decir, para un judío de la diáspora, como yo, que sabía que había un lugar en el mundo en donde los judíos dejábamos de ser judíos para ser personas, lo que pasa ahora me cambió todo”.
-Es como que quedás atrapado entre tu condición y un presente indefendible por las acciones de Netanyahu.
-Soy consciente de mi historia y de mi biografía. Mi apellido, Abraham, es una marca de judío en la frente y yo viví eso en la Argentina. Lo viví en la primaria y en la secundaria. Mi adolescencia fue una adolescencia donde estaban los Tacuara, con la dictadura antisemita de Onganía, que perseguía hippies, barbudos, adúlteros y judíos mientras se proscribía a los peronistas. Nosotros estábamos en la lista. Entonces, para mí Israel era muy importante. Pero hay cinco millones de palestinos que tienen derecho a la tierra por varias generaciones que vivieron ahí. Y hubo una sociedad israelí, con un Isaac Rabin que en 1993 se dio la mano con Arafat. Al año siguiente estuve con Rabin en la Feria del Libro en Jerusalén. Después lo mataron. ¿Quién lo mató? Un fundamentalista judío. Entonces mi cabeza está ahí. Estoy tratando de rellenar los huecos de mi ignorancia. Estoy estudiando el tema.
-¿Qué ves más allá del conflicto de Medio Oriente?
-Un mundo gobernado por psicópatas. Psicópatas muy peligrosos como Trump y la gente que rodea a Trump. O como Netanyahu. Porque antes la guerra con Irán era “tomá el bombazo, me devolvés el bombazo, tomá el bombazo…” pero lo que hicieron en Gaza no es eso. En Gaza atacaron a la gente, mataron a las mujeres y a los chicos. No hay vuelta atrás. Tengo algunos amigos en Israel que están de acuerdo conmigo. Lo que pasa es que viven ahí y entonces la situación es difícil. Pero le reconozco a la sociedad israelí la libertad de prensa, porque yo leo el Haaretz, que es el diario israelí progresista, y hay que tener huevos para publicar las cosas que ellos publican en medio de una guerra. Con periodistas tomando posición no solamente contra el gobierno, sino dando noticias indeseables para el poder israelí. Lo hacen periodistas con nombre y apellido. Ojalá que haya un vuelco en esa sociedad que haga retroceder a estos fanáticos e inescrupulosos que gobiernan ahora.
-¿Cuánto tiene que gustarte o emocionarte un tema para que se convierta en libro?
-Una vez que escribí sobre determinado tema, paso al siguiente. Y ahí entra mi interés, que no solo es por un tema específico, sino también por el autor: me interesa su mundo del autor, sus costumbres, su vida, su entorno, con quién se veía, cómo empezó a escribir, cómo se le aparecen los temas, en qué territorio estaba, cómo era esa época, qué comía. Entonces, evidentemente, entro a otro mundo. Para escribir esos mundos uso cualquier material: videos, libros, archivos, la web, lo que sea. Por lo general escribo sobre temas que estudié y en los que trabajé en los años previos a la publicación; incluso temas sobre los que di talleres.
-¿La historia como tal es también el futuro?
-En general, la gente cree que la historia tiene que ver con el pasado. Pero la historia no tiene que hablar con el pasado, la historia tiene que hablar con el futuro. Porque si hay historia es porque las cosas cambian todo el tiempo. Si no, no habría historia. ¿De qué habría historia si siempre pasara lo mismo? ¡Nunca pasa lo mismo! Por eso hay historia. Uno dice “el gobierno de Milei es igual al de Menem”. No, no es igual al de Menem. Es distinto a todo lo anterior. La historia es la historia de lo distinto.
-En Pensar de nuevo señalás que no escribís por placer. ¿Entonces por qué escribís?
-Hay que diferenciar el placer del goce. El placer es un relajo, con el placer la pasás bien. Pero hay ciertas cosas que te dan más que placer: te dan una intensidad que supera el placer, pero al mismo tiempo duele. Yo estudio mucho, de lunes a lunes, a veces siento que las cosas no me salen y que nada tiene sentido, que a nadie le va a interesar lo que hago… eso no es placer. Sin embargo, lo hago, pero no porque sufra, lo hago porque es lo que me hace vivir. Entonces, es más qué placer. Es algo más extremo, es una necesidad que hace valer la pena, literalmente.
-¿Cómo son tus días?
-Tengo una vida bastante completita. Es decir, tengo una familia y me dedico a ella. Tres veces por semana están mis nietos acá, cada miércoles almuerzo con mi nieto de 13 años, que es el que me saca la foto para los libros. Me ocupo de la casa, soy amo de casa. Nadie me dice en qué momento tengo que sacar la milanesa. Es un orgullo. Hago deportes, juego al tenis, hago gimnasia: me ocupo de mi cuerpo. Cuando puedo, viajo. Me distrae mucho Colonia, a donde voy hace 40 años. Tengo mi casa ahí, me distraigo con la naturaleza: árboles, pájaros, silencio, no hay motores y tengo mi granja con nueve burros. Además, tengo ovejas, corderitos, gansos, patos. Conviven todos con todos y no me alimento de ninguno. Ahí todo el mundo está libre y muere de viejo. Tengo mi vida natural: hay muchas cosas que me sacan de los libros. A la vez, tengo poca vida social.
-Imaginaba lo contrario.
-No veo a gente de la cultura ni tengo relación con intelectuales. Tengo mis amigos de siempre con los que hablamos por teléfono, relaciones con gente del Seminario de los jueves. Nunca me interesó relacionarme con gente de la cultura. Para mí, lo que hago, la filosofía, es un trabajo.
-¿Te interesa la política argentina?
-Me interesa la política, pero no los políticos, tanto del oficialismo como de la oposición. No me interesan porque no me ofrecen nada que me haga pensar. Estamos en tiempos oscuros. La gente con el poder político tiene algunas actitudes que me parecen inhumanas. Se ríen del sufrimiento del otro, y eso es lo peor que puede pasar en un ser humano.
-¿Seguís al periodismo?
-Los medios de comunicación no ayudan. El periodismo clásico que se ve por televisión derivó en una degeneración. Ya no hay periodismo sino grupos de gente pagada por distintos tipos de poder. Muchos se han vuelto voceros de grupos de intereses. Las excepciones las puedo contar con dos, tres dedos.
-¿El ganar elecciones no significa que el gobierno nacional tiene apoyo mayoritario?
-Hace rato que la mayoría de la gente, los que viven del sueldo, aquellos a los que no les alcanza la guita, los que tienen miedo de que lo echen del trabajo, los que no ven perspectiva para sus hijos… esos hace rato que no celebran nada. Ahora, que un grupo de gente de las redes sociales muestre otra cosa… Yo no estoy en las redes sociales. Para mí las redes sociales son mi muro de Facebook en el que pongo que voy a presentar el libro en la Feria o mi historial en Instagram y mi canal de YouTube al que subo mis clases; Twitter no existe. Eso son las redes sociales para mí. Lo demás, es laburo. Ya he trabajado mucho.
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Perfil
Tomás Abraham nació en Rumania, en 1946. Obtuvo una licenciatura en Filosofía y un máster en Sociología por Sorbonne-Vincennes. Dentro de su obra, compuesta por una treintena de libros, pueden mencionarse títulos como Pensadores bajos, Los senderos de Foucault, La lechuza y el caracol, La dificultad, La aldea local y La matanza negada. Fundó el Colegio Argentino de Filosofía y durante 30 años dirigió el Seminario de los Jueves, un grupo de aficionados a la filosofía. Es profesor emérito de la Universidad de Buenos Aires.
Pensar de nuevo*
Por Tomás Abraham
En mi último libro, Diario de un abuelo salvaje (El Ateneo, 2023), subtitulado Un profesor en tiempos de pandemia, decía que me había cansado de estudiar. Toda una vida estudiando con fervor, alegría, pasión, obsesión, solo y acompañado, en cursos, seminarios y escritos, sentí la nada de estudiar. Me quedé sin nafta y me dediqué a escribir sin estudiar.
Mis últimos libros parecían una despedida. Me fui dando cuenta de ese adiós en la medida en que escribía y publicaba. Primero fue mi adiós a la filosofía francesa con un saludo especial a Jean-Paul Sartre. Luego, mi libro sobre Foucault, uno más que supuse que sería el último. Y durante los primeros meses de la pandemia escribí ese libro inesperado sobre mi país de nacimiento, el libro sobre el genocidio de los judíos nacidos en Rumania, que fue a la vez un adiós a mis padres que habían fallecido poco tiempo atrás. Quise averiguar cómo había sido su juventud.
De despedidas estaba amortizado. Y cansado. Ya no me quedaba nadie a quien saludar, pero me volvió a picar el bicho, sentí el ardor mental, mis nervios querían pasta, celulosa, tinta, conceptos, problemas; necesitaba volver al ruedo. Extrañaba las ideas de otros, de los grandes, y de los chicos también, de todos los tamaños. Me desesperaba por subrayar, quería resumir, ordenar lecturas, viajar por los libros, meter la cabeza en un pozo negro y abrir bien los ojos. Me di cuenta de estas sensaciones cuando, en la sala de terapia intensiva, después de una operación a corazón abierto, vendado de tobillos para arriba, agarré un libro, un lápiz, y mar qué un párrafo de un libro de filosofía. Me hace recordar al pintor Guillermo Roux cuando, convaleciente en el hospital, pidió un lápiz y un bloc y dibujó la trenza de la enfermera.
Había un par de cosillas que me llamaban como las sirenas a Odiseo, un cantito suave y lejano, una invitación al crucero del saber. ¿Se puede inventar una filosofía? ¿Desde la nada? ¿Cómo nace un pensamiento? ¿Cómo enloquece pensar el Todo? No es creer o reventar, es pensar y reventar. “Di tu palabra y rómpete”, creo que de a poco voy entendiendo al loco de Turín.
Durante el primer año de la pandemia, el más riguroso por la estricta cuarentena, organicé un Zoom de amigos para estudiar la década infame como se hace en un seminario. Exponemos, nos ex ponemos y escuchamos. Elegí un tema que siempre me atrajo por sospechar que, detrás de ese calificativo, se escuchaba un silencio bien custodiado. Trabajamos en serio.
Seguí estudiando, tomando notas y escribiendo. Cuatro años más tarde, sentí la necesidad de contar mis ideas sobre mi trabajo como lector y artesano investigador. Ver gente, cuerpos, mira das, lo vivo y presente. Es decir, volver a dar clases. Lo hice en la Universidad Tres de Febrero, gracias a una generosa invitación. Dos cuatrimestres, el primero dedicado a los circuitos de pensamiento situados en la ciudad de Boston en tiempos de Emerson, el arte de la prosa en el París de Flaubert, la década infame y el pensamiento de Primo Levi, Imre Kertész y Jean Améry, tres sobrevivientes de Auschwitz. El segundo cuatrimestre lo dediqué al tema de la locura filosófica con nuevos interrogantes sobre mis maestros. Son los temas de este libro.
*Prólogo.





